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“El baile de las medusas” por Mirih Berbin

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Afuera de la casa está la incertidumbre, la sensación de que tienes que salir del letargo y enfrentarte con lo inmediato. Ver dónde vas a cruzar, qué dirección vas a tomar para llegar más rápido. Ordenar en tu mente, decirte constantemente qué es aquello que vas a hacer una vez estás afuera e incluso planificar el orden.

Queda en el laberinto un sinfín de ideas –algunas sensacionales, algunas fatalistas– sobre lo opuesto a lo que se está pareciendo tu día.

 

Tentativamente

Vamos haciendo una especie de fórmula que prometemos cumplir.  Pero el andar conlleva muchas más travesías que las rutas donde hemos y habremos estado. En realidad, hacerlo de esa manera es seguir adentro, aunque estemos afuera. Esto pasa porque tentativamente nos olvidamos de disfrutar el paseo.

De cierta manera, no nos permitimos aprender la danza de las medusas cuando se adentran al océano. Es ahí, bajando hasta el fondo, donde se puede apreciar luminiscencia. ¡Y sí! Para algunas especies pueden ser venenosas, pero ¿qué no lo es? Todo es difícil e incómodo de aprender, hasta que se sabe hacer completamente.

 

 

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A esa tentación entonces debería sobrevenirle la idea de atravesar, de permitirse aprender la danza de las medusas para descender, sí, pero también para dejar ver toda esa belleza que se esconde o se pierde entre tanto bombardeo de luces y sonidos.

 

No lo sabemos

Lo cierto es que no lo sabemos. No tenemos ni idea de qué nos deparará el día eligiendo hacer exactamente lo que teníamos previsto. Imagínense si vamos sin libreto por ahí. Acercándonos a recibir el saludo del otro y dejando la cálida y siempre lista cueva para cuando regresemos. Es un yoyo imaginario la libertad que se nos da con el día naciente y lleno de horas por transitar.

El escritor Omar García Ramírez ha escrito el siguiente poema “La balsa de la medusa” del que leeremos un fragmento:

 

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…Los que se fueron adentro de las cuevas                                                                                   buscando pictogramas de tauróbolos celestes y danzas de piedra.
Los que cruzaron bajo alcantarillas,
                                                    casi ciegos
mientras afuera, el cielo y las constelaciones
                                           se conjugaban en una danza hermosa.
Los que con el agua al cuello resistieron.
Los que bajaron de las montañas escarpadas
con frío de nieve en los ojos.
Los que perdieron el norte y estrujaron la brújula
hasta sentir en las palmas las agujas sangrantes.
Los que esperaron detrás de las líneas una palabra de aliento,
Los que vieron amanecer,
bajo el alba dulce y sangrienta de gasas amarillas…
Todos nosotros, y ellos también,
y los otros por supuesto.
Tres caras de la misma esfinge.
Navegamos a la deriva contra la tormenta,
                           después del naufragio
                           sobre la Balsa de la Medusa.

 

Otros temían, no nosotros

Cuando escribimos sobre libertades no me refiero a decir que ahora la gente se considera perro o extraterrestre, como diría en mis clases cuando los chicos se ponen creativos… ¡No abusen!

Me refiero es a que nuestros antepasados le tenían temor al infierno, por eso hacían las acciones correctamente para poder ir al cielo. Entonces el temor era porque existía un premio o un castigo, según lo que percibo de la lectura de la sociedad por medio de su poesía. Eran otros los que temían, no nosotros. Nosotros nos empezamos a atrever como bien lo dice el poema de García Ramírez. Nosotros recibimos las cuentas y vemos si las pagamos y cuándo. Reescribimos el itinerario cuantas veces sea necesario saliendo un día y otro y otro, hasta que se nos dé uno exquisitamente genial para no depender de otro y seguir la marcha.

 

 

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Un día del que hablaremos y contaremos primero a nuestros amigos o parejas, luego a nuestros hijos y, por qué no, a nuestros nietos. Podremos perder la memoria de cómo sabe un buen helado en un sitio específico, pero no el recuerdo de un día infinitamente bueno. Entonces sí que habremos saldado la cuenta de montarnos en el patín del día repetidas veces hasta haber alcanzado lo que deseamos. Con la suerte de que a cada día le viene otro y podemos volver a viajar interna o externamente, podemos acercarnos o alejarnos del peligro, de la dejadez, podemos tener días en reposo y días en mucho, pero mucho movimiento, porque la verdad es que no lo sabemos.

No tenemos ni idea de qué ocurrirá, cada día que nos dure este existir genuino, con nosotros.

 

***

 

Mirih Berbin (berbinm@gmail.com) es poeta, traductora, editora, promotora cultural y docente. Magíster en Lectura y Escritura en la Universidad de Carabobo (UC). Es profesora asistente de la UC y de la UAM. Es editora adjunta de la página literaria El Diente Roto. Fue especialista de poesía en el Museo de Arte Valencia con más de cien lecturas de poesía dentro y fuera del país. Ha escrito varios artículos arbitrados sobre la enseñanza del idioma y los aportes filosóficos para la educación.

Su poesía se ha publicado en numerosas revistas, páginas y antologías. Fue columnista de la página cultural semanal del Diario La Costa entre el 2009 y 2011. Ha publicado: Mareas (2009) y Hacerme Templo (2016), e Hilos Nacientes se encuentra en imprenta. Su poesía ha sido traducida al árabe, francés, italiano, catalán e inglés.

 

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