Amigas y amigos constructores de sueños, forjadores de esperanzas, una de las grandes conquistas sociales del siglo XX, no sólo en Venezuela sino en el mundo en general, ha sido la conquista de la calle por la mujer, entendiendo por tal su incorporación plena a espacios laborales, académicos y sociales, fuera del recinto doméstico.
Un hecho que ha sido impulsado por la condición urbana que han adquirido los países, así como por la necesidad que han tenido que enfrentar, en muchos casos solas, para llevar adelante la crianza y educación de los hijos; esto en medio de sociedades complejas que cada día imponen nuevos retos y demandas.
La inmensa mayoría hombres
En mis clases de Desarrollo Histórico Social de Venezuela, en el primer encuentro de cada semestre, suelo preguntarles a los estudiantes su edad, si sus padres estudiaron y culminaron la universidad y si sus abuelos hicieron lo propio. La respuesta sobre los padres es inmediata, unos lograron estudiar y culminar, otros nunca pudieron hacerlo; sobre los abuelos existen dudas y hasta desconocimiento, pero son muy pocos los casos de abuelos profesionales. La pregunta, alejada de la chismografía, pretende hacerlos caer en cuanta de un fenómeno de las últimas dos décadas en este país: hoy, como parte de una política de inclusión social, todos tienen acceso a la educación universitaria.
La otra solicitud que suelo pedirles es que se miren y cuenten, para hacerles darse cuenta (luego de la normal intriga por la relevancia del ejercicio) de una característica del auditorio: generalmente está repartido en una proporción paritaria entre hembras y varones. Algo que para ellos es normal, pero que no siempre fue así. Luego les digo a las muchachas que son afortunadas de haber nacido en este tiempo histórico. Si lo hubieran hecho hace dos siglos, por poner un ejemplo, por el color de su piel, muchas serían esclavas, y a su edad (entre 18 y 21 años la mayoría), serían madres de al menos dos muchachos.
Si hacemos un ejercicio de imaginación y tratamos de visualizar las calles de cualquiera de las principales ciudades del país en la década de los cincuenta del siglo XX, una característica resaltaría inmediatamente: la inmensa mayoría de quienes transitaban por ellas eran hombres, no era costumbre que la mujer estuviera en la calle, y menos sola. Su función, todavía en ese tiempo, estaba reservada a la atención del hogar, la crianza de los hijos, la enseñanza de los valores familiares, cristianos y las buenas costumbres.
En las escuelas la presencia de niñas era minoritaria, y no resultaba extraño, sobre todo en instituciones educativas de carácter religioso, hallar colegios solo de varones y en algunos casos de niñas. En las universidades, en la década de los sesenta, su presencia era minoritaria, y dependiendo de la carrera, casi inexistentes.
Pero la complejización social a la que aludimos y la necesidad de resolver dramas humanos y personales, han conducido a la mujer a tomar espacios y disputar un liderazgo social que estaba monopolizado por el hombre. No sólo han ocupado los espacios educativos que eran exclusivos y distintivos de la masculinidad: hace sesenta años muy pocas personas se imaginaba una mujer ingeniera, arquitecta, incluso abogada; también han tomado el control de su natalidad. Contrariamente a lo que decían nuestras bisabuelas y abuelas, incluso nuestras madres, que tuvieron los hijos que Dios les había enviado, hoy la mujer puede tener los hijos que desea.
En las comunidades la mujer ejerce un liderazgo social preponderante, lo cual representa en el fondo un cambio cultural, pues aceptar la conducción, la jefatura de una mujer, es un asunto preponderante de estos tiempos.
Casos emblemáticos de ayer y hoy
Ese grado de emancipación y reconocimiento de su liderazgo no es un hecho fortuito ni una Gracia Divina, es el resultado de la persistencia y valentía de sus ideas, así como de una irreverente conducta que ha desafiado los cánones sociales en diversos momentos de la historia. Un ejemplo de ello es Manuela Sáenz, quien rompió todos los convencionalismos de su tiempo negándose a ejercer el rol de dama de sociedad al que estaba destinada por su posición social como esposa de un ciudadano inglés.
Su inclinación en favor de la independencia la llevó a participar en debates sobre temas exclusivos de los hombres: la política y la guerra. Más tarde, tras iniciar una relación amorosa con el Libertador, su conducta no dejaría de ser motivo de fricción con otros jefes militares, ya que Manuela no sólo se empeñaba en usar pantalón y uniforme militar (todo un escándalo, que entonces se consideraba ofensivo para la masculinidad) sino que insistía en participar directamente en los combates. Esa inclinación proindependentista la habían asumido también heroínas venezolanas como Juana Ramírez (la Avanzadora), Josefa Camejo, Ana María Campos o Domitila Flores, entre otras.
Durante el siglo pasado la participación de la mujer en espacios públicos se hizo sentir, basta señalar dos casos emblemáticos: La muy destacada figuración de Mercedes Fermín en la organización y constitución del movimiento magisterial venezolano, fundadora, en 1931, de la Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primara (SVMIP); y en 1936 de Federación Venezolana de Maestros (FVM) y, años más tarde, de la Agrupación Cultural Feminista, organización que tenía como propósito la reivindicación de los derechos de la mujer.
La Agrupación Cultural Feminista luchó por la conquista del voto femenino, la promoción de la paternidad responsable, la igualación del salario, además del derecho a la sindicalización y el acceso a la educación técnica y universitaria.
Otro caso es Argelia Laya, la famosa Comandante Jacinta, destacada docente y dirigente social que abogó por el derecho de las mujeres a un embarazo seguro, y que en los años sesenta asumió la muy difícil tarea de la lucha armada; más tarde, incorporada a la pacificación, destacó como parlamentaria en la bancada del Movimiento al Socialismo (MAS). Fue impulsora del Plan Nacional Educando Para la Igualdad que tenía como propósitos una educación por la paz y la justicia, que erradicara toda forma de discriminación sexual en el sistema educativo.
Tres casos de mujeres ejemplares de hoy lo representan nuestras querida profesoras Judith Valencia, economista, activista política, militante revolucionaria quien a su avanzada edad continúa muy activa participando en eventos, conferencias, charlas, ofreciendo luces, desde una perspectiva crítica y decolonial, para la comprensión sociopolítica y socioeconómica de la Venezuela actual.
Noemí Frías, profesora del Instituto Pedagógico de Caracas (IPC-UPEL), cultora popular, militante del movimiento afrovenezolano, de la música afrocaribeña, tutora nacional del programa Geografía, Historia y Ciudadanía de la UNEM, y sobre todo una pedagoga practicante de las ideas de Simón Rodríguez, Belén Sanjuán y Luis Beltrán Prieto Figueroa.
Y Gregoria María Urbano (Goyita), historiadora, investigadora coordinadora de la Red de Historia, Memoria y Patrimonio en el estado Sucre, militante revolucionaria, defensora de la historia, la memoria y el patrimonio. Muy activa en la construcción de un discurso historiográfico bajo la óptica de la Historia Insurgente, descolonizadora y emancipadora. Las tres recibieron hace pocos días la distinción Premio Nacional de Historia de manos del presidente Nicolás Maduro.
La conducta y el ejemplo de estas mujeres (ayer y hoy) abrió el camino para la participación femenina en los diversos ámbitos de la sociedad venezolana. Hoy la mujer ocupa un rol protagónico en el liderazgo social en sus comunidades, disputa los puestos de jefatura laboral, demanda la paridad de género en la postulación a cargos de elección y representación popular y sostiene una lucha para alcanzar una vida libre de violencia. Una causa que todos debemos apoyar y defender.
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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
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