Amigas y amigos, constructores de sueños, forjadores de esperanzas: En 1858 el país vivió una profunda crisis política derivada de la pretensión del general José Tadeo Monagas de impulsar una reforma constitucional que le permitiera reelegirse para un tercer período de gobierno. La crisis política condujo a una acción insurreccional liderada por el general Julián Castro que es conocida en nuestra historiografía como Revolución de Marzo.
El movimiento, que produjo la renuncia del presidente de la República, decisión con la que parecía resolverse la situación, tuvo otro capítulo de mayor gravedad, esta vez de carácter diplomático, al entrar en controversia los términos del acuerdo suscrito entre el gobierno de Julián Castro y los representantes diplomáticos de Francia e Inglaterra, respecto a las condiciones para el asilo del expresidente. Una circunstancia que pudo alcanzar proporciones bélicas a partir de la presencia de buques de guerra en las costas venezolanas.
Injerencia diplomática:
Una vez presentada la renuncia al cargo, el general José Tadeo Monagas se asiló junto a otros familiares y colaboradores en el consulado francés. El canciller del nuevo gobierno, Wenceslao Urrutia, inició conversaciones con los representantes diplomáticos galos a fin de lograr la entrega del expresidente.
Luego de varias conversaciones se acordó lo siguiente: el general Monagas y sus acompañantes saldrían del consulado y serían trasladados a una casa elegida por el gobierno donde quedarían a disposición de las autoridades, comprometiéndose éstas a garantizar su vida e integridad física, así como el decoro a su persona y familiares; al poco tiempo se procuraría su salida del país como una medida de gracia otorgada por el gobierno.
Con estos términos se establecía una solución que, inicialmente, satisfacía a todas las partes y que es conocida en nuestra historiografía como Protocolo Urrutia. Pero el acuerdo, respaldado además por los representantes diplomáticos de Estados Unidos, Brasil, España y Países Bajos, fue desconocido por integrantes del propio gobierno. Los ministros Fermín Toro y Manuel Felipe de Tovar alegaban no estar en conocimiento del alcance e implicaciones de esa negociación.
Se desató entonces una crisis en el seno del Ejecutivo que condujo a la renuncia de Urrutia y la designación de un nuevo canciller: Fermín Toro. Éste, con la habilidad diplomática que lo caracterizaba, procuró salirle al paso a un asunto delicado: la injerencia del cuerpo diplomático en la política interna venezolana.
Argumentaba el Canciller que la entrega de Monagas no debía ser entendida como el resultado de los buenos oficios de estas naciones, razón por la cual el gobierno no las consideraba parte en las negociaciones con Monagas, ni creía el Ejecutivo Nacional que fuese el deseo de estos países inmiscuirse en asuntos internos. Esta argumentación, que fue vista con beneplácito por una parte de los involucrados, recibió el rechazo de Inglaterra y Francia, situación que agudizó y prolongó la crisis.
La Galipanada
Los representantes diplomáticos de estas naciones exigieron el cumplimiento del acuerdo suscrito y dieron un ultimátum al gobierno. El día 5 de mayo una escuadra anglo-francesa se presentó amenazante en las costas de La Guaira. El gobierno señaló que requería tiempo para brindar una respuesta, pues era imperativo consultar la opinión del Congreso a reunirse en Valencia (Convención de Valencia) que se instalaría el 5 de julio.
Se produjeron largos y complejos debates en los que se invocó el respeto de la soberanía nacional y se señaló la inexistencia de facultades del Ejecutivo para autorizar la salida de Monagas del país. Luego de días de intensas sesiones parlamentarias se convino una solución: el Parlamento autorizaría la salida de Monagas luego que fuesen retirados los buques de guerra apostados en las costas venezolanas. La propuesta fue rechazada por Francia e Inglaterra señalando un nuevo ultimátum.
Entre tanto, los grupos liberales disidentes agudizaron sus críticas al gobierno y éste respondió expulsando del territorio, el 7 de junio, a los generales Ezequiel Zamora y Juan Crisóstomo Falcón. Este último organizó una invasión que desembarcó por La Guaira el 16 de agosto e intentó penetrar a Caracas por Galipán, pero la expedición devino en un rotundo fracaso pasando a la historia como La Galipanada.
La fallida incursión armada persuadió a la Convención de la necesidad de avanzar en una solución al conflicto. Se adelantaron conversaciones secretas que finalmente condujeron al retiro de los buques apostados en nuestras costas y a la salida de Monagas y Jacinto Gutiérrez del país, el día 27 de agosto de 1858. Visto en una perspectiva histórica, lo más significativo de este episodio resulta ser la acción imperialista que sobre nuestro territorio pretendían ejercer los gobiernos francés y británico, acción que en el caso de este último no puede desvincularse de las aspiraciones de despojo del territorio Esequibo.
La famosa frase de Marc Bloch: “La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado; pero sería vano agotarse en comprender el pasado si no se sabe nada del presente”, justifica el presente relato y contribuye a comprender la coyuntura actual: la recurrente actuación injerencista de otras naciones emitiendo opiniones y pretendiendo dictar soluciones sobre asuntos que solo corresponde resolver a los venezolanos con base en nuestro ordenamiento jurídico.
Hace más de dos siglos este país decidió ser libre. Esa decisión nos otorga hoy, como sujetos de derecho en el ámbito internacional, la posibilidad de adoptar soberanamente las decisiones que establezca nuestro marco legal sin tener que consultar o brindar explicaciones sobre asuntos que no estén reñidos con el derecho internacional.
LEE TAMBIÉN: “Debate sobre Historia Insurgente”
El salvoconducto otorgado por el Gobierno venezolano para la salida al reino de España del excandidato presidencial González Urrutia (que desconocemos si es descendiente de aquel Urrutia) solo pudo ocurrir con base a negociaciones entre ambos gobiernos que condujeron al arribo en suelo patrio de un avión de la Fuerza Aérea Española, cuya autorización solamente la otorga el Gobierno Nacional en base al ejercicio de la soberanía. Alegar coacción para ocultar los documentos suscritos en los que se renuncia a reclamar una supuesta victoria electoral no es un argumento serio y, además, deja muy mal parado al embajador español.
Lo que sí parece desprenderse de este episodio de surrealismo diplomático es que el excandidato presidencial González Urrutia firmó los términos de su capitulación sentando las bases de una nueva doctrina diplomática: el Protocolo Chivas Regal.
***

Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
Ciudad Valencia











