(A la mystérieusse)
«Hay poetas que leemos una vez en la vida y eso basta para sentir que ya los conocemos; hay otros que leemos según el humor o las necesidades del momento, a los que la vida, a veces, nos regresa; pero hay unos pocos —poquísimos— que no podemos dejar, que no nos dejan y con ellos establecemos una secreta complicidad». (Sabor y saber de la lengua, pág. 133).
Escribo estas líneas la tarde del domingo 26 de octubre, el mismo día en que María Fernanda Palacios arriba a sus primeros 80 años y debo decir que, como ella misma afirma, ha sido para mí una poeta que me ha acompañado siempre, a la que no he podido dejar y que no me ha dejado a lo largo de casi toda una vida.
Su poesía y sus ensayos cuentan para mí como uno de los momentos más valiosos que lector alguno puede tener. Esto sin contar el privilegio de haber asistido a sus clases de la Escuela de Letras de la UCV a finales de los años ‘80.
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Su serena belleza, su deslumbrante inteligencia, su amorosa entrega al diálogo que se propiciaba por su intermedio con los grandes momentos de la literatura y sus alumnos, hicieron de ese semestre una experiencia difícil de olvidar.
Su obra es breve (apenas dos poemarios: «Por alto/Por bajo», 1974 y «Y todo será cuento un día», 2011; una breve colección de ensayos: «Sabor y saber de la lengua», 1987; y el denso estudio sobre la obra primigenia de Teresa de la Parra, «Ifigenia. Mitología de la Doncella Criolla», 2001), pero a todas luces significativa: entrar en ella es estar en ella, habitarla, recorrer con calmoso asombro una serie de espacios de luz que la vinculan con lo mejor de la poesía y del pensamiento literario latinoamericano.
La propuesta de su pensamiento es simple, pero ardua, a través de sus reflexiones nos invita a amar antes que analizar, para Mafer se trata de «Dejar que el sentir se exprese y se haga objetivo hasta transformarse en una sintonía con el mundo, en este caso con la literatura…».
Elección que no todos tienen la capacidad de asumir porque tiende a dejar atrás la seguridad que brinda el aparataje crítico, para enfrentarse al papel desnudo, solo cubierto con los símbolos de una representación que puede o no puede revelarse ante el lector.
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Su segundo libro de poemas, «o narraciones en verso, relatos esbozados y truncos, memorias, imaginaciones o necesidades expresivas», es un ajuste de cuentas con la memoria, con la vida detenida por mediación de la palabra: «que se ovilla sobre un mundo que ya no está, atento a las cosas desaparecidas; una especie de oración o de homenaje, a veces apenado y otras deslumbrado, pero siempre agradecido por todo aquello que debo a esta vida, la vivida y la no vivida, la añorada y la perdida».
Leer a María Fernanda Palacios es confiarse a la elegancia de un discurso que termina por dejar una huella indeleble en lo más recóndito de nuestra conciencia y nuestro espíritu. Es acceder a esa zona del pensamiento que sólo se expresa a través del lenguaje amoroso del conocimiento compartido.
Sus poemas, un enigma siempre por develarse, abiertos a la mirada y los profundos sentimientos: «Siempre he sido el rastro de un animal disperso o las líneas que un pájaro dibujó en el aire». (Por Alto/Por Bajo, pág. 28).
Manuel Cabesa*
Ciudad Valencia / RN












