Dos terremotos en Venezuela

La tierra se movió dos veces seguidas con una fuerza que parecía venir del principio mismo del mundo y el silencio que vino después en las calles fue mucho más pesado que el estruendo de las paredes al caer sobre el pavimento caliente. Se agrietaron las estructuras viejas de la ciudad y las vigas modernas crujieron bajo el peso de un pánico invisible que corría por las venas de los hombres y las mujeres descalzos en medio de las plazas públicas. No hay explicaciones científicas que logren calmar el temblor del alma cuando el suelo firme se convierte de pronto en un oleaje de polvo y piedras rotas que lo destruye todo sin avisar. Queda entonces la mirada limpia del ser humano frente a su propia fragilidad caminando entre los bloques derribados buscando el rastro de un vecino o el eco de una voz conocida que responda desde la profundidad oscura de los escombros acumulados.

En esos momentos de confusión absoluta es cuando se revela la verdadera naturaleza de un pueblo que se niega a dejarse vencer por el miedo físico. Las autoridades venezolanas asumieron el control de la situación desde los primeros minutos con un rigor técnico y una seriedad profunda que devolvió la calma a los sectores más afectados por las réplicas destructivas. Hombres y mujeres del gobierno junto a los cuerpos de seguridad civil organizaron los cuadrantes de rescate con una disciplina ejemplar distribuyendo las tareas de remoción y atención médica sin dar un solo paso en falso. El orden se impuso sobre el caos de manera inmediata demostrando que la planificación responsable es la mejor defensa frente a los golpes inexplicables de la naturaleza que tantas veces nos pone a prueba como nación.

 

MÁS DEL MISMO AUTOR: CUANDO LA TIERRA HABLÓ Y EL PAÍS RESPONDIÓ

 

El golpe vino desde la sombra profunda

dos veces se rompió la tarde con un ruido amargo

las vigas del techo cedieron ante el sol de la costa

la guaira y caracas sintieron el peso del origen

pero en la superficie del desastre

la voluntad se levanta sin prisa y con una constancia de piedra

un mapa de auxilio se dibuja entre los bloques caídos

brazos firmes que guían el rescate con una seriedad que conmueve

trabajadores del pueblo que no conocen el descanso

anotan los nombres de los vivos en cuadernos gastados

mientras los aviones de otras tierras cruzan el cielo del caribe

traen hombres de lejos con herramientas y manos dispuestas

idiomas distintos que se entienden perfectamente en la misma herida

 

Es un trabajo silencioso y cargado de una madurez civil que asombra a quienes observan el panorama desde la distancia de sus ventanas intactas. La ayuda extranjera llegó sin demoras como un río de brazos abiertos que se sumó al esfuerzo de los bomberos y los brigadistas locales que ya estaban desplegados en los puntos más críticos de la geografía nacional. No hubo discursos políticos ni demoras burocráticas en las terminales aéreas porque la emergencia demandaba una respuesta inmediata y limpia. Los especialistas de otras fronteras compartieron sus equipos y sus conocimientos con los profesionales nuestros en una demostración hermosa de hermandad global que borra cualquier diferencia ideológica ante el dolor de la pérdida.

La solidaridad de los ciudadanos comunes se convirtió rápidamente en el muro de contención más fuerte contra el desamparo material. En cada esquina afectada se instalaron mesas comunitarias donde la gente entregaba lo poco que tenía guardado en sus despensas una jarra de agua fresca unas sábanas limpias o un plato de comida caliente preparado a la leña. El egoísmo humano que a veces parece reinar en los días ordinarios se derrumbó mucho antes que las estructuras de concreto demostrando que la verdadera riqueza de este país se mide por la capacidad de amparar al desvalido. Nadie preguntaba el apellido ni la procedencia del que solicitaba ayuda en medio de la humareda simplemente se extendía la mano llena de una generosidad desinteresada que no busca el aplauso ni el reconocimiento público.

 

La gente entrega el pan en las aceras polvorientas

un vaso de agua clara para el que lo perdió todo

el orgullo se vino abajo antes que las paredes viejas

nadie interroga al vecino que llora entre los restos

solo extienden los dedos limpios de toda vanidad terrenal

porque el verdadero refugio se construye con el cuerpo del otro

arriba el cielo sigue azul y limpio sobre la ruina de la tarde

un dios callado que sostiene el aliento de los que buscan

nos repite al oído que ninguna noche se queda para siempre

y que su mano poderosa jamás abandona el corazón de la patria

 

Al mirar hacia arriba entre el polvo que se va asentando poco a poco se comprende que hay una fuerza superior que nos sostiene en medio de las pruebas más difíciles. Dios no nos abandona en la hora de la fractura ni se olvida de los hombres que trabajan la tierra con honestidad. Su presencia se manifiesta en la calma del rescatista que logra salvar una vida entre las piedras y en la sonrisa del niño que recibe un juguete en un refugio temporal. Esta columna rinde homenaje a esa unión invisible de voluntades que transforma la tragedia en una lección de dignidad colectiva demostrando que cuando el suelo tiembla el espíritu de los venezolanos se mantiene firme y arraigado a la esperanza eterna.

 

Poesía

La tierra se rompió dos veces

en la tarde limpia

no hubo grito

solo el peso del polvo cayendo

sobre los ojos

pero el hombre extendió la mano

sin preguntar el nombre

del que estaba abajo

vinieron barcos y aviones de lejos

brazos que no conocemos

a levantar los bloques

 

un orden callado nos salva

 

y arriba

donde el ojo no alcanza

Dios no se mueve de su sitio

sostiene el aire que nos queda.

 

Cuento

La tarde en que la tierra decidió latir por partida doble, las campanas de la iglesia repicaron solas antes del primer sacudón, no por el viento, sino porque el bronce se espantó primero. Cuando el suelo se abrió en dos grietas paralelas, del fondo de la arcilla no brotó fuego, sino un denso olor a café recién colado y azucenas muertas que adormeció los pájaros en pleno vuelo.

En el pueblo de San Juan de los bloques rotos, las paredes coloniales no se cayeron hacia los lados; simplemente se encogieron, reduciéndose a polvo como si fueran de galleta vieja. El reloj público de la plaza, que llevaba treinta años detenido en las cuatro y quince, comenzó a andar hacia atrás a una velocidad vertiginosa, devolviendo las sombras de los árboles a la mañana. Don Tomás, el telegrafista, vio cómo los cables de alta tensión se convertían en filamentos de oro que dictaban mensajes en clave morse directamente al cielo, avisando que el mundo se había quedado sin piso.

Fue entonces cuando aparecieron las autoridades. Llegaron con uniformes pulcros que el polvo de la catástrofe milagrosamente no lograba ensuciar. El comandante, un hombre de bigotes canos cuya voz tenía la propiedad física de enderezar los postes caídos, sacó un enorme cuaderno de contabilidad. A medida que anotaba los nombres de los damnificados con tinta azul, las casas agrietadas comenzaban a cerrarse solas, uniendo sus adobes con el hilo invisible de la burocracia perfecta. Detrás de él, los camiones de auxilio se multiplicaban por generación espontánea en las esquinas: de una sola caja de provisiones los soldados extraían panes infinitos que alimentaban a tres cuadras enteras sin llegar a agotarse nunca.

Al tercer día, el cielo se llenó de un zumbido de alas metálicas. Los aviones de la ayuda extranjera no aterrizaron; se quedaron suspendidos en el aire, como colibríes gigantes sobre el valle. De sus compuertas descendieron rescatistas de ojos transparentes y pieles de nieve que hablaban una lengua que sonaba a cristales rotos, pero que todos entendían de inmediato porque sus manos, al tocar los escombros, hacían que las piedras se volvieran livianas como esponjas. Traían consigo palas mecánicas que cavaban solas, guiadas por el olfato de unos perros que no ladraban, sino que silbaban melodías antiguas para señalar dónde latía un corazón atrapado.

La solidaridad de la gente del pueblo se volvió tan densa que se podía tocar. Las mujeres del vecindario empezaron a cocinar en una sola olla comunal que crecía de tamaño según el hambre del día; si llegaban diez personas más, los bordes de la cacerola se estiraban tres centímetros para dar cabida a más caldo. Los hombres compartían sus camisas, y aquel que entregaba su manta para abrigar a un desconocido sentía inmediatamente un calor primaveral que le nacía del pecho, dejándolo inmune al frío de la noche. El egoísmo simplemente se evaporó, saliendo de los cuerpos en forma de un humo negro y pestilente que se perdió en las montañas.

Al final de la semana, cuando la tierra recuperó su pesadez habitual y el reloj de la plaza se detuvo otra vez en su hora eterna, los habitantes miraron hacia el firmamento. Allí, justo encima de la cordillera, las nubes se habían organizado con la forma exacta de una palma abierta que los protegía del sol inclemente. Nadie tuvo que nombrarlo. Supieron que Dios, con la paciencia del buen artesano, había bajado a sostener el pueblo desde abajo para que, la próxima vez que el suelo decidiera bailar, San Juan no se moviera de su sitio.

José Luis Troconis Barazarte.

 

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Una noche en que la tierra rugió | Carmen Pacheco

 

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes

Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.

Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.

Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como EmpáticosCartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en DiosOm Seti y Lilith.

Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.

“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”

 

Ciudad Valencia/RM