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Andrés Eloy Blanco: la utopía del colombismo | Luis Alberto Angulo

Andrés Eloy Blanco: la utopía del colombismo | Luis Alberto Angulo

Hay libros que nacen en un escritorio, otros en las bibliotecas, algunos en el bullicio de los cafés, en el bus, en la mesa de un bar o una fila esperando turno: Baedeker 2000, del gran poeta cumanés Andres Eloy Blanco, nació en prisión.

En las bóvedas del castillo Libertador de Puerto Cabello, sin embargo, mientras el dictador Juan Vicente Gómez, el obsecuente  gobernante pro-gringo, creía tenerlo sometido, Andrés Eloy Blanco se fugaba, no cortando barrotes con seguetas, sino con la palabra de la poesía.  Este libro creó una nave nodriza y viajó en el tiempo. Una aventura que recuerda el argumento de La vita è bella, una película italiana contemporánea a la que se adelantó seis décadas.

«En presencia de la realidad rechazada por el ser, el poeta intenta la evasión; crea su mundo y ya no vive sino en él; ni un minuto más está en la cárcel», escribió en el prólogo de 1938 Andrés Eloy, el autor de este libro raro, atípico, dentro de la obra del poeta más popular del país.

Porque Andrés Eloy, el de los versos que todos recitan, el de Píntame angelitos negros, La renuncia, El dulce mal, Coplas del amor viajero, El limonero del señor, Coloquio bajo la palma…, el de las décimas y palabreos que aprendían los niños en las escuelas, o el largo texto Las uvas del tiempo, que oía el país entero a media noche para recibir Año Nuevo, también fue un hombre que supo de la vanguardia, pues después del último trago romántico vino el sorbo ultraísta, y quizás lo haya tocado también el germen futurista, sin el componente facho, es obvio.

En el poema Autobiografía, que abre el libro, están las pistas. Ahí manifiesta en pocas líneas:

«Yo vi el día solar en que murió la guerra

y puse mi reloj en el primer minuto»

«Bebí el último trago romántico

y el primer sorbo ultraísta»

«Creo en el poeta útil, soberanamente altruista,

y atadamente extraterritorial»

 

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El poeta de la Generación del ’18 del siglo XX, que compartió promoción con Ramos Sucre y Paz Castillo, tomó un rumbo diferente al del hermetismo. El suyo es el del poeta que se quiere útil, que se sabe parte del pueblo, que no escribe para complacer a cuatro eruditos, sino para que lo sientan muchos. Pero ojo: útil no quiere decir simple. Quiere decir necesario.

El crítico y poeta José Ramón Medina, en su ensayo incluido en Balance de Letras (Universidad de Los Andes, 1961), consideró a Andrés Eloy Blanco como un poeta de transición. Y lo era: pertenecía a esa generación que hizo de puente entre el modernismo y las vanguardias, que bebió en ambas orillas del caudal de la lengua y supo articular una voz propia sin renunciar ni a la tradición ni a la novedad. Esa condición de hombre entre dos épocas le permitió mirar hacia adelante con tanta lucidez.

Antes de la cárcel, Andrés Eloy era otro. Lo confesó sin pudor: «Yo era un poeta de Juegos Florales, casi un poeta de salón», dijo de aquellos versos de «Blasones del Ávila» en la revista Élite, junto a las fotos de las señoritas de la alta sociedad caraqueña. El poeta de compromisos sociales, de elogios medidos. Pero el Castillo Libertador, el «barco de piedra» como tituló a otro de sus libros, le partió la vida en dos. «En la cárcel me encontré conmigo mismo», expresa. De ese encuentro nació Baedeker 2000.

Andrés Eloy Blanco: la utopía del colombismo | Luis Alberto Angulo

La palabra baedeker no es casual. Era el nombre de unas famosas guías para viajeros que se usaron en Europa hasta mediados del siglo pasado. Un baedeker era un libro que te decía qué ver, por dónde ir, cómo no perderte. Andrés Eloy, preso, sin poder moverse, escribió una guía para viajar al futuro. El año 2000 era entonces una fecha lejana, casi de ciencia ficción. Él se montó en esa máquina del tiempo y llevó con él a sus compañeros de infortunio.

«El Poeta, en ninguna hora de su evasión, se fugó solo. Embarcadon con él, almas de hombres y almas de pueblos, emproan la ruta de la superación», dice el mismo poeta en el prólogo; su utopía es colectiva. Nadie se salva solo.

A ese estado del alma lo llamó colombismo. En sus palabras, es «el regreso del poeta a la humanidad y la incorporación de lo lírico a las fuerzas útiles del mundo». Aspira a lo clásico, pero entendiéndolo como lo esencial: situar al artista en la proa de la humanidad, devolverle su función creadora, anunciadora, descubridora de mundos. Desentrañar el valor homérico, el valor dantesco.

Podemos preguntarnos ¿qué sentido tiene hoy la reedición de Baedeker 2000? La respuesta es la condición de poeta de transición que señalaba José Ramón Medina. Si Andrés Eloy fue un puente entre el modernismo y la vanguardia, nosotros también vivimos un tiempo de transición en la poesía de finales del siglo XX y la de comienzos del XXI, que oscila entre lo analógico y lo digital, entre el libro y la pantalla, entre la tradición y la disolución de los géneros. Estamos, como él, bebiendo el último trago de algo que termina y el primer sorbo de algo que aún no sabemos nombrar. Cansados de la enmudecida palabra, de la palabra sin ritmo ni sentido y del solo textualismo, los poetas redescubren la fuerza y belleza de la expresión.

Por eso Baedeker 2000 nos habla hoy con una voz fresca. No es un libro del pasado y mira hacia adelante desde el presente, igual que nosotros intentamos mirar nuestra realidad. Nos recuerda que la función del poeta no ha cambiado tanto: seguir siendo útil, seguir siendo voz, seguir siendo esa «fuerza que ama» en medio de un mundo que a veces parece empeñado en lo contrario.

Andrés Eloy Blanco escribió esto entre 1928 y 1932, encerrado en una fortaleza, viendo el mar por una rendija, oyendo quizá el golpe de las olas contra las piedras. Soñaba con el año 2000. Nosotros, que ya pasamos esa fecha, podemos leerlo y descubrir que su utopía continúa siendo necesaria.

El colombismo es la convicción de que el decir del poeta no es un adorno y que, como él mismo escribió en ese poema inicial, «el Hombre es una fuerza que ama». En tiempos de odios fáciles y palabras hueras, esa fuerza es imprescindible.

Baedeker 2000, de Andrés Eloy Blanco, ha sido reeditado digitalmente e impreso en fecha reciente por la Fundación Editorial El perro y la rana, con el atinado prólogo de Elis Labrador; entremos en el mundo que su esencia nos propone, la poesía no es evasión, sino la libertad misma porque el espíritu humano no puede ser encerrado en ninguna celda cavernaria.

 

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Cinco poemas de Andrés Eloy

Autobiografía

Nací en una revuelta,

y me voy por la puerta de un idilio, viví una Revolución.

Estoy de pie en los campos

que mi calor maduró al fin para los hombres.

Ante mis ojos,

las llanuras que sabían a sangre están tendidas, puestas a secar.

De la montaña ideológica

quedó una frase de divinidad sustantiva: el Hombre es una fuerza que ama.

Ayer fueron los lobos a comer a mi puerta

y el lobo es el hombre del lobo.

La tierra está calmada como después de un cuento. Quien menos oye, oye amar a la semilla.

El caliente ecuador

es una rueda de amigos

y una espiral de voces acuatiza en las nubes.

Yo vi el día solar en que murió la guerra y puse mi reloj en el primer minuto

Soy magro. La calavera

asoma a flor de piel;

dos hilachas de nieve atraviesan la calva;

tengo el amarillento de las hojas de octubre

y mucho escrito en el pergamino de las manos.

Pero siento elásticos los tendones y tengo una legua de mirada.

Aquí estoy en los campos.

Bebí el último trago romántico y el primer sorbo ultraísta.

Le di a la vida, instante por instante,

todo, todo y la noche extra sobre el cuadrante. Con la voz de mis horas cantó ella;

lo que el camino me iba sembrando por los pies, me florecía en la cabeza.

Amor: viví bastante

para encontrar de nuevo a mi primera novia y tomarla otra vez en su primera nieta.

Tuve un archivo;

lo he ido quemando.

Amo al Arte en el Poeta de Hoy, bello como el atleta griego, tallado de deportes,

que salta de la cama al estadio

y va a la plaza pública, donde el pueblo lo usa

para lanzarlo como un disco en la armonía de la macana.

Creo en el poeta útil, soberanamente altruista,

y atadamente extraterritorial,

cuyo canto higienizado

sea un surtidor de salud

que se respire como un temperamento.

Tengo 103 años

firmes, como erecciones.

Recuerdo el día

en que fui injertado de la glándula taumaturga.

El cirujano

sembró en mí la astilla de eternidad.

Para injertarme

trajeron un gorila de timidez resuelta,

como la que da el ojo de un inmigrante joven.

Era un hermoso cuadrumano,

un segundón de selva

el hermano de leche de mi resurrección.

Al concluir el injerto, quedé dormido.

Pero aquella misma noche

empecé a sentir a mi huésped moverse.

Se aclimataba a mis vías urbanas con torpeza de criado pueblero.

Lo sentía saltar de rama en rama

hasta la copa de mi árbol circulatorio.

Lo sentía colgado por el rabo en mis nervios;

y al fin se fue asomando al sabor de mi boca

cuando la carne del balneario se desgajó sobre la arena.

Tengo 103 años

firmes como erecciones

y digo que la vida es buena de beberla.

Tengo cien hijos míos

y en mi próximo plano

seré el mejor logrado de mis nietos.

Tengo cien hijos míos

y uno que tuve en nombre de mi hermano el gorila, porque puse en tenerlo mi pedazo de él.

Estoy de pie en los campos, esperando a mis hijos para darles el santo y seña de mi vuelta.

Soy un siglo con erección de antena

y gozaré al sembrarme en el surco caliente.

Ese día —¡por fin!— la amada tierra y yo acabaremos juntos.

Regresaré. El amor estará cosechado. Encontraré plantada una selva de madres

y dar mi canto nuevo a los cuatro horizontes regresarán mis hijos, eternos de esperarme.

 

El caballo

El caballo es el llano.

Cuando a Juan le quitaron esos veinte caballos, le quedaron siete vacas gordas

y se encontró con un caballo flaco.

Un día de vaquería

llegaron diez vaqueros dueños de cien mil reses y de mil leguas de sabana.

La ley de los ganados

no dejaba a Juan Bimba

entrar en los repartos.

Los vaqueros llegaron:

unos montaban en caballos gordos, otros, en caballos artificiales

—autos sinuosos de resortes aéreos—.

Las manchas de ganado

se partían en puntas

que tomaban sus rumbos;

todo iba detrás de los grandes vaqueros.

Cuando todo el ganado

y toda la tierra

estuvieron partidos en diez manos

por el medio de la llanura

pasó Juan Bimba

sobre la flecha del caballo flaco;

y al verle ir hacia las matas negras, salpicadas del mundo de las reses,

echaron a correr, enloquecidas,

tras el caballo flaco, las siete vacas gordas.

 

Cimarrón

Los leñadores iban abriendo paso delante de los obreros del ferrocarril.

Selva adentro, se metían los hombres, con penetración hipodérmica,

en el músculo de la montaña.

Los leñadores fueron internándose

y en la mitad del bosque descubrieron de pronto al árbol de diez siglos.

Tembló con frondoso estupor

al ser violado por los ojos de los leñadores

y después quedó inmóvil, montuno, cimarrón, mirando con reojo de sus flores salvajes.

Las hachas cayeron en él.

El árbol se aferró ferozmente

y las raíces se curvaban como músculos.

Pesó mil veces más sobre su arraigamiento, defendido con las uñas en los riñones de la tierra.

Cayó, en una catástrofe universal de verdes.

 

A su caída,

el sol recobró para siempre

una provincia de aire perdida hace mil años.

 

Hora

El día en que América

mostró por fin en su mano cuajada

la conciencia absoluta;

cuando el Norte de América

vio el ancho torso del indio incorporado

y oyó su gran palabra castellana

caer como una piedra de la boca sin miedo, dio tres pasos atrás

y la paz se tendió a lo largo del mundo.

Porque América indo-española tenía ya la arista del equilibrio.

El Sol celebró ese día

sofrenándose,

encendió una gardenia inextinguible sobre el agudo pensamiento de piedra de Teotihuacán

y firmó un nuevo equinoccio

en el gran calendario azteca.

Después

siguió hilando sus ocho órbitas.

 

Palabras del poeta en la tarde

La tarde.

Las alamedas vierten sobre la inmensa plaza una muchedumbre armada de silencios.

La tarde azul, maravillosa. Dos millones de ojos alzados, con largo fervor.

La multitud, armada de armonía.

Cabezas de obreros,

de estudiantes,

de sabios,

de mujeres,

persignados de atención.

Miradas ardientes

con luz de hoces en descanso.

En la tarde definitivamente azul, una gran esperanza de palabra.

El Poeta del año 2000 sube al estrado,

en el centro de la plaza.

Sobre él

diluvian dos millones de gotas de ojos.

El poeta habla,

dice su canto nuevo,

el poema del año dos mil y uno.

Mientras los hombres oyen,

el mar, la tierra, el cielo, Dios y el Todo se van llenando de Hombre.

 

Obra de Andrés Eloy Blanco:

  • El huerto de la epopeya (1918)
  • Tierras que me oyeron (1921)
  • Los Claveles de la puerta (1922)
  • El amor no fue a los toros (1924)
  • Poda (1934)
  • La aereoplana clueca (1935)
  • Barco de Piedra (1937)
  • Abigaíl (1937)
  • Malvina Recobrada (1937)
  • Baedeker 2000 (1938)
  • Navegación de altura (1942)
  • Vargas, albacea de la angustia (1947)
  • A un año de tu luz (1951)
  • Giraluna (1955)

 

Del mundo de la formaLuis Alberto Angulo [Rivas], nació en Barinitas, estado Barinas en 1950. Desde 1972 reside en Valencia (Carabobo). Poeta y articulista.

Bibliografía directa: Antología de la casa sola, Una niebla que no borra, Antípodas, Fusión poética, La sombra de una mano, Antología del decir, Coplas de la edad ligera. 

Premios: “IV Concurso Internacional de la revista Poesía (UC)”, así como de los certámenes nacionales de poesía “Francisco Lazo Martí” y “Rómulo Gallegos”.

Antólogo de: San Juan de la Cruz, Miguel Hernández, Enriqueta Arvelo Larriva, Ana Enriqueta Terán, Gelindo Casasola, Ernesto Cardenal; “Rostro y poesía, poetas de la Universidad de Carabobo”, “El corazón de Venezuela, patria y poesía”.

Coautor con Luis Alberto Angulo Urdaneta de “Viento barinés”; con Luis Ernesto Gómez de “Poetas venezolanos en solidaridad con Palestina, Irak y Líbano”; con Nereida Asuaje de “Lubio Cardozo, Del lugar de la palabra”.

Textos suyos aparecen incluidos en las antologías: “Jóvenes Poetas de Aragua, Carabobo y Miranda” (Fundarte 1978), de José Napoleón Oropeza; “Poetas de Venezuela (Revista Poesía UC), de Reynaldo Pérez Só, y “Barinas, cien años de poesía” (1995), de Leonardo Gustavo Ruiz.

Ha sido invitado en varias ocasiones al Festival mundial de Poesía de Venezuela y a la Feria Internacional del libro de Venezuela (Filven).

 

Ciudad Valencia/SkV/MG