Hablar de educación a distancia nos obliga a situarnos, no sólo en la idea general que ambos términos suponen, sino en las metodologías comúnmente utilizadas para llevarla a cabo, dado que la tele-educación o el Homescholling, no es una herramienta del todo novedosa; la entrada del milenio y la creciente producción de tecnologías la ha convertido en aliada de los actuales procesos educativos en muchos países.

También se hace necesario ubicarnos en el contexto de carácter extraordinario, en el cual más de un centenar de países han tenido que adoptarla para hacer frente a la emergencia sanitaria; no teniendo otra opción. No es menos cierto, además, que la educación es un derecho inalienable que debe ser garantizado aún en las condiciones más adversas.

Tratándose de una coyuntura, en la cual, por más que querramos aproximarnos, se desconoce hoy su duración exacta y sus consecuencias finales, dado el crecimiento exponencial de contagios, es lógico y correcto pensar que la educación no podrá detenerse indefinidamente.

Es por ello que desde instancias internacionales hay toda una agenda de acompañamiento y asistencia a los Estados para que la escolarización de casi un mil millones de niños, niñas y jóvenes, sea hoy parte de la tarea a cumplir a la par de la puesta en marcha de medidas de prevención y atención de casos por Coronavirus, que en muchos países se han visto sobrepasadas al punto de poner en jaque a economías sumamente estables.

Con ello quiero reiterar que, siendo ya cuesta arriba educar a distancia a nivel global, lo es más en medio de una pandemia y, todavía más, sin sistemas educativos preparados para tal fin; volcándose de manera abrupta, partiendo casi de cero y con pocas herramientas.

Es la razón por la que estudiar su factibilidad, pasa por estudiar las condiciones propias en cada país o región, para llevar dicho modelo a cabo.

Es muy temprano para afirmar que ha sido exitosa o un completo fracaso, la fase diagnósitica, que implica ajustes y superar nodos críticos, está en proceso inicial, pero el resultado depende mucho de lo que en éste momento se haga.

La insuficiente alfabetización en cuanto al manejo de herramientas tecnológicas, el acceso precario o nulo a las redes de internet, por ejemplo, ha generado que la equidad en el proceso sea el verdadero desafío hoy, por cuanto la brecha digital se extiende y la mayoría de hogares enfrenta particulares problemas de orden primario.

Pero, aún cuando se cuente con todo el equipamiento, caso de buena parte de Europa, las condiciones subjetivas a la que está expuesta la población, son elementos de suficiente peso como para que la continuidad escolar no represente la prioridad en la mayoría de los hogares.

Respecto a ésto último, pudiéramos decir que Venezuela no está sumida en un estado de conmoción que impida cumplir con ésta tarea, lo que no quiere decir que el buen manejo de los protocolos sanitarios nos libre de calamidades; por el contrario, la guerra híbrida, el cerco económico y comercial, el fenómeno hiperinflacionario y el asedio de potencias extranjeras concretado en acciones injerencistas, han sido los elementos puestos en el relieve de una situación compleja que inicia mucho antes de la aparición del Covid- 19 y que ha lastimado enormemente la normalidad de la que tanto se habla.

 

Venezuela viene padeciendo los estragos de una guerra multiagencial

Es decir, mientras buena parte del mundo, occidente, sobre todo, se desprende obligadamente de una normalidad, definida en términos liberales como acceso a condiciones materiales básicas y garantía de derechos fundamentales; Venezuela viene padeciendo los estragos de una guerra multiagencial que ha encontrado sus mejores resultados en el terreno de las sanciones y de la presión económica y eso ha repercutido en el funcionamiento de nuestro sistema educativo.

Un bono migratorio importante, el deterioro de infraestructuras escolares, la carestía casi generalizada en la población pobre que accede a la educación pública, la relentización o detenimiento de programas para la dotación de recursos escenciales de aprendizaje, suman un cóctel que cada día hace de la labor escolar algo difícil de manejar para muchas familias y las instituciones, propiamente.

Es pertinente sumar una deficiencia considerable o grave, en algunas regiones más que en otras, respecto a servicios básicos fundamentales: especialmente energía eléctrica y acceso a redes de internet que, en medio de la cuarentena ha sufrido, aquí y en todo el mundo, un colapso producto de todas las a actividades (sumando el ocio) que se mudan a territorios virtuales. Con ello no quiero hacer del asunto una tesis catastrofista, mas sí hacer un exhorto a que seamos, no solo realistas, sino responsables.

Es necesario partir de estos elementos para coaccionar en un sistema educativo alternativo, viable y democratizado.

No se trata, de ninguna manera, de trasladar la estructura estrictamente controlada de la escuela a un escenario virtual, ni de estandarizar los métodos buscando resultados expeditos y en plazos ajustados al calendario escolar previsto antes de las medias de cuarentena, ni de pasar una lista interminable y extenuante de asignaciones, como viene sucediendo en algunos casos, sin priorizar áreas o sin visualizar un nuevo marco de indicadores.

Es necesario insistir en que hay que dosificar esa transición, pues coloca a una gran masa en desventaja, a la cual, no sólo le corresponde cumplir con dicho calendario, sino en medio de condiciones distintas, particulares y complejas.

No es igual una educación a distancia en zonas urbanas que en asentamientos rurales, por ejemplo, y esa es una realidad que no puede ser vista o solventada desde el mero pragmatismo o atendiendo a los esquemas que caracterizan el método de enseñanza en aula.

La razón sencilla es porque la dinámica que ahora rige es asincrónica y demanda conocimiento de quienes, ahora, la protagonizan y no cuentan con herramientas pegagógicas para desarrollarlas en un espacio que, está demás decirlo, no es el convencional.

Empezar por orientar a la familia en el manejo de un esquema de trabajo y de estrategias acertadas para consolidarlo es de vital prioridad.

El enorme reto

Seguir extendiendo, tal como se viene haciendo, las posibilidades a las cuales puedan ajustarse las familias que no tengan cómo vincularse a la escuela de manera virtual y garantizar la educación como derecho, sigue siendo un reto enorme en el que estamos obligados a seguir dando respuestas, siendo que la mayoría está de acuerdo y ha acatado la medida, al menos, por ahora, obligadamente y que tenemos un gobierno dispuesto a incrementar esfuerzos en esa dirección.

Necesitamos un proceso recualificado, colectivo, que se vaya alimentando poco a poco de consciencia, de responsabilidad social, sensibilidad, creatividad y de motivaciones que den al traste con la solución de problemas concretos asociados a la propia situación venezolana; transcendiendo, además, todo intento polarización.

Caracterizar correctamente el momento político, al mismo tiempo que lo que entendemos por familia es urgente. Es posible que al decir familia, asimilemos que se trata de un padre, una madre, los hijos e hijas y otro pariente, pero puede que desechemos la idea (real en las estadísticas), de que las familias venezolanas tienen en un 47% sostén femenino.

Por otro lado se suman otros fenómenos; el bono migratorio de los últimos años produjo un desmembramiento de cientos de miles de núcleos familiares; hay hogares con más de media docena de escolares en distintos niveles y modalidades; muchos y muchas están bajo cuidado de terceros o, simplemente, desatendidos.

Entonces, en aras de la equidad, es necesario, flexibilizar o desacelerar un proceso que no tiene experiencia previa y que hoy, valga decirlo, descansa, por mayoría, aun en casos de estar presente padre y madre, en los hombros de las mujeres; las mismas que cuidan del adulto o la adulta mayor, están al frente de las responsabilidades comunitarias y de las labores domésticas, producto de la división sexual (normalizada) del trabajo.

El principio de corresponsabilidad escolar debe poner a concursar en la práctica a los miembros de cada familia y comunidad, así reza en nuestra doctrina escolar emancipadora, pero, ¿Se ha venido haciendo? y en estás circunstancias, ¿Cómo se logra?.

 

Estudiar la fusión de Hogar-Escuela

También se debe ir estudiando de cerca esa fusión de Hogar-Escuela sin idealizarla, ello obliga a procurar ritmos sensibles a realidades realmente adversas y ver qué tan excepcionales o comunes se presentan e ir ajustando las metodologías de acuerdo a los resultados, poniendo como centro y prioridad a la familia y el aprendizaje.

Tenemos la firme intención de nuestro gobierno y el pueblo, de materializar un logro sin precedentes mientras otros países adoptan medidas que están dejando al margen a las mayorías de pobres, inmigrantes o a quienes, han tenido que suspender pagos a privados etc.

Es decir, estamos ante el inminente peligro de que ésta pandemia, que nos arrebata cada día el mundo que conocíamos, vuelva a hacer de la educación en el mundo, un privilegio de pocos y pocas o que sea el nuevo paradigma educativo liberal (postpandemia) el que haga resonar con fuerza la nueva doctrina neocolonizadora con alta dosis de oscurantismo.

Los modelos democráticos, como el nuestro, tienen la misión de enfocar este asunto por la vía correcta y construir un referente que nos permita apropiarnos de la experiencia educativa a distancia, enriquecernos como sociedad y poder sumar a nuestro programa educativo, una alternativa que nos permita combatir cualquier circunstancia adversa, seguros y seguras de salir, como nación, plenamente fortalecidxs.

 

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María Alejandra Rendón

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