Sentada ante la hoja en blanco, aguardo a que me alcance un recuerdo: un acontecimiento vivido por mí o rescatado de otros. Sé bien que una crónica palpita allá afuera, en la calle, entre seres vivos y pensantes; sin embargo, anoche mi madre acudió en mi auxilio.
Apareció en un sueño para dibujarme escenas con las que pudiera dar forma a este relato. No lo niego: en el desvelo de la madrugada, comencé a hilvanar esas imágenes. Había, efectivamente, un material valioso en aquellos hechos acaecidos tiempo atrás.
He aprendido que la luz no siempre es sinónimo de inventiva o de claridad. Al contrario, es en la penumbra donde —al menos en mi caso— la mente se relaja; libre de las ondas eléctricas que saturan el ambiente, puedo crear, pensar y soñar con un sosiego que el día me niega.
DE LA MISMA AUTORA: LA BATIDORA SABATINA
Cada vez que entrego mi trabajo, experimento el alivio del deber cumplido, aunque sé que es un descanso breve porque la disciplina me exige estar pronto tras la pista de una nueva historia. Me digo: «Tranquila, al despejar la mente aparecerá algo que contar». Y así sucede.
Sin embargo, la crónica debe nacer. No solo por honrar la confianza de quienes creen en mi trabajo —lo cual es fundamental—, sino porque esa parcela de mi mente no me daría tregua si faltara al pacto que he sellado conmigo misma.
Así que, abrazando la imagen que mi madre me envió desde el sueño, decido comenzar de esta manera:
Viajando con mi madre
Íbamos de viaje hacia el oriente del país. En el sueño, yo volvía a tener siete años y el mundo se veía desde la altura de un asiento de autobús. Recuerdo haberle dicho a mamá que tenía muchas ganas de orinar; ella habló con el conductor y este detuvo la marcha a la derecha de la autopista. Mi madre, sentada en el puesto de adelante, se asomó para mirarme; su mirada tierna fue el permiso que necesitaba para continuar.

Al descender, el terreno se hundía en un plano más bajo que la carretera. Allí me recibió una mujer joven que me guio por aquel «tarantín» que servía de baño. El recorrido comenzó bajo un techo de lata, pero a medida que avanzaba, el metal cedía su lugar a las ramas de los árboles, que protegían el solar como un toldo natural. En el camino, pasé junto a un niño que dormía plácidamente sobre un colchón; la mujer me indicó con un gesto que allí no era el sitio —lo cual resultaba lógico— y seguimos de largo.
Un poco más allá, finalmente, pude cumplir con mi necesidad. Pero al darme la vuelta para regresar al autobús, todo se desvaneció. Desperté de golpe con una sola pregunta martillando en mi mente: «¿Será esto bueno para la crónica?».
El televisor
Volví a dar vueltas en la cama hasta que, finalmente, el sueño me alcanzó de nuevo. Esta vez apareció César, uno de mis hijos, comentándome algo sobre un televisor. De inmediato, con ese impulso protector que no descansa, pensé en regalarle el mío; se lo ofrecí, él me devolvió una sonrisa y, en ese gesto de gratitud, volví a despertar.
Y aquí estoy, confirmando que definitivamente no estoy sola. Siento que lo escrito sobre mi madre ha sido un tributo que ella, desde su plano, ha recibido con agrado. Y sobre mi hijo César, supe una vez más que él siempre está ahí, atento y dispuesto a tenderme una mano en lo que haga falta.
Así que, con el alma nutrida por estas visitas nocturnas, me dispongo a salir. Voy a ver qué tiene el mundo para decirme hoy, para rescatar y narrarles algún acontecimiento que palpite en las calles en estos días. ¡Porque la vida sigue y, por encima de todo, hay que hacer una crónica!
«Conocerán la verdad y la verdad os hará libres»
En esta ocasión, prefiero generalizar sobre «la Plaza Bolívar», pues estoy convencida de que en todas ellas ocurren historias similares a la que voy a narrarles.
En mi búsqueda incansable de una crónica, llegué hasta la plaza local. Siempre existe un refugio donde las personas, de forma deliberada o fortuita, se congregan: ya sea para conversar, perderse en sus celulares o, incluso, para proclamar la palabra de Dios. Hoy me topé con una mujer que predicaba con fervor; no contaba con muchos oyentes, pero ella, imperturbable, continuaba hablando al viento.
Me senté a disfrutar de la brisa que corría generosa bajo la sombra de aquel gran árbol en la plaza. De repente, el silencio se quebró: una mujer sentada a mi lado comenzó a entonar una alabanza a Dios. Me daba la espalda, ignorando mi presencia por completo; toda su energía y su canto estaban dedicados exclusivamente a un joven que se encontraba frente a ella, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
La otra mujer, la que predicaba «sin ton ni son», cerró su Biblia de golpe. Con una mirada de extrañeza —esa que en nuestro argot describimos como la de una «gallina que mira sal»— observó a la que cantaba, dio media vuelta y se marchó. Yo acababa de llegar y confieso que no logré descifrar el lenguaje de su partida, ese mensaje mudo en su retirada. Fue entonces cuando la mujer del canto rompió su melodía y comenzó a hablarle directamente al joven:

—¿Te fijaste en lo que decía en su prédica? —le preguntó la mujer al muchacho.
—La verdad, no entendía nada; se contradecía todo el tiempo con la palabra de Dios —comentó el joven, con un gesto de extrañeza.
—¡Imagínate! ¿A quién se le ocurre decir que Jehová es el demonio? —exclamó la señora, indignada.
—Definitivamente, esa mujer está muy confundida —dijo el chico.
—No, a ella la está dirigiendo el «Maligno» —sentenció mientras se persignaba con rapidez—. Por eso comencé a cantar mis alabanzas; fíjate que en cuanto me oyó, se fue.
—Mírala, allá va —añadió la mujer, extendiendo un dedo acusador hacia el otro extremo de la plaza.
El joven, percatándose de mi presencia, le indicaba a la mujer que yo les estaba tomando fotos; sin embargo, ella ni siquiera se inmutó. Estaba demasiado ocupada atribuyéndole acusaciones a la otra predicadora como para prestarle atención a mi lente. Poco después, el muchacho se retiró y ella lo despidió con un firme apretón de manos, mientras seguía refunfuñando por la atrocidad que, según su fe, aquella mujer había cometido en su prédica.
Regresé a casa en silencio, disfrutando el descubrimiento de esta nueva crónica, una muestra del saber popular justo en la plaza de mi querida Guacara, que se unía a esos dos motivos entrañables que me llegaron en el sueño junto a mi madre y mi hijo.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia/RN/Fotos CP













