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La batidora sabatina | Carmen Pacheco

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Uno de estos sábados iba rumbo a Valencia. Lo que experimenté ese día fue exactamente lo mismo que sucede cada vez que intento viajar en autobús un día de la semana. Parece que una parte significativa de la población de Guacara se coordina para llegar a la capital de Carabobo en el mismo día y a la misma hora.

Debo estar antes de las diez de la mañana en el MUVA, donde asisto al taller sabatino de Lectura y Escritura Creativa. Por eso me levanto bien temprano, cumplo con mi rutina matutina y salgo a tiempo para intentar abordar el autobús de las ocho y media.

El bus pasa frente a mi casa. Antes lo tomaba ahí y lograba ir sentada todo el recorrido, pero últimamente se ha vuelto rudo incluso subir, porque cuando pasan llevan personas guindando en ambas puertas.

 

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Por eso he decidido caminar hasta la parada de la avenida Piar, para ver si así consigo viajar más cómoda. Pero cuando llego, o la parada está desierta y el autobús se tarda; o cuando por fin aparece, la gente ya es un enjambre que revolotea sobre ambas puertas para lograr subir.

Unas veces me suben a empujones y otras lo logro con menos agresividad, porque me coloco de primera en la puerta esperando que bajen los pasajeros para poder subir.

En esta ocasión alcancé a llegar a la cuarta parte del pasillo; eso sí «como sardina en lata», aunque ya ese dicho no debería utilizarse: en las latas de ahora solo vienen tres tristes y pequeñas sardinas nadando en aceite.

Ya arriba, trato de sujetarme de algún asiento o del tubo del techo. Hay ocasiones en que esos tubos están tan altos que, por mi baja estatura, no los alcanzo; y si lo logro, quedo guindando como un tamarindo.

El bus sale de la parada y avanza lentamente. Cada vez que se detiene, el conductor sentencia:

—¡Por favor, señores, todos se quieren ir, muévanse hacia atrás! ¡Colaboren!

Y de esa manera sigue subiendo gente, hasta que en esa lata las sardinas casi se salen por las ventanas. Es allí donde comienza el calvario: el colector se da a la tarea de pasar entre los pasajeros para intentar «acomodarlos», y comienza a gritar:

—Epa, tú, el de la franela verde… tú, chamo, colabora conmigo, arrímate más para atrás… Mira, tú, mi amor, coloca ese morral de lado para que la señora pueda pasar… Mi pana, colabórame y ponte del otro lado.

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Así va él, intentando ordenar un caos que ya es parte del autobús. Pero algunos pasajeros se plantan, molestos por perder el espacio que tanto les costó ganar, y es cuando estalla la protesta: “¿Qué es lo que tú quieres? ¡Más atrás no me voy a mover. Eso es culpa de ustedes, que quieren llevar el bus «hasta los teque teques»…!

También están los abusadores, esos a los que parece activárseles una glándula oscura en medio de un tumulto y, si tienen a una mujer cerca, se le arriman con descaro. En pleno apretujón, la señora siente la intención del hombre, voltea y, sin filtro alguno, le espeta:

—¡Mira, %&$#%&!, ¡anda a pegárselo a tu %&$#%&!

El descarado finge demencia y voltea para otro lado…

Ya al pasar frente al “Centro Comercial Metrópolis”, alguien pidió la parada. Era una mujer que venía desde el fondo del pasillo y decidió salir por la puerta delantera, provocando un nuevo barullo a su paso. A ella podríamos calificarla, como se decía antes, de «anchi-larga».

Apartaba todo lo que encontraba a su paso. Cuando se acercó a mí, no logré evitarla —no es que yo sea una «sílfide» tampoco— y nuestras caderas chocaron. Me ganó por nocaut: me tiró dos lugares más adelante y acabé sentada, sin quererlo, en las piernas de una jovencita.

No me quedó otra que reírme con la muchacha mientras le decía:

—Discúlpame, pero es que me trajeron hasta aquí.

Entre risas, ella me respondió: “No se preocupe, señora”, y continuó riendo mientras me ayudaba a levantar.

El autobús se despejó un poco en esa parada y, al fin, logré sentarme. Finalmente, pude descansar de esa «batidora de nalgas» que tengo que abordar cada sábado para ir a Valencia.

 

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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia/RN/Fotos CP