«Equidad en el espacio doméstico» por María Alejandra Rendón Infante

La equidad en el espacio doméstico es un tema de gran relevancia social y política, que implica el reconocimiento y la valoración de las tareas domésticas y de cuidado que realizan las personas en el hogar.

Estas tareas, que son fundamentales para el bienestar de las familias y la sociedad, suelen recaer de forma desproporcionada sobre las mujeres, lo que genera una situación de desigualdad y discriminación.

 

La equidad en el espacio doméstico supone un reparto justo y equilibrado de las responsabilidades y los beneficios que se derivan del trabajo doméstico y de cuidado, así como el acceso a los recursos y las oportunidades que ofrece el hogar.

Para lograr la equidad en el espacio doméstico, es necesario promover cambios culturales, legales y económicos que reconozcan el valor del trabajo doméstico y de cuidado, que fomenten la corresponsabilidad entre hombres y mujeres, y que garanticen los derechos y la protección de las personas que realizan estas tareas.

 

¿Alguna vez has escuchado a alguien preguntarle a una mujer quién ha quedado al cuidado de sus hijos mientras está fuera de casa? No es una pregunta que a menudo se le espete a un hombre. En nuestra sociedad aún persiste la expectativa cultural de que las mujeres son las principales cuidadoras y responsables de las tareas del hogar. Sin embargo, esta carga desproporcionada no sólo afecta a las madres, sino que también tiene implicaciones profundas en la economía y en millones de trabajadoras del hogar  (https://publications.iadb.org/en/public-policies-unlocking-value-paid-domestic-labor-latin-america-and-caribbean).

La pobreza tiene rostro de mujer y mientras más profunda es, más se está ante el hecho de una mujer haciéndose cargo de lo que muchas instancias han dejado de hacer, quizás con pocas excepciones. Y es que mientras el mundo laboral y el acceso a la estabilidad económica de las mujeres es realmente una proeza, para los hombres es mucho más fácil, puesto que en la mayoría de los casos, alguien más se está haciendo cargo de sus necesidades más básicas: comida, ropa limpia,  cuido de los hijos, limpieza del hogar, etc. Ya sea se trate de una hermana, la madre, la esposa… casi siempre una mujer ejerce, incluso de por vida, tales tareas.

 

Aunque existen señales de que esta brecha se está cerrando, diversos datos muestran que las niñas todavía pasan más tiempo en los quehaceres domésticos que los niños. Además, se ejerce sobre ellas una presión social desde temprana edad, considerando que se les está capacitando para la vida adulta, es decir, condicionarles para que desde pequeña asuman que a futuro a ellas les corresponde la atención y cuido de los demás, incluso por encima de ellas mismas. De la misma manera a los chicos se les atribuye solo la decisión de elegir a la persona correcta. Una mujer abnegada y con altos niveles de disposición para el cuido y atención de las necesidades de otros, es socialmente más valorada.

Por otro lado, existe un condicionamiento social para que, frente a situaciones de descuido, falta de atención o negligencia en torno al cuidado del hogar y los miembros que lo conforman,  se señale a la mujer como responsable. No es casual que frente a esas situaciones muchas personas se pregunten ¿Dónde estaba la mamá de esa criatura?, incluso sin tener contexto o razón de quienes son sus responsable o cuidadores. Se da por sentado que si existe un acto de irresponsabilidad, una mujer debe hacerse responsable de los hechos.

Pero tal condicionamiento  comienza desde muy temprana edad; basta ver los juguetes que regalamos a los niños y niñas, para darnos una idea de por qué estas ideas se mantienen tan arraigadas: cocinas, planchas, bebes que lloran, casas, ollas, coches, cunas, y diversos elementos asociados a las labores de cuido son los que aún poseen mayor demanda  a la hora de construir en paisaje didáctico para en entretenimiento de las niñas. Por el contrario, a los niños se les penaliza si se sienten interesados por esas tareas. La idea es que se alejen lo más que puedan, las desconozcan o las aborrezcan, porque la masculinidad es rígida en sus principios.

Hemos normalizado tanto que una persona debe atender a otra que no lo percibimos como una situación de desigualdad, no advertimos que es una manifestación de violencia. Lo es por el hecho de que arrebatas la oportunidad a una persona de desarrollarse, de sentirse dueña de su tiempo, de tomar decisiones que no estén intermediadas por la afanosa labor obligatoria de cuidar a otro, tenga la edad que tenga, aún cuando se trate de adultos funcionales.

Siendo que solo tuve hijos, me es fácil familiarizarme con frases realmente destructivas asociadas, no sólo la apuesta a que me dedique de manera exclusiva a estos, sino lacónicas y punitivas como: “No tendrás quien te ayude”, “Todo el trabajo de la casa para ti sola”, “Cómo haces para atender a esos hombres”… y así, muchísimas más. Se da por hecho que cultivar una maternidad positiva y responsable está asociada al nivel de sacrificio individual e ilimitado que realice para cuidar de otro en todos los aspectos. Puede suceder que el hecho de “no cumplir” se le atribuya al hecho de tener varios trabajos, crear, escribir y hacer vida social diversa. A cualquier cosa tendría derecho sí, y sólo sí, puedo hacerme responsable de criar y cuidar al resto de manera exclusiva, lo cual no es justo, ni para mí, ni para el resto de las mujeres, cuya carga mental es superior y, por lo tanto, lo niveles de estrés,  cansancio, ansiedad y culpa.

 

“Un análisis reciente, por ejemplo, descubrió que los chicos de entre 15 y 19 años invierten media hora al día en los quehaceres; las chicas, en cambio, pasan 45 minutos en esa actividad. Aunque ellas invierten mucho menos tiempo en los quehaceres que hace una década, el tiempo que ellos le dedican al trabajo doméstico no ha cambiado considerablemente. Mientras más precarizado se encuentre el ámbito domestico, más cargas se suman a las niñas, (https://www.popcenter.umd.edu/news/).

Los quehaceres de los hombres y las mujeres tienden a dividirse entre lo que se hace al aire libre y en interiores. Las mujeres hacen la mayoría del trabajo dentro de casa —como cocinar, limpiar y lavar la ropa— mientras que los hombres se dedican más al trabajo en el exterior, como cortar el césped o sacar la basura. Investigaciones anteriores han descubierto que la misma división ocurre con las tareas de los niños”,  (https://link.springer.com/article).

 

“Los quehaceres en realidad son una práctica para la vida adulta, así que el problema es que solo se perpetúan de una generación a otra”, comentó Christia Spears Brown, profesora de psicología en la Universidad de Kentucky que estudia la niñez y el género.

La repartición justa de tareas en el hogar es un tema que afecta a muchas familias y que puede generar conflictos o resentimientos si no se aborda adecuadamente. Además puede ser el detonante para cuadros de violencias más visibles.  Para lograr una distribución equitativa de las responsabilidades domésticas, es importante tener en cuenta los siguientes aspectos:

– El diálogo y la negociación son fundamentales para establecer acuerdos que satisfagan las necesidades y expectativas de todos los miembros de la familia. Se debe evitar imponer o asumir roles basados en estereotipos de género, edad o capacidad.

– La planificación y la organización son herramientas que facilitan la gestión del tiempo y el reparto de las tareas. Se puede elaborar un calendario o una lista que especifique qué, cuándo y quién debe hacer cada cosa, y revisarlo periódicamente para hacer ajustes si es necesario.

– La colaboración y la cooperación son actitudes que fomentan el trabajo en equipo y el apoyo mutuo. Se debe reconocer y valorar el esfuerzo de cada uno, así como ofrecer ayuda o pedirla cuando se requiera. También se debe respetar el ritmo y el estilo de trabajo de cada persona, sin criticar ni exigir más de lo razonable.

– La flexibilidad y la adaptación son habilidades que permiten afrontar los cambios o imprevistos que puedan surgir en el día a día. Se debe estar dispuesto a modificar o reasignar las tareas en función de las circunstancias, sin caer en la rigidez o la culpa. Asimismo, se debe aceptar que no todo se puede hacer perfecto o como uno quisiera, y priorizar lo más importante o urgente.

 

Después de todo, la principal apuesta es a formar adultos con capacidades de auto cuidados realmente consolidados, ya sean hombres o mujeres. Que sepan cuidar-se y cuidar de otras personas indistintamente de su sexo y en cualquier circunstancia dada. Esto permite contextos más armónicos, dinámicas más justas y cooperativas.  También garantiza el resguardo y protección de la salud mental de quienes lo conforman.

A las mujeres no nos debería costar solicitar un funcionamiento equitativo en torno a las tareas hogar para poder hacer uso de nuestro tiempo y emplearlo en otras actividades que garanticen nuestro crecimiento laboral, espiritual, personal etc.  Sin embargo, debemos estar conscientes de que se ha estado frente a un conjunto de privilegios exclusivos disfrazados de norma social. Por esta razón no tarda en aparecer cierta culpa por dejar de hacer algo que consideramos “labor nuestra”.

La equidad de género y la formalización del trabajo doméstico son desafíos fundamentales en nuestra región. Implementar políticas efectivas y lograr cambios regulatorios es esencial para garantizar los derechos y mejorar las condiciones laborales de las trabajadoras del hogar. Sólo mediante acciones conjuntas y comprometidas podremos avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria para todas las mujeres.

 

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María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.

PREMIOS

Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.

PUBLICACIONES

Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).

 

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