“Es que a ella le gusta” por María Alejandra Rendón Infante

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María A. Rendón-columna-Don Juan
María Alejandra Rendón, autora de la columna Nos (Otras)

Lo que se ha dado a conocer como “violencia de género” no es cualquier acto de violencia contra una mujer, sino la violencia que se genera contra éstas en razón de suponerlas en una condición de inferioridad, persona de naturaleza deficitada, a la  que se considera propiedad o  sobre la cual se puede actuar con fuerza, porque se considera que existe poder legitimo sobre ella.

Otro aspecto a aclarar es que la violencia de género no tiene como territorio o contexto exclusivo el mundo de la pareja, aunque sea allí donde comúnmente se desarrolle, sino que puede aparecer en cualquier vínculo ya establecido o por establecer, incluso puede ser empleada por personas con la que jamás se haya tenido trato alguno.

La violencia de género, junto a muchas otras, se sitúa en al marco de una violencia estructural simbólica que es impuesta a través de dispositivos concretos, por lo que la reproducción de la misma ha sido la clave para modificar la conducta de las mujeres en función de favorecer a los sujetos masculinos, así como legitimar,  justificar y profundizar las asimetrías.

La violencia no siempre es percibida como tal, porque ha sido ocultada o manipulada en el discurso dominante que reivindica las distintas opresiones, bajo el discurso de una igualdad de la que está privada la mayoría. Los supremacismos de clase, racial, geográfico, de género y de edad, por ejemplo,  son partes y premisas constitutivas de esa violencia estructural completamente normalizada y que va matizando las formas de violencia a la que se enfrenta cada persona según el contexto en el cual se desarrolla.

Cuando hablamos de violencia de género es necesario saber que cada caso es distinto, aunque muchos de ellos se desarrollen guardando similares patrones. También es importante saber que los hombres no son víctimas de violencia de género; pueden estar en situaciones, e incluso, cuadros de violencia, sí, pero a tal situación no se le denomina violencia de género.

La violencia de género es un fenómeno generalizado que atenta contra la vida y salud de las mujeres, principalmente, porque la misma ha estado siendo naturalizada y reproducida por la sociedad en su conjunto. Visibilizarlo como tal ha permitido asumir políticas especiales y acuerdos en función de erradicarla, y para ello se ha hecho necesario poner en el relieve las violencias invisibles que forman parte de esa violencia estructural como punto de origen de las demás o las formas más expresas de violencia.

Acompañando a mujeres en la superación de situaciones de violencia y colaborando en esa gran labor formativa que ha venido coadyuvando en el desmontaje de patrones impuestos, he logrado resumir algunos mitos que existen y se reproducen en torno a la misma. Quiero dejar claro que me referiré específicamente al ciclo de la violencia, el cual pudiéramos definirlo como la situación en la que una mujer enfrenta un cuadro de agresión (en cualquiera de sus formas), de manera continua o sistemática por un largo período de tiempo en el que, incluso, no ha tomado consciencia de que lo está viviendo o no logra asimilarlo como tal, o no tiene las herramientas para superarlo, aun cuando la violencia se haya profundizado y sospeche del inminente peligro que corre.

La cultura del amor romántico ha ofertado, con indiscutible éxito, la idea de que la dependencia, el sufrimiento, el sacrificio sin límites, la fusión con otro, la noción de propiedad, los celos, la exclusividad y la identidad del par –sin salvaguardar la identidad personal–, son signos de buena salud de una relación amorosa. Han posicionado la idea de que necesitamos un complemento, un par, una media naranja y el concurso obligatorio de una segunda persona para nuestra realización personal.

Existe un margen muy estrecho para forjar acuerdos distintos a lo normalizado, para formar pactos no restrictivos y para establecer relaciones de mayor equidad en la que no se reproduzcan roles de género en los que, por lo general, cada cual espera del otro u otra, actitudes previamente definidas que hagan realidad una expectativa social fija e inalterable.

El ciclo de violencia tiene tres fases, las cuales muchos y muchas podemos identificar de acuerdo a la experiencia: Acumulación de tensión, estallido de la violencia, reconciliación o perdón.  Este ciclo puede repetirse muchas veces, muchas, profundizándose cada vez más. La víctima se siente culpable por recibirla y otras creen merecerla. También están muy confundidas al encontrarse permanentemente entre agresiones y promesas de cambio, y en otros casos con miedo extremo al agresor; miedo que la neutraliza y por el que no se cree capaz de abandonar la situación.

 

Mitos en torno a la violencia, extrínsecos e intrínsecos:

Los mitos extrínsecos están relacionados con el posicionamiento subjetivo de quien observa  un ciclo de violencia, se encuentra cerca o como testigo de la misma:

  • A ella le gusta: Nadie puede asegurar que a una mujer le gusta ser violentada, que encuentra placer y regocijo en ello. Es la declaración de quien no se quiere hacer parte de la solución y se justifica a partir de una afirmación que no guarda relación con la realidad. De alguna manera justifica la violencia y dirige la mirada solo a quien la recibe y no hacia quien la procura. Traslación de la culpa a una sola de las partes: la que necesita ayuda.

 

  • Ella es masoquista: Ninguna persona se queda dentro de un ciclo de violencia a no ser que lo tenga naturalizado (razones culturales y personales sobran) o no tenga herramientas para abandonar el cuadro de violencia. Cuando estamos frente a una situación de violencia física, por nombrar la más visible, la víctima siente vergüenza y miedo, nunca placer. Para que la violencia física llegue a concretarse, por lo general, ya se han instalado otras formas de violencia a un nivel profundo y con graves daños en la autoestima y, por lo tanto, en la forma de percibir la realidad. La violencia psicológica y económica (amenazas, manipulación, culpar a la victima de la violencia que recibe) son las más comunes y creemos, erradamente, que no actuar es sinónimo de sentirse a gusto.

 

  • No sale de allí porque no quiere: Esta afirmación guarda relación con las primeras. En todas, la suposición se torna como una afirmación. En realidad muy pocas mujeres salen sin ayuda, un espacio de contención afectiva, psicológica y la debida atención por parte de los sistemas de justicia y la sociedad hacen posible que sea superado. Pero, si no admitimos que la violencia es estructural y que no es un caso particular de fulana que “no tuvo suerte” y, por lo tanto, debe arreglárselas, es muy difícil. Casi siempre la culpa se traslada a la mujer y no a una cultura que debe ser transformada para reducir los casos de violencia y de femicidios como su expresión más obscena.

 

  • Ella se lo buscó así: Es tan lapidario y al mismo tiempo cruel, asegurar que la violencia es una elección. Resulta que nadie elige a alguien (un agresor potencial) si su carta de presentación es un golpe o una amenaza. Las relaciones cambian y quienes las integran también. La fase idílica (romántica) es reemplazada tarde o temprano por la relación real, esa en la que cada cual se muestra en esencia como es, pero eso no es al principio, es este se elige una imagen falseada. Pocos y pocas definen y asimilan el amor como acto racional, porque fue reemplazado por la ilusión y en esa ilusión solemos mantenernos, por lo que todas las promesas tendrán lugar en función del “para siempre” que también se asume como señal de estabilidad emocional y estatus.

 

  • En temas de pareja nadie se mete: Esta es quizá la más común de las afirmaciones. Si partimos de que lo personal es político es porque ninguna relación esta desconectada del resto del sistema de relaciones, por más íntima, privada o secreta que sea. La violencia es producto de una sociedad violenta, pero, además, misógina. Salir del ciclo de la violencia amerita no solo detectarla, sino saber que es un escenario de potencial peligro, y no actuar es hacerse cómplice. He acompañado a mujeres que han retornado con sus agresores, que han reanudado sus vínculos por no estar preparadas, por  ser dependientes emocional, física y psicológicamente. En esos casos comprendo que esas, precisamente, son las consecuencias directas de un ciclo de violencia y no sus causas. Es importante mantenerse alerta, sabiendo que el nivel de manipulación, confusión, aislamiento y miedo, adquieren mayor profundidad.  A esas mujeres les han hecho creer que no es posible y que cada vez están más solas y con más culpa o vergüenza por no ser capaces. La ayuda psicológica es imprescindible, pero más importante es hacerles saber que ante cualquier escenario contarán con ayuda, ya sea de parte nuestra o de instituciones. Si se desampara a la víctima, solo tendrá la cercanía del agresor, se convencerá que solo cuenta con este para todo.

 

  • No soy víctima de violencia porque no me pega: La violencia física no es más profunda que la psicológica, de hecho ambas pueden desencadenar escenarios fatales: La inducción al suicidio se cuenta como una de las formas de violencia tipificadas en La Ley Orgánica Sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. El abandono tardío del ciclo de violencia se da porque al no haber violencia física, sino de tipo sexual, psicológico, económico, vicario, amenazas, celotipia, prohibiciones, etc. Damos por cierto que eso es “normal en toda pareja”. Algo totalmente falso.

 

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Por otro lado, existen mitos intrínsecos:

  • Yo puedo tomar el control de la situación: Ante una primera situación de violencia, lo que se denomina Estado de alarma, o ante sospecha de que se está entrando en un ciclo de violencia, la víctima se impone la tarea de arreglar la situación; revertirla. Bien sea regulando el comportamiento de acuerdo a lo que el agresor demanda, se aísla y se comporta de distinta manera con el objeto de evitar confrontación alguna. De esa manera está asumiendo la responsabilidad en la situación vivida.

 

  • Él no es así, nadie lo conoce más que yo: Es muy común que la víctima aísle el hecho de formas de violencia más difíciles de detectar, pero que igualmente pueden estar siendo sistemáticas. Control de distintos aspectos de la vida (horarios, salidas, vestimenta, decisiones, llamadas y compañías) pueden contarse como formas de dominación completamente “normales” y que, por lo tanto, no son jamás cuestionadas. La imagen idealizada de la pareja y de la relación propiamente hace difícil detectar la violencia a tiempo. También es común que, tras el arrepentimiento, ante la promesa de que “no volverá a suceder” y de que “se comenzará de nuevo”; justo en el punto en el que la violencia permanece oculta; la víctima opte por aceptar la oferta, es decir, atraviesa por la fase de perdón y aparente calma hasta que se acumula tensión suficiente que detona en otro hecho de violencia. Los agresores, por lo general, manipulan la situación a su favor afirmando que jamás han sido violentos y que se trata exclusivamente de una reacción al comportamiento de la víctima.

 

  • Él prometió que va a cambiar: Luego de una agresión, el agresor da muestras de querer hacerlo, no dejará duda en ello. Detalles, invitaciones, trato amoroso y comportamiento servicial, espacios de compartir familiar, constituyen indicadores de ese esfuerzo. En la fase de “aparente calma” dejan claro que les importa el vínculo, al menos en apariencia, incluso evitarán situaciones críticas. La víctima se ilusiona con la posibilidad de dejar atrás el ciclo de violencia tras mutuo acuerdo y promesas de cambio, y tienen la muestra de esa posibilidad de forma transitoria, eso les llena de esperanzas y se aferran más al vínculo, sobre todo porque esa fase idílica va acompañada de mayor actividad sexual, deseo mutuo, protección del espacio familiar y el retorno a los juegos de enamoramiento. También es posible que en esta fase acuerden resolver los problemas de manera privada, es decir, sin concurso de nadie más, porque no es necesario. ¡Ya hay perdón y todo queda atrás!

 

  • Puedo solucionarlo sola: Ante el errado manejo de las situaciones de violencia por personas cercanas y de la propia víctima, ya sea por desconocimiento o por la propia cultura machista que deposita la culpa en ésta (casi siempre), ésta opta por no buscar ayuda e internaliza que es su responsabilidad hacerse cargo. Miedo al “qué dirán”, a ser juzgada, criticada, culpabilizada, disolver la familia, comenzar de nuevo y dar explicación de algo por lo que siente profunda vergüenza, son razones para que elija el daño de la relación, porque lo considera menor que atravesar por todo lo demás. En casos más extremos, muchas de ellas creen merecer la violencia y la justifican. Psicológicamente se conoce como “síndrome de la mujer maltratada” y es un trastorno complejo que deja a las mujeres en estado de mucha vulnerabilidad, porque el agresor ha conocido los puntos de gatillo emocional, ejerce una manipulación mayor y las víctimas pudieran llegar a afirmar que es necesario ser maltratadas. El daño psicológico es extremo.

 

  • Si denuncio me irá peor: Es posible que esto se transforme en un gran temor. Muchísimas veces las amenazas para neutralizar y evitar la denuncia se hacen presentes tempranamente. Las violencias vicaria, económica y patrimonial se acentúan, porque ponen en el relieve el vínculo familiar por encima de la situación personal por grave que esta sea. Las mujeres sin autonomía económica y daños irreversibles en la autoestima consideran estas amenazas suficientes para no actuar, sobre todo las relacionadas a los hijos e hijas y los medios concretos para sostenerse económicamente. Un sistema de justicia ineficiente, revictimizante, plagado de retardos procesales y profundamente machista es un camino que se visualiza más difícil que la propia violencia. Una de las cosas que ayudará en ese escenario es el conocimiento exhaustivo de las normas vigentes que garantizan la protección de las mujeres,  el acompañamiento legal, un círculo afectivo de apoyo y la búsqueda de acompañamiento psicológico y estrategias para el resguardo de su seguridad y la de sus hijos e hijas, en caso de tenerles.

 

  • Si yo pongo de mi parte todo irá mejor: No, no le irá mejor a una mujer si “hace las cosas mejor”; no funciona así la cosa. La falta de acuerdos a tiempo hace que a la postre una de las partes que conforma el vínculo ceda permanentemente para sentirse segura en él. Con el tiempo pierde la seguridad en sí misma. Muchas mujeres han llegado a manifestar que no se acuerdan de quiénes eran o cómo decidían sobre sus vidas antes de recibir violencia, y que no hallan punto de retorno hacia ellas mismas. Se habituaron a la sumisión para evitar el dolor. El dolor de no ser también las coloca en inminente peligro: depresión, ansiedad, pánico, inseguridad y consentir el suicidio como salida es parte de muchos registros testimoniales.

 

  • La violencia aparece cuando ha transcurrido el tiempo: Esto pudiera estar presente en algunas relaciones, pero de ninguna manera constituye una regla. Hoy se están evidenciando niveles de violencia en relaciones de noviazgo. Las que siempre han existido disfrazadas de romanticismo y amor. Detectar las violencias sutiles ayudará a hacer elecciones correctas. No dejar pasar las señales de que se está ante una persona violenta es la clave. Chantaje, celos, control, obsesión por estar siempre al lado, prohibir amistades o actividades que antes no eran problema, manipular situaciones, gritar, acorralar, empujar, ignorar, ridiculizar, hostigar tras una ruptura, llamar de forma insistente (incluye amigos y personas cercanas), querer ser parte de todo cuanto se hace “porque es un síntoma de amor y confianza”, son algunos indicadores que nos ayudarán a encender alarmas propias y las de las demás.

 

Recordemos que la violencia no se detecta con un cartel, sino tras observar las actitudes y comportamientos. Tampoco se trata de que nunca haya contradicciones dentro de un vínculo, pero las mismas no pueden alterar nuestra estabilidad psicológica de forma continua. Debe haber pactos y acuerdos dentro de cada pareja sin poner en riesgo las libertades individuales. Se trata de establecer consensos e ir revisando en el tiempo los mismos en virtud de nuevos contextos y situaciones.

También es importante asumir la erradicación de la violencia como un asunto del cual somos corresponsables, porque se trata de un asunto público, no privado; de un asunto político, como todo acto social; de un delito; un daño que atenta contra los derechos humanos fundamentales. Por eso, la Ley Orgánica Sobre El Derecho De las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LODMVLV), respondiendo a este principio, ha establecido disposiciones y  protocolos de atención para actuar en nombre de las propias víctimas.

Cada mujer o niña maltratada es una derrota cultural, es un recordatorio de que existen formas intactas en las que se manifiesta la barbarie. No podemos seguirla permitiendo. Superar algunos mitos en torno a la violencia es un paso importante en la superación de la misma.

 

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María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Forma parte del Frente Revolucionario Artístico Patria o Muerte (Frapom) y es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.

PREMIOS

Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.

PUBLICACIONES

Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).

 

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