En el inimaginable Japón del siglo XVI, Sen no Rikyu –el creador de la muy apreciada ceremonia del té–, poseía un jardín enteramente sembrado de maravillas, cuando aún esta flor era poco conocida en la antigua nación japonesa, que entonces se llamaba Cipango.

Rikyu sabía que dichas flores provenían de territorios al otro lado del océano Pacífico, donde sus introductores, los jesuitas, aseguraban que se hallaba el Paraíso cristiano, tenía su asentamiento un pueblo de mujeres preparadas para la guerra como samuráis y, con frecuencia, se encendía la codicia, al punto de escaldar las almas.
La Maravilla, también conocida como Bella de Noche, Diego de Noche o clavellina, era una de las plantas cuyas semillas, como las del cacao, la papa, el maíz, el tomate y, mucho después, la del caucho, habían vencido climas hostiles y se habían adaptado a otras latitudes.
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Rikyu cultivó su jardín con esmero, aprovechando la exuberancia cromática de las forasteras y su rápido acomodo al clima del país insular.
Gracias al frío de la región, las flores que se abrían al ocaso o durante la noche permanecían abiertas hasta las primeras horas del día siguiente.
Fue tanta la fama del Jardín de las Maravillas de Rikyu, que Taiko Hideyoshi –el regente de facto, en Japón, entre 1585 y 1598–, se enteró del portento y quiso conocerlo personalmente.
Al saberlo, Rikyu invitó al guerrero a un té matinal en su casa y, puntualmente, el día convenido, Taiko Hideyoshi se presentó en la casa del maestro.
Antes de encontrarse con Rikyu, el gobernante quiso deleitarse en la contemplación de las extraordinarias forasteras de las que le habían informado que eran blancas, amarillas o rojas y también blancas, amarillas y rojas a la vez.
Pero, Taiko Hideyoshi recorrió todo el jardín y no encontró el más mínimo rastro de las maravillas.

Donde estas debían hallarse, donde le habían dicho que formaban ejércitos de galanura y fragancia, la tierra había sido aplanada y cubierta de arena y piedrecillas blancas. Airado, el unificador y pacificador de Cipango entró en la sala del té, llamando a voces al maestro.
Pero apenas traspuso la puerta y su mirada se apaciguó con la sosegada iluminación de la estancia, le sorprendió un espectáculo.
Sobre el tokonoma –el nicho donde se colocan flores o cuadros para el goce estético de los invitados a la ceremonia del té–, en un hermoso jarro de bronce de la época Sung, y desplegando pétalos y colores como un sol vegetal venido de otros mundos, lo aguardaba una sola flor, la única entre las únicas, la mejor del jardín: la verdadera Maravilla.
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Armando José Sequera (Caracas, 1953) es un escritor y periodista venezolano. Autor de más de cien libros, todos publicados, gran parte de ellos para niños y jóvenes. Ha obtenido cerca de 30 premios literarios, ocho de ellos internacionales (entre otros, Premio Casa de las Américas, 1979; Diploma de Honor IBBY, 1995); Bienal Latinoamericana Canta Pirulero, 1996, y Premio Internacional de Microficción Narrativa “Garzón Céspedes”, 2012). Es asimismo Premio Nacional de Cultura, mención Literatura, 2026.
Es autor de las novelas La comedia urbana y Por culpa de la poesía. De los libros de cuentos Cuatro extremos de una soga, La vida al gratén y Acto de amor de cara al público. De los libros para niños Teresa, Mi mamá es más bonita que la tuya, Evitarle malos pasos a la gente y Pequeña sirenita nocturna.
«Carrusel de Curiosidades se propone estimular la capacidad de asombro de sus lectores».
Ciudad Valencia/RN/Foto del autor Gerardo Rosales











