Mucho tiempo después de haber salido de la escuela donde impartí clases durante veintidós años, me tropecé con un representante en una acera del centro de Morón, él señor tomó la mano que yo había extendido para saludarlo y la besó diciéndome: “Gracias, maestro, porque usted le dijo a mi hijo que el ser humano no debe rendirse y yo lo vi cuando lo abrazó; gracias, maestro…”. Yo enmudecí, aparté la mano lo más rápido que pude y lo abracé a mi vez.
Digamos que ese evento fue una secuela por hablarles a los alumnos desde el corazón y desde la amistad. Yo ignoraba esa consecuencia y, aparte de algunas que cosecho en el silencio pulsante de mi sangre, imagino que debe haber otras. ¿Qué podría pensar Julio Cortázar de tener la oportunidad de saber que en una ciudad de Venezuela existe un discípulo de él que nunca estuvo en su aula de clases, pero es uno de los más aventajados?
DEL MISMO AUTOR: LA POESÍA PERDURABLE DE TEÓFILO TORTOLERO
Sería un cuento que transcurre por debajo de la vida cotidiana y en el momento menos esperado irrumpe con su resplandor y nos obsequia unos hermosos Apuntes sobre el asombro (Rubiano Ediciones, 2024). Y entonces, al asomarnos a su universo narrativo, vemos que el primer asombro que nos impacta es la maestría en el arte de ser Cronopio sin que ello signifique una vulgar imitación del maestro; Ramón es, sin duda, un producto orgulloso de las lecturas atentas y el estudio disciplinado de los cuentos y ensayos de Julio Cortázar. Aunque, no solo de él, también se ven destellos de otros cuentistas, como Borges y Laura Antillano.
En el segundo de los cuentos titulado: Yo también quiero ser un Cronopio, nuestro narrador confirma parte de lo que he venido diciendo, allí nos aclara: “(…) entonces Cortázar pasa a ser un maestro esencial, alguien a quien releer ‘con destornillador’ (como también diría el maestro García Márquez) en el afán de dar con su fórmula, con su manera particular de abstraernos del mundo y sumergirnos, por ejemplo, en la historia de la hermosa y esquiva Silvia, la corporizada amiga imaginaria de cuatro niños traviesos…”.

Entiendo que, además de desear acercarse a la maestría de contar, Ramón Núñez desea asimilar los valores morales y éticos que Cortázar le atribuyó al Cronopio; no se trata solo de contar una historia, sino de aprender a vivir como un ser sin personaje, alguien que sabe entregar amistad y limpieza de ser en el contar de los días.
Como creo conocer bastante a Ramón, esa exposición de deseos habla de su humildad, porque en los dos aspectos principales de ser un Cronopio, él se ha alojado y desde allí crece como escritor y ser humano. También crece como maestro que dicta talleres en donde expone sus búsquedas, su disciplina y su claridad expositiva.
Los primeros textos se desplazan por un borde en el que se mezclan la crónica y el cuento de manera magistral sin que se pueda decir que pertenecen más a uno de los dos oficios narrativos. Es cierto, la crónica cuenta sin ser cuento y el cuento capta una secuencia de instantes dentro de un hecho; se trata de hacer magia y cegar al lector y dejarlo en ese borde con la satisfacción de haber leído un buen cuento-crónica sin saberlo.
Las narraciones fluyen con un lenguaje pulcro, bien confeccionado por la intención de que esa suavidad no se altere ni siquiera en el final cuando el asombro o la sorpresa hagan acto de aparición. Cuando uno se recorre ese libro no puede por menos que pensar que la vida cotidiana está llena de historias y hay unos cuantos cazadores merodeando en busca de esas presas.
Cada cuento crea una atmósfera que de inmediato establece una complicidad con el lector, porque se torna familiar; el lector, de manera inconsciente, asume la actitud de haber estado por ahí, de conocer ya esos sitios; pero mientras camina, el narrador le va añadiendo lo extraño, lo no leído, lo que se venía diciendo sin palabras. Esto, queridos amigos y amigas, no es fácil de lograr. Cortázar decía que el cuento debe ser esférico, en el sentido de tener una forma perfecta; en Ramón, este efecto se cumple.
Hay cuentos memorables como: Y llegó un mago, Volver con Eleonora, Hipocampo, entre muchos otros; no hay desperdicio en este libro cuyos últimos textos son microcuentos que condensan en poco espacio ciertos cataclismos. Volver con Eleonora se desarrolla en varios planos temporales con la mayor naturalidad posible, la ficción no es forzada, fluye clara y atrapa al lector, quien en cada párrafo desea saber cómo terminará la historia.
Algo realmente conmovedor para mí fue el texto: “Carta para mi abuela María”; sobre todo porque no lo esperaba, no sabía que en ese libro había una abuela que estaba leyendo un texto de su nieto dedicado a ella con tanta ternura. Ese cuento me confirma lo que dije al inicio de este humilde homenaje a Ramón, hay historias que corren paralelas y en algún momento de la vida se vinculan, se conocen, estallan.
El cuento caló en mi médula espinal, no tanto por el parecido entre muchos episodios que uno vive con las abuelas, sino porque su modo de hacer memoria, su forma de intimar con la abuela ya fenecida, de regresar a los cuartos, a los mandados, a las visitas a las iglesias… me permitieron sustituir a esa María por la de mi infancia, y entonces hablé con ella, le recordé algunos asuntos; y agradecí a Ramón haberme permitido abstraerme de mi mundo y sumergirme en todas esas historias.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021). (Tomado de eldienteroto.org)
Ciudad Valencia/RN












