Amigas y amigos constructores de sueños, forjadores de esperanzas: Uno de los documentos más importantes para el estudio y comprensión de la Venezuela del siglo XX es el Plan de Barranquilla, el cual constituye el primer análisis integral, y para algunos, el primer análisis marxista de la sociedad venezolana. Dos concepciones puntuales y una meta son las ideas centrales del texto: primero, la caracterización de Venezuela como un país “semifeudal”; segundo, la denuncia de la avasallante “penetración capitalista extranjera”; condiciones que impedían alcanzar la principal meta que se trazaron los sectores que combatían al gomecismo: el establecimiento de la democracia como sistema político.
Los nobles apellidos
Este documento, escrito desde la colombiana ciudad de Barranquilla en marzo de 1931, por un sector del exilio estudiantil que había evadido la represión desatada contra los protagonistas de la Semana del Estudiante, en febrero de 1928, y de la participación de algunos de sus líderes en la sublevación de la Academia Militar, el día 7 de abril del mismo año, determinó el tono del análisis con el que se caracterizó el proceso histórico de la sociedad venezolana.
Para los autores: Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Pedro Juliac, Valmore Rodríguez y Ricardo Montilla, entre otros, incluidos los que se adhirieron al documento, entre quienes destacan: Mariano Picón Salas y Carlos Irazábal; la situación de pobreza y miseria en que vivía la población era el resultado de la prevalencia de un régimen “semifeudal” que había hecho del latifundio el principal instrumento de riqueza y el medio de explotación de los sectores más desposeídos. Desde esa visión, la gesta independentista había conducido a la sustitución del antiguo mantuanaje criollo por una casta de caudillos surgidos al calor de la contienda emancipadora que dejó intactas las viejas relaciones de poder.
Los nobles apellidos de la época colonial: Tovar, Mijares, Toro, Aristiguieta, fueron sustituidos por personajes sin abolengo como Páez, Monagas, Falcón, Guzmán; dejando intacta la antigua estructura de poder económica y social. Gómez era la última expresión del despotismo expresado a través de una férrea dictadura y de un sistema de explotación laboral muy útil al interés de los latifundistas, que estaba representado en formas de explotación laboral como la medianería, la aparcería, el peonaje, el conuco y la ficha, instrumento de “pago” que evidenciaba la sofisticación alcanzada para la explotación de la mano de obra campesina.
Se afirma en el documento: “La colonia, como organización jurídica y social, ha pervivido dentro de la República… El desplazamiento del poder de una oligarquía por otra no ha significado hasta ahora, sino la alternabilidad de divisas partidaristas en unos mismos grupos ávidos de lucro y de mando, identificados en procedimientos de gobierno y administración”. La superación de esa realidad social y política pasaba por “liquidar a Gómez y con él al gomecismo, vale decir, al régimen latifundista-caudillista”.
Las transformaciones económicas que estaba experimentando Venezuela tras la irrupción del petróleo, la penetración de capitales extranjeros y su asociación con la burguesía nativa implantando nuevas relaciones laborales, no implicaron cambios en la realidad económica y social de las grandes mayorías venezolanas. Cambiaron y en otros casos se diversificaron los dueños del capital, pero la desigualdad, la explotación y la miseria se mantuvo igual. La penetración del capital extranjero y las nuevas relaciones capitalistas de producción no significaba que se había salido de la colonia, al contrario, ella estaba más presente que nunca.
Un gobierno represor
En 1917, Lenin publicó su famoso ensayo “El imperialismo Fase Superior del Capitalismo”, en el que afirmaba que la etapa de librecambismo, caracterizada por la búsqueda y posesión de materias primas para la producción y conquista de nuevos mercados, había dado paso a una etapa de expansión monopolista dirigida no por los Estados sino por las grandes corporaciones bancarias e industriales.
Los redactores del Plan partían de esta concepción y denunciaron la abundante penetración de capitales transnacionales representados en empresas como Standard Oil, Royal Dutch, Royal Bank, entre otras. Gómez les otorgó concesiones en condiciones sumamente favorables y contrarias al interés nacional, a cambio de respaldo político y militar a su gobierno. Esta alianza representó para el capital monopolista la garantía de un gobierno represor capaz de ahogar en sangre y sufrimiento las demandas por mejores condiciones sociales y laborales. Alcanzar un régimen democrático pasaba por luchar contra la penetración capitalista extranjera.
Todo lo anterior hacía entender a los redactores del Plan de Barranquilla que la lucha por lograr un régimen democrático estaba unida a la lucha contra el latifundio y el capitalismo monopolista, lo cual implicaba combatir el personalismo y el autoritarismo representado en el gomecismo y en Gómez, quien en definitiva tenía la última palabra sobre la presencia o no de esos capitales, además de ser el primer terrateniente del país.
El Plan de Barranquilla puede ser considerado el primer intento de comprensión marxista de la sociedad venezolana, una visión que marcó la forma de analizarla y entenderla, constituyendo una de las bases que alimentaron concepciones proteccionistas y nacionalistas en parte de nuestro pensamiento político, plasmadas en nuestro ordenamiento jurídico.
Recordar esto adquiere pertinencia porque nos ubica frente a los proyectos de país que están debatiéndose de cara al próximo proceso electoral. De una parte, la opción que señala que debe privatizarse todo, entregando a quienes perdieron sus otrora prerrogativas, la posibilidad de adueñarse de activos y recursos que pasarían a ser usufructo de los grupos de poder económicos que desde los tiempos coloniales, siguiendo el análisis del Plan de Barranquilla, han encarnado la estructura de poder interna. Algunos apellidos que hoy promueven esa propuesta son los actuales herederos de quienes en el pasado sometieron y explotaron a este pueblo.
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Y la opción que representa la soberanía, la independencia, la autodeterminación la defensa del territorio nacional; garantía de paz, estabilidad y crecimiento económico, de la mano de un Estado fuerte que, en asociación con capitales transnacionales y apegados al marco constitucional y legal, ofrece la posibilidad cierta de reconstruir el estado de bienestar social que tuvimos durante la primera década de este siglo.
Este 28 de julio nos debatimos entre mantener nuestra independencia o entrar en una etapa de neocolonialismo. Yo opto por lo primero. ¡La esperanza está en la calle!
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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
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