El domingo pasado acompañé a mi hija a un recorrido de veintiún kilómetros en el que ya estaba inscrita. Se trataba del reconocimiento de ruta para quienes correrán, este 24 de mayo, «La Media Maratón de Carabobo Runners Club».
Hacía mucho que no disfrutaba de las calles valencianas a esa hora de la mañana. Eran las cinco y media cuando llegamos al parque «Negra Hipólita»; ya algunos corredores desperezaban los músculos, entregados al calentamiento previo a la salida.
No era obligatorio asistir al chequeo, pero Carmen Julia no conocía el trayecto y, para evitar cualquier extravío el día de la prueba, decidió participar. Le asignaron el número noventa y tres. Yo, fiel a mi costumbre de observar los rituales previos de los corredores, comencé a capturar las primeras imágenes.
DE LA MISMA AUTORA: MI TURNO PARA TUMBAR LA PIÑATA

Los organizadores de «Carabobo Runners Club» entregaron un chip a los participantes para registrar sus tiempos con precisión. Gracias a este dispositivo, cada atleta pudo evaluar su rendimiento de cara a la competencia oficial.
La partida se demoró para dar tregua a los rezagados. La ansiedad crecía entre los presentes; se podía ver a los atletas en una suerte de danza nerviosa, saltando sobre el asfalto, marcando cuclillas o estirando las extremidades mientras aguardaban el pistoletazo de salida.
El tiempo transcurría y la urgencia biológica empezó a hacer de las suyas. Resultaba cómico observar las tretas de algunos para no tener que iniciar la travesía con la vejiga a reventar. De pronto, con un estruendoso bocinazo, el pelotón rompió el silencio de la mañana y se lanzó sobre el asfalto. El chequeo de la Media Maratón había comenzado.
Una vez que el chaleco naranja de mi hija se perdió de vista, mi yerno y yo emprendimos la búsqueda de un café, pero la ciudad seguía adormecida a esa hora. Él iba custodiando su avance a través del teléfono; así conocíamos su ubicación exacta y el ritmo de sus zancadas. Carmen Julia había sido muy clara:
—Correré al mismo ritmo que he venido entrenando —nos advirtió.
Su única prioridad era no extraviarse en el trayecto. La calma reinante y el frescor del alba nos escoltaron hasta la Torre Banaven, donde, por fortuna, una panadería ya despachaba café.

Con el café en la mano, rompí el silencio:
—¿Carmen Julia está lista para esos veintiún kilómetros?
—Desde luego. Se ha disciplinado a fondo —respondió mi yerno—. Tú la conoces: cuando se fija una meta, no se da tregua. Pero hoy se lo tomará con calma, como un ensayo más; al fin y al cabo, es solo un reconocimiento de ruta.
—¿Y tú? ¿Cómo vas con las salidas en bicicleta?
—La he sacado a rodar poco, el trabajo me ha tenido acorralado. En cualquier momento escapo de nuevo con los amigos.
—A veces no entiendo qué los motiva —reflexioné—. Pagan sumas altas por correr o pedalear cuando podrían hacerlo en cualquier parque o sabana. Me parecen unos «masoquistas»: van sufriendo todo el trayecto y algunos llegan gateando a la meta.
Él soltó una risa breve, probó el café y me respondió:
—No es lo mismo. En estos eventos uno se mide. El ser humano es competitivo por naturaleza y aprovecha la jornada para foguearse con los mejores. Esos atletas son la referencia, el listón que cada quien busca alcanzar o superar.
—Te lo digo porque, en el mejor de los escenarios, se tuercen los tobillos, pierden las uñas de los pies, vomitan o se desmayan —le insistí—. Otros han quedado tendidos sobre el asfalto por un síncope o un infarto, y aun así, persisten en inscribirse en pruebas como la CAF.
—Todo en esta vida tiene un precio —me dijo—. El que se atreve a bajar una montaña en bicicleta a todo riesgo, como he hecho yo, o a correr cuarenta y dos kilómetros, como los ha corrido Carmen, sabe a lo que se expone: una mala pisada, un hueco, una rama en el camino o una mala alimentación. Al final, hasta de una silla te puedes caer y fracturarte. Quizás ese reto es lo que hace que la gente se inscriba, sin importar lo que cueste la inscripción. Decir que corriste una carrera de esas te da estatus, te da cartel en el mundo del deporte.
Todavía faltaba para que mi hija asomara en el regreso, así que aproveché para seguir indagando en esos temas que nunca antes le había consultado a Roberto:
—¿Qué es lo que te atrae de recorrer la montaña en bicicleta? ¿Has pasado muchos sustos o tenido percances en tus rutas?
—Claro que he pasado mis sustos —me contestó—. Casi siempre salgo con el grupo, gente que como yo ama el pedal, aunque a veces me toque rodar solo. Las rutas suelen ser largas y culebreras, como decimos nosotros. Más de una vez he llegado a la casa molido, muerto del cansancio, pero el cuerpo es una máquina: después de un buen descanso y su ración de nutrientes, ya queda listo para otro recorrido. No lo hago tan seguido por el trabajo, pero esa sensación de libertad que sientes cuando vas rodando, no la cambio por nada.
Consultamos el reloj y decidimos emprender el regreso antes de que Carmen Julia cruzara la meta. En ese momento, recibimos un mensaje de mi otro hijo; ya estaba apostado en un punto estratégico del trayecto para fotografiarla y darle ánimos al verla pasar.
—Viene por la subida de El Trigal —nos avisó.
Mientras desandábamos el camino hacia el evento, me topé con la quinta «La Isabela», conocida popularmente como el Palacio de los Iturriza. Es una joya arquitectónica del siglo XIX y, por supuesto, no se salvó de que le dedicara una fotografía.

Llegamos justo a tiempo para recibirla y grabar su entrada triunfal. Cruzó la meta a las 8:23, con un registro de 2:04:01. Nos confesó que solo sintió el rigor del esfuerzo en la subida de El Trigal; el resto del trayecto fluyó sin contratiempos.
Los abrazos, las felicitaciones y, especialmente, la luz en su rostro, me confirmaron que disfrutó cada kilómetro y que el resultado la dejó plenamente satisfecha. Es lo que les decía: el corredor puede enfrentar mil peripecias en la ruta, pero siempre llega con el ánimo encendido para volver al asfalto en el próximo evento.
Nos vemos el 24 de mayo, cuando toque, de nuevo, desafiar al cronómetro en la verdadera cita: la Media Maratón de Carabobo Runners Club.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia/RN/Fotos Julio Morales













