«La poesía y el arte culinario» por Arnaldo Jiménez

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Mi idea del poema está asociada, entre otros oficios, al arte culinario. Un poema debe tener la cualidad de un buen plato; por tanto, un poemario sería semejante a un menú. Un menú de platos servidos, no por hacer.

El poeta, a diferencia de un chef, no puede esperar a que el lector, el comensal, le exija un plato determinado; por ejemplo: tráigame un poema sobre el mar; sírvame un haiku con precisión japonesa; me podría preparar un endecasílabo sin metáfora; me gustaría un buen poema corto con rimas al vapor; por favor. Ese menú-poemario contiene muchos sabores, supone el dominio de una técnica en la práctica de cocinar, lo cual equivale al arte de escribir los poemas, las proporciones entre los ingredientes y las de los alimentos.

Entendamos por ingredientes: las emociones, los sentimientos, el sentido, las verdades, las imágenes, los anhelos, la experiencia y, en menor medida, las figuras literarias, pues nadie cocina un poema diciendo: voy a agregar en este verso un símil bien ácido, y, en aquel otro, una hipérbole con salsa agridulce, o cualquier otra figura; pero por supuesto que estas surgen en el acto de escribir como producto de la mezcla de todos los demás ingredientes.

No siempre la presentación se corresponde con la calidad de lo presentado. Un poemario-menú puede tener una forma externa de baja calidad y contener platos internos de altísima cocina; lo contrario también ocurre. Como sabemos, cada plato individualmente presentado; es decir, cada poema, cuenta con la distribución de los versos y la sencillez de lo dicho, entre otros recursos, como parte de la presentación al consumidor, al lector. Por ello, es importante, tanto la presentación como el contenido por medio de los cuales se llega al consumo final del producto.

Al terminar de leer, vale decir, de comerse el poema, el lector debe quedar con ganas de seguir comiendo. A diferencia de las comidas que sacian el hambre y se nos hace imposible volver a consumir varios platos de igual cantidad y variados sabores, el poemario-menú ofrece la posibilidad de consumir todos sus poemas y quedar con ganas de seguir leyendo o comiendo versos. Por eso, insisto, un poema debe estar bien preparado.

No puede haber entonces un tiempo predeterminado para su cocción. Los poemas pueden perder sus sabores, o sea, sus sentidos, sus emociones, y ganar otros sentidos o sabores, pues, el “sabor” no depende del plato servido aisladamente, es necesario su vinculación con el “saber” del chef y con el gusto –los cuales son siempre subjetivos– propiedad también del lector.

Un poeta no escribirá de otra cosa que no sea de su historia como buen degustador del mundo, de sus sabores y sinsabores, de lo que ha consumido en noches y días de insomnio o de extrema atención bajo la lámpara solar; de todo lo que ha devenido zumos y licor de vivencias y ha bebido con su paladar, sus orejas, sus ojos, su insaciable sed.

El poeta, bajo esta óptica, es un chef, un jefe de las palabras y de las emociones a ellas mezcladas, sazonadas. El lenguaje, por breves momentos, será su servidor, estará bajo su supervisión; situación que cambia apenas abandona su rol de constructor de sentidos poéticos. Pero retomemos un asunto que apenas mencionamos anteriormente, me refiero a lo del tiempo de cocción que, de una u otra manera, está emparentado con esa cualidad de chef del lenguaje que aquí estamos mencionando:

Cuando coinciden en inverosímil perfección: los ingredientes, lo vivido y las palabras utilizadas, un poema puede salir del horno de un solo golpe, de un solo envión, enfriando en las manos que lo llevan en bandeja, su calor y su sapidez. Puede ocurrir también que un poema sea servido a destiempo, es decir, no se dejó a la cocción hacer su trabajo que, dicho sea de paso, puede comenzar incluso antes de encender la hornilla, en una llama lenta y cubierta de piel y huesos que llamamos alma, la cual es el horno al que hemos hecho referencia.

Las razones pueden ser muchas: no se utilizaron los ingredientes precisos o se utilizaron unos inadecuados; el chef no supo mezclar las especias y se dejó engañar por la sobre-determinación de uno de sus sabores, llámese tristeza, celebración, nostalgia, separación objetivista, métrica, erotismo, formalismo, o experimentación; este último, la mayoría de las veces, vacía al lenguaje y lo vuelve concha desechada en el mismo momento de cocinarse, sin que un comensal dictamine sus propiedades alimenticias y gustativas con precisión. Los chef tienen derecho a inventar un plato creyendo que es único; porque también tienen derecho a mentirse.

Presa de ese autoengaño, el poeta procede a servir el poema. Luego, por razones inherentes a su capacidad de ser también un lector de sí mismo, se percata de que el poema aún estaba crudo, que no dejó a la llama hacer su trabajo. Este error se paga con el alejamiento de los lectores y con su propia frustración en la práctica de escribir; pero al mismo tiempo, puede remontar el error y convertirlo en un ejercicio serio de preparación como lector y como ser que degusta el mundo, para después volver a meterse en las profundidades de su horno, de su alma.

 

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Otras de las razones o causas que contribuyeron para que ese poema saliera crudo, puede ser la autosuficiencia –que raya en engreimiento– que muchos poetas sufren, una carencia de humildad para darle de probar a otros poetas sus poemas y escuchar sus opiniones; por supuesto, siempre tomando en cuenta que los gustos son todos particulares. Porque también se da el caso de que el poeta que recibe tu poemario, lo rellena de indiferencia y jamás te comenta absolutamente nada. Los poemas pueden saber muy bien, muy mal, pueden ser exageradamente dulces o ácidos… pero siempre saben a algo; es casi imposible un poema carente de todo sabor.

Para finalizar y, siguiendo con el tema del tiempo, los poemas deben permanecer el tiempo justo tanto en el horno como marinándose; todo ello ocurre en el alma, un sitio donde el tiempo, considerado como prisa, no es lo determinante. Es bueno, sin embargo, que el poeta escriba lo que tiene que escribir para que una vez expresado y convertido en menú posible pueda ir dándole forma y sentido, sencillez y profundidad, sin estar pendiente de cuándo estarán listos. Pueden pasar meses, años, muchos años, pero cuando salga el plato, será degustado y los lectores comenzarán a buscar al chef que le sirvió un plato-poema tan sabroso.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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