Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y
su destino. Superarán otros hombres este
momento gris y amargo donde la traición
pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo
que, mucho más temprano que tarde, de nuevo,
abrirán las grandes alamedas por donde pase
el hombre libre, para construir una sociedad
mejor.
Continuando nuestra disertación sobre los libros, periódicos y revistas que nos dejaron su impronta, en nuestra última entrega acordamos decir algunas palabras sobre las revistas literarias: El alimento diario y Casa Grande, pero dado que este 11 de septiembre se conmemoró el quincuagésimo aniversario del fatídico golpe de Estado contra el presidente mártir Salvador Allende, decidimos realizar un breve recorrido por los hechos de más relevancia ocurridos en torno a este acontecimiento. En este sentido, queremos compartir diversos aspectos de los sucesos acontecidos en dicha efemérides tanto en el ámbito político como artístico literario.
Tomamos como epígrafe de nuestro escrito un significativo fragmento de las últimas palabras pronunciadas por el presidente chileno Salvador Allende, minutos antes del bombardeo al Palacio de La Moneda, con motivo del golpe de Estado de Augusto Pinochet, militar fascista que instauró una dictadura en Chile que duró desde 1973 hasta 1990.
Hay una canción del cantautor cubano Pablo Milanés que entonábamos los compañeros de la Universidad en los autobuses cuando se conmemoraba esta fecha con marchas y recitales, cuya letra es muy esclarecedora, trayendo a nuestra memoria un busto homenaje a Salvador Allende, ubicado en la avenida que lleva su nombre frente a la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad de Carabobo, erigido en 1993 por iniciativa de un grupo de exiliados chilenos, contando con la colaboración de algunos profesores universitarios. Inferimos que, en dicha fecha, La casa que vence las sombras no tenía ningún nexo político con la ultraderecha.
Yo pisaré las calles nuevamente
De lo que fue Santiago ensangrentada
Y en una hermosa plaza liberada
Me detendré a llorar por los ausentes…
Entonces, éramos jóvenes estudiantes rebeldes que simpatizábamos con los movimientos de izquierda, el marxismo-leninismo, la canción de protesta, la revolución cubana, con Fidel y el Che a la cabeza, y participábamos en las marchas en liceos y universidades para conseguir un cupo, protestar por el aumento del pasaje estudiantil o pedir la libertad de algún compañero detenido por los aparatos represivos del gobierno adeco-copeyano de turno.

Asimismo, asistíamos a las grandes concentraciones que se daban en las plazas o en alguna céntrica avenida de la ciudad donde se realizaba el acto político revolucionario, con la participación de cantores como Alí Primera, Gloria Martín, Lilia Vera, Soledad Bravo, Xulio Formoso y agrupaciones como Los Guaraguao y el Grupo Ahora, a los que correspondía cerrar los mítines del líder de izquierda del momento, mientras tarareábamos en grupo sus canciones y hacíamos un coro que se escuchaba por todo lo alto.
Pasado el tiempo, uno se pregunta: ¿quién no tiene entre su repertorio musical personal alguna canción de protesta que en determinado momento musite o silbe, al menos cuando se está bañando, como esta de nuestro Alí Primera?:
Ya no sopla el viento arriba
Bajo de la cordillera
Pasó arrasando en Santiago
Calentando la trincheras
Canción de huesos chilenos
De lo profundo de adentro
Canción para los valientes
Que la cante Víctor Jara
Una canción de Violeta
Para el compañero Allende

También resulta oportuno, en este modesto homenaje a Allende y al pueblo chileno, traer a colación breves reseñas hechas por periodistas de diferentes diarios y escritores de diferentes países que relatan detalladamente el drama vivido por nuestro carismático personaje, minutos antes del bombardeo al Palacio de La Moneda y su vil asesinato:
“Eran las diez de la mañana, los militares se preparaban para bombardear el palacio de La Moneda y el presidente Salvador Allende, consciente de que ya no había marcha atrás, pronunció uno de los discursos más icónicos de la historia, que aún resuena en boca de líderes progresistas de todo el mundo, 50 años después”. En seis minutos, el primer presidente marxista elegido democráticamente en el mundo dejó varias frases para la eternidad. Como “Abrirán las grandes alamedas… o la historia la hacen los pueblos”, nos dice la periodista María M. Mur, en un artículo bastante emotivo que extrajimos de EFE.
Seguidamente, en una alocución llena de poesía, entonada con “decepción” y “sin amargura”, Allende se definió como “un hombre que solo fue intérprete de grandes anhelos de justicia” y aseguró que sus palabras serían el “castigo moral” de los golpistas. “Seguramente radio Magallanes será callada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes”.

Aquella mañana, Allende había intervenido cuatro veces en otras radios afines al Gobierno, con la esperanza aún de frenar el golpe, pero el de radio Magallanes fue “el discurso de alguien que va a morir a solas y no quiere que nadie muera por él”, apunta a la agencia de prensa el periodista Ascanio Cavallo. “El tono es de recriminación y derrota. No llama a movilizarse”, agrega.
Los militares habían silenciado aquella mañana del 11 de septiembre la mayoría de las radios afines a la Unidad Popular, salvo Radio Magallanes, una pequeña estación del Partido Comunista, ubicada a metros de La Moneda. En medio del caos, su director, Guillermo Ravest, recibió una llamada del propio Allende: “Necesito que me saquen al aire inmediatamente, compañero”. Minutos después de la alocución, se cortaron las transmisiones de Radio Magallanes, pero Ravest consiguió hacer algunas copias del discurso y distribuirlas entre miembros del PC. “El último discurso contribuyó al mito porque además circuló clandestinamente. Es parte de la historia de América Latina y de las luchas sociales”, destaca Carlos Tromben, autor de Allende. Una novela en cinco actos.

Siguiendo las diversas opiniones de destacados escritores, la palabra de Gabriel García Márquez no podía faltar en este tributo. En La verdadera muerte de un Presidente, texto que nos cuesta abreviar por el interés que despierta en toda su extensión, el Gabo dice, entre otras cuestiones de interés:
A la hora de la batalla final, con el país a merced de las fuerzas desencadenadas de la subversión, Salvador Allende continuó aferrado a la legalidad. La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado, y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno, sino desde el poder…Resistió durante seis horas con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás… Hacia las cuatro de la tarde el general de división Javier Palacios, logró llegar hasta el segundo piso, con su ayudante el capitán Gallardo y un grupo de oficiales… Salvador Allende los estaba esperando. Llevaba en la cabeza un casco de minero y estaba en mangas de camisa, sin corbata y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano… Tan pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: “¡Traidor!”, y lo hirió en la mano. Allende murió en un intercambio de disparos con esa patrulla. Luego todos los oficiales en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último un oficial le destrozó la cara con la culata del fusil… Estaba tan desfigurado, que la señora Hortensia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara… El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo, que se quedó en nuestras vidas para siempre.
Otro autor que es oportuno citar es al escritor, político y filósofo Régis Debray (París, 1940), polémico intelectual de izquierda, amigo de Fidel y el Che, aunque cuestionado y acusado de traidor por algunos y absuelto por otros, respecto a su responsabilidad en la captura y posterior asesinato del guerrillero heroico. No obstante, vale la pena citar su apreciación en torno a la personalidad del personaje que nos ocupa, a través del texto escrito para la edición chilena de Le Monde Diplomatique:

Porque Allende tenía sentido del humor, cosa rara en la izquierda, donde la seriedad es tradición, y no posaba al héroe que sería un día. No llevaba ni barba ni boina, el compañero presidente. Unos gruesos lentes de carey, un bigotito bonachón, la voz burlona y cálida, simpático, fraternal e incluso masón, como Pinochet por lo demás. Tenía todo lo necesario para alejar las sombras fatídicas; y para engañar a su mundo. Tras salir de la cárcel en Bolivia, durante semanas fui su invitado, de Neruda también, en su casa de Isla Negra, y todavía me arrepiento de mi tono pretencioso de sabelotodo marxista-leninista al conversar con el presidente de Chile ante la cámara de Miguel Littin. Él, el “reformista”; yo, el “revolucionario”. Un cliché. Un juego de roles. Los códigos de la época. Mi única excusa: casi cuatro años de aislamiento en una celda, más que suficientes para exaltarse y soñar, estúpidamente con castillos en el aire… Allende, que se dejaba tutear, a menudo me mostró sonriendo una foto en su escritorio dedicada por el Che: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de hacer lo mismo…”.
Al final, Régis Debray remata con unas palabras cargadas de emotividad: “Compañero Allende, no desaparezcas. Se te debe tanto en la olvidadiza Europa y más allá, en todos lados. Recordar cincuenta años después, nunca está de más”. ¡Salud Poetas! (Continuará).
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Mohamed Abí Hassan (El Tigre, 1956). Poeta, artista visual y editor independiente. Licenciado en Educación, Mención Artes Plásticas (cum laude), por la Universidad de Carabobo (UC). Ha ejercido la docencia en la UC y en la Universidad Arturo Michelena. Ha sido colaborador en las revistas Poesía y La Tuna de Oro (UC). Primer Premio II Bienal de Literatura Gustavo Pereira, Mención Poesía 2013; Primer Premio IV Bienal de Literatura José Vicente Abreu, Mención Poesía 2016; Primer Premio Concurso Nacional del II Festival 3.0 de Historias Comunales Ramón Tovar (2022).
Formó parte de la Comisión Rectoral del Encuentro Internacional de Poesía de la UC. Coordinó el Taller de Formación de Cronistas Comunales en Mariara, estado Carabobo, auspiciado por el Minci, la Revista Nacional de Cultura y el Centro Nacional de Historia. Actualmente se desempeña como facilitador de talleres de iniciación en la creación literaria, así como talleres sobre patrimonio histórico.
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