Tan pronto el sultán otomano Mahomet II ascendió al trono, se propuso tomar la ciudad de Bizancio, la antigua Constantinopla.
Para entonces, mediados del siglo XV, el viejo Imperio Bizantino había llegado a la etapa final de su decadencia y se designaba a sí mismo como “Bajo Imperio”. En los últimos años, la población de dicha ciudad se había reducido de poco más de un millón a sólo 30 mil.
De esas 30 mil personas, sólo 5 mil estaban en condiciones de luchar por la defensa de la ciudad. Esta contaba con unas murallas que, a lo largo de nueve siglos, habían resistido diversos asedios, debido a su fortaleza. Ahora no estaba en tan buenas condiciones, pero bien defendidas, podrían aguantar un tiempo más.
En el año 1453, y tras dos años de cuidadosos preparativos, Mahomet II puso sitio a Bizancio, con un despliegue armado como pocas veces se había visto hasta ese momento.
El ejército que Mahomet II dispuso para el sitio de Bizancio estaba compuesto por un número oscilante entre 250 mil y 300 mil hombres.
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En el Bósforo, el estrecho que separa el mar de Mármara del mar Negro –que para la época se llamaba “de los Dardanelos”–, desplegó 420 barcos de guerra que, el 22 de mayo de 1453, cinco días antes del fin de sitio, se ubicaron de tal forma que impedían la entrada o salida de cualquier embarcación de o hacia Bizancio.
Este formidable ejército llevaba consigo nada menos que 20 mil mulas, controladas por campesinos búlgaros, que llevaban las provisiones y otros tantos camellos que movilizaban las armas y las partes de las máquinas de guerra.
Dentro de la ciudad, en lugar de preparar la defensa, los griegos del Bajo Imperio estaban dedicados a discusiones que ellos consideraban teológicas. El tema principal era, nada menos, que ¿cuál era el sexo de los ángeles? Las disputas en torno a dicho tema generaban pasiones como las de grandes actos deportivos de nuestro tiempo.
¿Los ángeles eran hembras o varones? ¡O eran asexuados? ¿Podrían reproducirse? ¿Tenían también relaciones sexuales?
Otro de los temas de discusión era si Jesucristo sabía reír y, si lo hacía, ¿qué provocaba su risa? Y, si no reía, ¿reír era un pecado?
A todas estas, Mahomet II fue cerrando el cerco casi sin oposición, aunque la poca que hubo luchó con heroísmo. Durante los 56 días del asedio a Constantinopla, un grupo de combatientes bizantinos comandado por un hombre llamado Constantín Dracoses, trató de mantener a raya al descomunal ejército otomano.
Este grupo estaba constituido por unos pocos cientos de los 5 mil hombres con capacidad de guerrear, en tanto la mayoría estaba ocupada en los templos en las referidas discusiones.
La única ayuda que recibieron Dracoses y los combatientes bajo su mando fue un pequeño ejército de 3 mil hombres –en su mayoría genoveses–, dirigidos por un mercenario llamado Giovanni Giustiniana. Pero el 29 de mayo, el día en que concluyó el sitio, Giustiniana fue herido en una mano y se retiró con sus genoveses, pese a las súplicas del emperador Constantino XI.
Este, por cierto, tuvo un comportamiento heroico de última hora pues, ese día, cuando vio caer las murallas de la ciudad, hizo a un lado su insignia imperial y se lanzó al combate como cualquier soldado.
El sitio de Constantinopla terminó ese 29 de mayo de 1453, cuando Mahomet II hizo uso del arma más poderosa de su tiempo: un cañón gigantesco, capaz de lanzar piedras de 240 kilos.
La mañana de ese día vio llegar cincuenta yuntas de bueyes que arrastraban dicho cañón. Cuando estuvo en posición, fueron necesarios centenares de brazos para apuntar hacia la puerta de San Romano. Bastó un único disparo para destruir la puerta y parte de la muralla contigua. Al grito de “Is tan bul. Is tan bul” (en griego medieval, “a la ciudad, a la ciudad”), las tropas de Mohamet II se internaron en la urbe.
Desde entonces, la expresión discusiones bizantinas se aplica a las conversaciones o discusiones inútiles sobre temas irrelevantes que nada tienen que ver con los problemas en torno a los cuales se debería hablar u opinar.
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Armando José Sequera (Caracas, 1953) es un escritor y periodista venezolano. Autor de más de cien libros, todos publicados, gran parte de ellos para niños y jóvenes. Ha obtenido cerca de 30 premios literarios, ocho de ellos internacionales (entre otros, Premio Casa de las Américas, 1979; Diploma de Honor IBBY, 1995); Bienal Latinoamericana Canta Pirulero, 1996, y Premio Internacional de Microficción Narrativa “Garzón Céspedes”, 2012). Es asimismo Premio Nacional de Cultura, mención Literatura, 2026.
Es autor de las novelas La comedia urbana y Por culpa de la poesía. De los libros de cuentos Cuatro extremos de una soga, La vida al gratén y Acto de amor de cara al público. De los libros para niños Teresa, Mi mamá es más bonita que la tuya, Evitarle malos pasos a la gente y Pequeña sirenita nocturna.
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Ciudad Valencia/RN/Foto del autor Gerardo Rosales












