Una señora se mueve por la plaza Bolívar de Guacara con la ligereza de un susurro, como insinuando su andar sobre el suelo. Su falda larga y desteñida se desplaza como girones de una tela que ha vivido épocas más prósperas. Sus canas, que semejan una corona plateada, se agitan con el viento, dando la impresión de ser un nido de hilos desordenados atrapando la luz del sol.
Su figura se cierne sobre el suelo, avanzando con una morosidad espectral, como si persiguiera una sombra o se alejara de ella. Es su rostro una mueca, una máscara de felicidad que no llega a sus ojos. Es como una expresión ajena, como un gesto mecánico que intenta engañar al mundo.
Y a su lado, en esa caminata solitaria, solo hay un silencio que juguetea en sus ojos. La brisa se balancea en una danza atrevida, como si celebrara la vida mientras ella, en su interior, se marchita.
DE LA MISMA AUTORA: NUESTRA JAURÍA FUGITIVA
A esta señora la podemos ver en cualquier momento con la misma vestimenta. La observo moverse de esquina a esquina como quien busca algo o a alguien, mientras va flotando. Las personas la esquivan para no cruzarse en su camino.
Nunca me la he topado de frente; siempre es como un remolino de humo que se pierde o se aleja en el cruce de una esquina. Es muy común que aparezca por la plaza Bolívar de Guacara.
Esa mañana, yo había ido al centro para hacer algunas compras. Antes de regresar al apartamento compré un cafecito para luego sentarme a disfrutarlo debajo de uno de esos árboles frondosos de la plaza.
Aún no le había dado el primer sorbo al café cuando sentí la fuerza de una mirada sobre mí. Levanté la vista y ahí estaba ella, con sus ojos lánguidos que parecían querer penetrar mi mente. Mi primera impresión fue que me sentía como una «cazadora cazada». No podía creerlo. Su actitud era como si dijera: “Ya estoy aquí, ahora podrás conocerme mejor».
Observé que no podía hablar; que de su boca salía un murmullo que parecía ser otro idioma, pero me hizo entender que solo requería un poquito de mi tiempo, así que le respondí que estaba bien. Se sentó y sus dedos empezaron a deslizarse por las páginas de una pequeña Biblia.
Pensé que me leería pasajes de la palabra de Dios, pero era al contrario, ella quería que yo se los leyera. Las letras del libro eran muy pequeñas y siempre me ha costado leer ese tamaño, así que hice acopio de mi paciencia y comencé, mientras que ella a su vez asentía diciendo: “Amén”.
Levanté la vista una que otra vez y el mundo seguía su curso. Solo éramos aquella señora y yo en un silencio de palabras y gestos. Al terminar la lectura, se colocó la mano derecha en el pecho y me agradeció dulcemente.
Se fue de la misma manera que llegó, pero envuelta en un no sé qué de calma, mientras sus pies flotaban sobre el piso de la plaza.
***

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia / Ilustración: Julio César Morales Jr. / RN













