Mi mamá era de piel clara, ojos oscuros y grandes, y una sonrisa espléndida. Mujer andina de carácter fuerte. Le gustaba ayudar a los demás, era dicharachera y siempre lista para contar un chiste de doble sentido. Aunque había que correr cuando se ponía brava.
Enfermera de las que ya no hay. En el pasado se les conocía como «auxiliares de enfermería». Ella siempre afirmaba que eran «las que limpiaban la mierda”, mientras que las graduadas solo miraban.
Me remonto a la década de los ‘80. Mamá se vino a vivir con nosotros. Para ese momento, yo estaba trabajando en una compañía de químicos.
Ella era una fumadora de Lucky Strike por excelencia, y si le sumamos varias tazas de café al día, estaríamos hablando de un día habitual y placentero para ella.
DE LA MISMA AUTORA: VERSÍCULOS PARA LA SEÑORA
Una tarde, tuve que llevarla al médico y la hallaron con sobrepeso, debido a que la señora comía frituras, chuletas, chinchurrias… Estaba con la presión arterial alta y dolor en el pecho. Ese día fue necesario hospitalizarla.
La doctora propuso que se quedara para realizarle exámenes de rutina y observar su reacción.
—No te preocupes, yo te acompaño —le dije—.
—No, señora, no se permite la presencia de familiares durante la noche. Deje su número telefónico y si hay alguna novedad, la llamamos.
Hablé con mi mamá y le expliqué el motivo por el que debía quedarse esa noche; ella no estaba de acuerdo, pero no había nada que hacer. Le dije: “Cuando venga mañana, te daré una serenata desde ese balconcito que tienen aquí”. La besé y ella me bendijo.
Decidí volver al trabajo y continuar con la preparación de la gandola que se iría a Margarita con tanques de ácido clorhídrico.
A la mañana siguiente fui corriendo a ver a mi madre. No había tenido ninguna llamada del hospital y concluí que todo marchaba bien. Cuando llegué al piso, me sorprendí al ver que había otra mujer en la cama donde la había dejado.
—¿Y mi mamá? (yo esperaba que le estuvieran haciendo algún examen)…
Una enfermera contestó a mi pregunta con un gesto de «No sé de quién me habla». Le comenté que la habían hospitalizado la noche anterior.
—Eso es de la guardia de ayer, pero ya se fueron; la señora de la limpieza es la única que anda por ahí —y me la señaló—.
—Señora, ¿tiene usted alguna información sobre la mujer de la cama 17?
—Ella falleció en la madrugada…
—No comprendo, ¿qué me está diciendo? ¡Yo la dejé viva!, ¿cómo que se murió?
—Se levantó para llevar su bandeja. Caminó tres pasos y se cayó.
—¿Y ahora, dónde está?
—Debe estar en la morgue.
Corrí donde la enfermera.
—¿Y ahora qué hago?
—El médico de esa guardia ya se fue. Tendrá que buscar otro doctor para que le haga el acta de defunción, pero ahorita todos están en la Emergencia.
Se escuchaban quejas, gritos y llantos a lo lejos; sin duda esa era «la Emergencia”. Yo estaba en automático, no había botado una lágrima; únicamente deseaba encontrar a mi mamá y sacarla de ese lugar.
Cruzaba yo la sala de Emergencia, sin mirar a los lados, cuando detrás de mí escuché que alguien me llamaba con desespero: «¡Caaarrrmennn!». Al girar sorprendida, lo que vi me dejó inmóvil. Aquel hombre estaba conectado a varias máquinas y a un respirador. Era el conductor al que esa mañana habíamos enviado con la gandola y los tres tanques de ácido clorhídrico a Margarita.
—¡¿Coño, Richard, qué te ocurrió?!
—Me fui por el centro —me dijo con mucho esfuerzo— y quedé atrapado en una cola; hacía un calor infernal y, de pronto, uno de los tanques estalló. Un autobús escolar estaba al lado de la gandola; todos ellos son los que estaban en el lugar —y me los señaló—. Me di vuelta y vi que la mayor parte de los heridos eran niños y personas de edad avanzada.
En ese momento tuve que abandonar la búsqueda de mi madre para averiguar cómo resolver esta adversidad. Contacté a mi socio, le comenté sobre la muerte de mamá y lo del accidente de la gandola, y él de inmediato se puso en camino a Valencia.
Entonces volví a mi búsqueda y al fin llegué a la morgue.
—Buenos días. He venido a buscar a mi mamá, Adulfa Pacheco.
—¿Tiene el acta de defunción? Es con lo único que puede sacarla.
Pataleé y grité, pero era imposible que aquel corazón, acostumbrado a la frialdad de lo inevitable, se conmoviera.
De repente, alguien tocó mi hombro.
—Buenos días, señora, creo que la puedo ayudar.
Sin voltear, le dije: «¡Si usted viene como zamuro, este no es el momento!».
—No se preocupe, señora, yo puedo ayudarla. Soy parte de la Funeraria Memoriales La Esperanza y nuestra oficina se encuentra en Guacara. Tengo un amigo médico que puede darnos el acta de defunción y la podemos sacar de inmediato. También me encargaría de todos los trámites del traslado.
—¿Puede hacerlo?…
—Claro, proporcióneme la información completa de su familiar para comenzar la gestión.
El hombre cumplió. Consiguió el acta de defunción e hizo los trámites para llevarla a Guacara. Con acta en mano pude entrar al fin a la morgue; me llevaron al lugar donde estaba, era una gaveta amplia. La hallé allí, desnuda, helada y envuelta en gasas, como si hubiera sido capturada por una enorme araña…
—Por favor, señora, acérquese.
—¿Ahora qué pasa, señor…?
—Lo siento, pero su madre no cabe en esta urna. Hay que elegir una más grande. Como usted ve, ella está gordita…
Quería comerme vivo a aquel abusador. Además de tener que estar pasando por el momento más triste de mi vida, me dice que mi madre estaba gorda. “¡Ella no está gorda, esa es su hermosura!”, le dije cortante. Tenía que defenderla.
—¿Cuál otra hay? —le pregunté impaciente—.
No tenía deseos de elegir lo que se convertiría en una cárcel para la mujer que siempre luchó por su independencia, pero era necesario hacerlo.
Mis dedos se deslizaron un momento sobre aquellas gasas que la envolvían y allí noté la presencia de la muerte, no la de mi madre, que fue pura candela y energía. No, ella ya no estaba allí.
Finalmente cupo en la urna, pero yo aún no había logrado llorar. Estaba consciente de que solo estaba en la primera parte de la obra.
Llegamos a Guacara y se procedió a arreglarla mientras yo recibía a la familia. Después del último adiós en el cementerio, al fin pude llorar, pero en la que fue su habitación. Allí seguía ella viva, como siempre, en aquella combinación de aromas tan cotidianos para mí, que eran como un abrazo: su café, su cigarrillo, su colonia Jean Naté…
***

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia / RN













