Para 2024, ya formaba yo parte del Laboratorio Permanente de Lectura y Escritura «Zuaas», bajo la dirección de los periodistas Félix Gutiérrez y Andreína Alcántara.
Mi llegada a este espacio fue gracias a mi sobrina Flora Ovalles —actriz, narradora oral y docente—, reconocida como una de las figuras más influyentes de las artes escénicas en Venezuela. Su recomendación no solo me abrió las puertas de un taller, sino las de un refugio “donde la palabra cobra otro sentido”.
Para el momento en que me uní al grupo, ya se habían escrito páginas sobre aquel 7 de marzo de 2019, cuando una falla en la Central Hidroeléctrica Simón Bolívar sumergió al país en la incertidumbre. El noventa por ciento de Venezuela quedó a oscuras, enfrentando entre cinco y ocho días continuos de sombras y silencio eléctrico.

A la cineasta y actriz Marialejandra Martín le cautivó la fuerza de aquellas historias breves nacidas de la crisis eléctrica. Vio en ellas el germen de una película y, en ese instante, comenzó el sueño de mucha gente. Lo que empezó como un ejercicio de memoria en «Zuaas» cobraba ahora la dimensión de un proyecto cinematográfico.
DE LA MISMA AUTORA: BUSCANDO UNA CRÓNICA
En 2023, el proyecto ¡Zuaas, se fue la luz! recibió el aval del CNAC en la modalidad de Desarrollo de Proyecto Cinematográfico. El sueño dejaba de ser solo papel. A partir de ese momento, los coordinadores de Zuaas iniciaron el llamado: los integrantes del grupo estábamos invitados a participar en el casting para la película. La convocatoria encendió una chispa de entusiasmo; la posibilidad de saltar del texto a la pantalla era real.

Por aquel entonces, yo pasaba más tiempo en Caracas que en Guacara. Busqué el respaldo de mis hijos para lanzarme a esa aventura; después de todo, ¿quién sabe? Tal vez terminaría en la película, aunque fuera como extra, repartiendo café a los artistas o empuñando un megáfono para gritar: “¡Corten!”. Al fin y al cabo, la mente de una escritora está entrenada para imaginar eso y mucho más.
Una vez que aseguré el apoyo financiero y el hospedaje en Barquisimeto, confirmé mi participación en el casting. No podía ocultar mi entusiasmo; estaba, como decimos nosotros, “más alegre que muchacho comiendo moco”. Con la logística resuelta, solo quedaba enfrentarme a la cámara y ver qué tenía el destino guardado para mí.
Viajé a Barquisimeto en compañía de la escritora Mariangélica Delgado Vilera; ambas compartíamos la misma ilusión de integrarnos al proyecto cinematográfico. Flora nos acogió en su hogar con esa generosidad que la caracteriza. Teníamos mucho tiempo sin vernos y, con un buen cocuy en mano, las tres nos pusimos al día, desgranando historias y contándonos todo aquello que el tiempo y la distancia nos habían ocultado.
Martes 22 de enero: el día del casting. A las nueve de la mañana, al ingresar a uno de los salones, sentí que la atención de los presentes recaía sobre mí. Pronto comprendí que la expectativa se debía a la espera de un asistente de producción, encargado de convocar a los citados. En la categoría de adultos mayores apenas figurábamos cuatro personas: tres mujeres y un caballero que lidiaba con una tos incesante.
A las diez de la mañana, el personal de producción ya había ingresado en cinco ocasiones para seleccionar a los más jóvenes. Sus miradas me atravesaban o resbalaban sobre mí, como si yo fuera una superficie gelatinosa que solo servía para reflejar sus propios rostros.
Antes de la hora pautada, el salón ya estaba colmado y no tardaron en aparecer las quejas; una reacción típica de quienes olvidan bajo las cobijas ese don fundamental: la paciencia. En ese instante reflexioné: por mi parte, estaba dispuesta a aguardar lo necesario hasta escuchar mi nombre. Al fin y al cabo, que te citen a una audición con la promesa de integrar un filme no es algo que ocurra todos los días.
Eran las 12:08 pm. Todavía no pronunciaban mi nombre. ¿Nervios? Por supuesto, aunque yo intentaba saborear cada instante.

El rumor en la sala crecía desde grupos de amigos que arribaban juntos o de conocidos que se reencontraban tras años de ausencia; el lugar se había transformado en un punto de unión para quienes se alejaron, pero jamás se olvidaron.
Quizás por ser mi debut en una audición, el reloj avanzaba con la lentitud de un caracol. No obstante, el retraso carecía de importancia: esas horas le pertenecían por entero a este sueño.
12:32 pm. Entre el zumbido de las voces, una se alza para darnos las instrucciones iniciales:
—Dirán sus nombres, cédula de identidad, edad y teléfono. Luego, mantendrán una charla con el equipo.
Poco después, la puerta se abrió nuevamente y pronunciaron mi nombre. Había llegado mi turno. Como un niño en fiesta ajena al que le dan el palo para golpear la piñata, así me sentí frente a la cineasta Marialejandra Martín y los organizadores presentes.
Era un anhelo custodiado en secreto, jamás compartido; una fantasía de hadas propia de la infancia, de cuando los domingos veía una película sentada en el suelo, mientras merendaba torta y leche.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia/RN/Fotos CP













