El pathos originario del filosofar… El asombro (θαυμάζειν, thaumazein) constituye, desde los albores de la filosofía occidental, el pathos originario que dispone el alma hacia la búsqueda del conocimiento. Para Platón y Aristóteles, este temple fundamental antecede y posibilita el deseo de sabiduría, situándose como el ἀρχή (arché, principio u origen) de toda investigación filosófica. Lejos de ser una mera curiosidad efímera, el asombro se revela como una experiencia consciente ante lo insólito, aquello que capta poderosamente la atención y, simultáneamente, rebasa nuestro entendimiento habitual. En la actualidad, la capacidad de sorprenderse parece eclipsada por dinámicas sociales que privilegian la espectacularidad narcisista sobre la contemplación auténtica. Este ensayo explorará la importancia filosófica y psicológica del asombro, analizando las graves consecuencias de su ausencia, particularmente en contextos donde la indiferencia humana se normaliza, como ante la crisis humanitaria en Gaza.
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La dimensión filosófica y psicológica del asombro:
1) El asombro como fundamento filosófico:
En el Teeteto (155d), Platón identifica el asombro como el estado natural del filósofo, un pathos que mueve las tres partes del alma y la conduce al descubrimiento de la verdad. Se trata de una afección que irrumpe de manera involuntaria, un incidente que suspende la razón habitual e interpela nuestros marcos interpretativos. A diferencia de la simple curiosidad, que se desvanece rápidamente, el asombro inquisitivo cuestiona profundamente nuestro entendimiento del mundo, revela nuestras limitaciones y se traduce en un preguntar persistente. Aristóteles, por su parte, enfatiza en su Metafísica que el asombro impulsa a los hombres a filosofar para huir de la ignorancia. Así, la filosofía nace de una austeridad o penuria que emerge de este temple de ánimo, como bien señaló Heidegger.
2). La psicología del asombro y la sorpresa
Desde la ciencia contemporánea, el asombro es clasificado como una emoción básica. Paul Ekman identificó su expresión facial característica: elevación de las cejas, apertura exagerada de ojos y boca, y ligera caída de la mandíbula. Se manifiesta como una emoción neutra, breve y ambigua que se activa ante un acontecimiento inesperado, extraño o novedoso, preparando al organismo para reaccionar de forma adaptativa.
Los psicólogos Dacher Keltner y Jonathan Haidt propusieron que el asombro implica dos componentes centrales: la percepción de vastedad (algo que experimentamos como inmenso en tamaño, complejidad o capacidad) y la necesidad de acomodación, es decir, la exigencia de ajustar nuestros esquemas mentales para poder procesar la experiencia. Esta emoción produce con frecuencia un efecto de «autodisminución», donde el yo individual se percibe como una parte pequeña dentro de un todo mayor, fomentando la conexión con los demás y comportamientos prosociales.
3) La ausencia del asombro y la desconexión ética: El caso de Gaza
La incapacidad para asombrarse —o su atrofia deliberada— no es una condición benigna. Implica un cierre cognitivo y emocional que nos insensibiliza ante lo que debería resultar extraordinario: el sufrimiento injusto, la violencia estructural y la negación de la humanidad del otro. La falta de asombro ante las atrocidades no es simple ignorancia, sino un síntoma de una falla en la imaginación moral.
4) Mecanismos de neutralización del asombro
Frente a un evento de la magnitud del conflicto en Gaza, la ausencia de una reacción colectiva de proporciones equivalentes puede explicarse a través de varios mecanismos que suprimen el asombro ético:
- Saturación informativa y habituación: La exposición constante y fragmentada a imágenes de violencia a través de medios y redes sociales genera una aclimatación patológica. Lo que inicialmente podría causar perplejidad e indignación —como el bombardeo de hospitales o la muerte de niños— se normaliza mediante la repetición, transformando lo excepcional en un «hecho más» dentro del flujo noticioso.
- Marcos interpretativos preestablecidos: Cuando los discursos políticos y mediáticos hegemónicos enmarcan el sufrimiento palestino dentro de narrativas abstractas como «guerra contra el terror», «derecho a la legítima defensa» o «conflicto ancestral», obstaculizan la necesidad de acomodación que caracteriza al asombro . El evento concreto se subsume bajo categorías que lo explican de antemano, anulando su capacidad de interpelarnos.
- Deshumanización y tribalismo moral: Como denuncia el filósofo Hamid Dabashi, existe un «imaginario filosófico europeo» —y por extensión, occidental— que históricamente ha negado una «realidad ontológica» plena a los pueblos no europeos. Declaraciones como las del ministro de Defensa israelí Yoav Gallant refiriéndose a los palestinos como «animales humanos» son la expresión máxima de este proceso. No puede haber asombro ante la destrucción de quien no es considerado plenamente humano. El asombro requiere un reconocimiento básico de la humanidad compartida, que es precisamente lo que se erosiona.
5) La filosofía ante la prueba de Gaza: ¿Una crisis de universalidad?
La respuesta de una parte de la filosofía europea, ejemplificada en el apoyo explícito de Jürgen Habermas a las acciones israelíes, pone de manifiesto lo que Dabashi califica como «depravación moral» y «quiebra ética». Este posicionamiento revela que el pretendido universalismo de cierta tradición filosófica puede colapsar cuando se enfrenta al sufrimiento del «otro» no europeo. Como argumenta Aimé Césaire, lo que Occidente no perdona a Hitler «no es el crimen en sí, el crimen contra el hombre, no es la humillación del hombre como tal, es el crimen contra el hombre blanco». La incapacidad de ampliar el círculo de la compasión y la indignación hacia los palestinos evidencia un déficit de asombro ético en el corazón de un pensamiento que se pretende universal.
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La solución: Recuperar la capacidad de asombro como imperativo ético
La sorpresa filosófica es, en esencia, un antídoto contra la indiferencia. Nos recuerda, en palabras de Abraham Joshua Heschel, que el asombro «es más que una emoción; es una forma de comprensión, una penetración en un significado más grande que nosotros mismos» . Perder esta capacidad implica renunciar no solo al origen del filosofar, sino a un componente esencial de nuestra humanidad: la vulnerabilidad ante lo real y la responsabilidad hacia lo que nos excede.
Frente a la banalización del horror, ya sea en Gaza o en cualquier otra crisis humanitaria—, cultivar el asombro se convierte en un acto de resistencia. Implica permitir que la realidad irrumpa en nuestra conciencia con toda su fuerza disruptiva, que el informe de la ONU que acusa de genocidio, o la imagen de un niño bajo los escombros, nos conmocionen hasta el punto de cuestionar nuestras certezas más arraigadas. Solo desde ese desajuste productivo de nuestros esquemas mentales, desde esa necesaria acomodación que provoca el verdadero asombro, podremos generar una respuesta ética a la altura de los tiempos. La filosofía, si ha de tener algún sentido más allá de su autorreferencialidad académica, debe reclamar este pathos originario como brújula moral en un mundo que clama por una mirada capaz de ver, en el sufrimiento ajeno, una interpelación intolerable.
Referencias Bibliográficas
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- Heidegger, M. (1937/38). Gesamtausgabe, Band XLV.
- Held, K. (s.f.). Staunen, Zeit, Idealisierung. Über den griechischen Anfang der Philosophie.
- Kant, I. (1788). Crítica de la razón práctica.
- Keltner, D. y Haidt, J. (2003). «Approaching awe, a moral, spiritual, and aesthetic emotion». Journal of Personality and Social Psychology.
- Platón. (s. IV a.C.). Teeteto.
- Ugalde Quintana, J. (2017). «El asombro, la afección originaria de la filosofía». Areté, 29(1).
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