Inicio Columnas Crónicas del Peatón ¡Creo que mi hijo está muerto, no lo siento! | Carmen Pacheco

¡Creo que mi hijo está muerto, no lo siento! | Carmen Pacheco

Ventana y luces-Carmen-el tren

Había pasado algún tiempo desde que la energía eléctrica dejó de irse en el sector, hasta anoche que de pronto y de manera abrupta todo se sumergió en la penumbra, con algunas luces tenues de la carretera que iluminaban mi apartamento.

Con la experiencia de varias horas, o mejor dicho de días completos sin electricidad, decidí apreciar el silencio y sentir esa brisa que entraba por todos los costados del recinto para abrazarse en el centro de la sala y hacer  estremecer la puerta de la calle.

Había olvidado lo que ocurría en esas noches de oscuridad. Cuando a lo lejos una luz plasmó la sombra de mi ventana en el mural que tengo en la pared. Desde lo profundo del pasillo se oía el “chás-chás” de las ruedas del tren y el alarido de su silbato indicando que estaba próximo a aparecer en la sala.

 

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Inmediatamente me subí al sofá y de repente surgió la estación ferroviaria, que en otras ocasiones había ocupado la sala. Los individuos empezaron a descender del tren, algunos con maletas y otros con mochilas, todos eran jóvenes. Al igual que siempre de diversas nacionalidades. Ya no eran soldados de la primera o de la segunda guerra Mundial.

 

TREN MURAL-CARMEN-Crónicas del peatón

 

La ausencia de electricidad me permitía ver, de manera nítida, cada personaje que del tren bajaba. Fue una sorpresa encontrarme con los ojos de aquella mujer que en otras oportunidades se quedaba para esperar el próximo tren y ver si en él venía su hijo que estaba en la guerra.

Mientras que esta magia de tiempo y espacio ocurría, me acerqué y la invité a uno de los cafés que también aparecían en el lugar. Yo ya no era de esta época y ella estaba más modernizada. El tiempo transcurrió para ambas sin dejar cada una su espacio.

—¡Señora Frieda, cuánto tiempo!

—¡Señora Carmen, No sabe cuánto he esperado para hablar con usted!

—Sentémonos en esa mesa, le invito un cafecito —le dije.

Una de las tantas magias de aquel momento era que ella hablaba en alemán y yo en español y la conversación fluía, como dos niñas en un parque.

—Le quiero contar lo que me ha pasado desde aquel día cuando usted me encontró desorientada en su andén. El tiempo transcurrió y yo no sabía, aún, de mi querido hijo. Él había partido a la guerra, como todos nuestros jóvenes que fueron obligados a entrar a la armada. Apenas tenía diecisiete años y con muchos sueños para su futuro. Para ese entonces fue llevado a pelear y nunca más supe de él. Estuve por mucho tiempo esperando en la estación del tren, hasta que un día, una extensa neblina cubrió la estación y fue cuando me encontré aquí.

—Claro que la recuerdo —le dije—. Para aquel momento no entendía por qué aparecía el tren cuando se iba la electricidad. Hasta este momento sigo igual, sin entender. Solo sé que había un denominador común en los pasajeros que de él bajaban o se subían: “la guerra”. Pero cuénteme. Vamos a aprovechar esta oportunidad que se nos brinda.

—No estoy muy clara en la fecha, pero sí recuerdo que todo comenzó en una de las guerras en las que Alemania estuvo involucrada. Se llevaron a nuestros jóvenes al campo de batalla. En casa me quedaron dos hijos, una niña y otro adolescente, que más tarde también se fue. Creo, mi querida señora, que mi hijo está muerto —me dice—. ¡No lo siento! Antes, aunque él estuviera lejos, siempre había un latido pequeñito en el corazón que me decía que estaba bien, pero ahora, casi estoy segura de que me lo mataron. Será ese no saber la verdad el que me mantiene deambulando por el tiempo, albergando la esperanza de que vive…

Le di papel y lápiz para que escribiera el nombre de su hijo. Quién sabe, la tecnología avanza todos los días.

Hubo un movimiento extraño en el lugar y el sonido del pito del tren se iba alejando, al igual que la figura de la señora Frieda. En eso regresó la luz. Todo estaba en su lugar, como siempre. La ventana de la pared había desaparecido y solo quedaba el mural de flores color rosa en ella.

 

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Carmen Pacheco-columna Crónicas del peatón-portada

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia / RN