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Un silbido desesperado | Carmen Pacheco

Carupano-casco histórico-un silbido

Yo vivía en Maracay con mi mamá. Andaba por mis quince años, mi hermana tenía dieciocho y ya se había casado. Ella y su esposo se habían mudado hacia el oriente del país, a Carúpano, lugar del cual lo único que yo sabía era que hacían unas ricas empanadas de cazón.

Mi mamá estaba muy apegada a mi hermana y decidió irse de pronto a pasar una Semana Santa con ella y con su nieto. El día del viaje me dijo: “Carmen, voy saliendo para Carúpano donde tu hermana. Aquí te dejo este dinero para que te mantengas mientras regreso. En la nevera hay comida”. Yo me quedé en una pieza y sin poder decir nada, era mi madre… Agarró su maleta y se fue al Terminal de Pasajeros.

Cuando abrí la mano tenía en ella cinco billetes, que para ese entonces me alcanzarían para ocho días solamente. Ella pensaba que ese sería el tiempo en que estaría fuera.

 

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Vivíamos en una casa y no en un apartamento, y yo mantenía las ventanas cerradas por el temor de que alguien se metiera. Esa primera noche la pasé muy asustada, lloré mucho. Comía muy poco y me era difícil dormir. Tenía un cuchillo debajo de la almohada creyendo que con eso me protegería.

Pasaron dos días y la casa se me hizo inmensa, así que tomé la decisión de ir a buscarlas. Jamás había salido sola y mucho menos a una distancia tan grande.

Agarré tres mudas de ropa y cerré la casa. En el Terminal todo era una locura por ser Semana Santa. La gente se arremolinaba para agarrar un “carro por puesto”, no había autobuses en esa época. Para ese entonces, además, los menores de edad podían viajar solos sin familiares, cosa que ahora es imposible.

Me acerqué al chofer del vehículo y le dije que yo iba para Carúpano y que cuánto costaba el pasaje. El hombre me vio de arriba abajo, y viendo los tres billetes que yo le mostraba en ese momento, me dijo que con uno era suficiente. Me alegré, ya que podría comerme algo en el viaje, que sería de 12 horas.

Carúpano-Carmen Pacheco-un silbido-casa rosada

Ya montados los cinco pasajeros en el carro, el chofer me preguntó la dirección del sitio adonde llegaría. En esos días se acostumbraba llevar al cliente hasta la puerta de su casa. Yo con mucho miedo de que me dijera que no podría llevarme, le dije muy bajito a él que no sabía la dirección, que solo me habían dicho que era “una casa rosada y en una esquina”.

El hombre me vio asombrado y me preguntó que qué iba a hacer yo allá si ni siquiera conocía la dirección. Le expliqué brevemente y no volvió a hablar del tema y nos enrumbamos hacia Carúpano. Me tocó viajar en el puesto de atrás, sentada en el medio.

No hablé durante el viaje y el chofer me veía de vez en cuando por el retrovisor. Para esa época yo no sabía nada del mundo, y mucho menos de los hombres, y sentía miedo cada vez que mis ojos se encontraban con los del conductor.

Al fin llegamos a Carúpano y el chofer fue dejando a los otros cuatro pasajeros, cada uno en su casa. A mí me tocó ser la  última. Se detuvo entonces junto a una plaza y volteando me dijo: “Tranquila que llegarás a tu casa esta madrugada. ¿Me dijiste que la casa era rosada y estaba en una esquina?… No nos queda otra que recorrer este pueblo por todos los costados”.

Me acordé entonces de que nosotras teníamos un silbido como contraseña y empecé a silbar durante dos horas literalmente. Y cuando el chofer estaba a punto de darse por vencido oí, por fin, la respuesta a mi silbido, y de una forma frenética seguí silbando hasta llegar al lugar de donde me respondían.

La sorpresa mayor fue para mi madre y mi hermana cuando me vieron bajar del carro, despidiéndome agradecida de ese hombre que para mí fue un Ángel de la Guarda.

Ya con ellas y abrazándolas y comentando aquella locura que había hecho, de irme sola hasta allá, les pregunté cómo habían podido escuchar mi silbido. Mi mamá me dijo que estaban a punto de dormirse, porque el bebé de mi hermana había estado despierto hasta tarde, y de pronto me oyeron silbar.

 

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“Era imposible creer”, me dijo mi mamá, “que fueras tú, que a las 3 de la mañana estuvieras silbando por las calles de Carúpano”…

El hecho es que al notar la insistencia con que sonaba aquel silbido, se atrevieron a salir al porche de la casa, “la casa rosada y en una esquina”.

Muchas cosas pudieron haberme pasado, pero yo tuve mucha fuerza y confianza para silbar toda la madrugada sin saber una dirección, además de un Ángel de la Guarda con mucha comprensión y paciencia.

 

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Carmen Pacheco-columna Crónicas del peatón-portada

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia / Ilustración CP / RN