Los Puertos de Altagracia

Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Miranda, estado Zulia y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

Hablar del municipio Miranda y de su capital, Los Puertos de Altagracia, no es citar una simple coordenada en el mapa; es adentrarse en un lienzo vivo donde el pincel del destino ha trazado una de las escenas más hermosas de nuestra geografía. Esta es una tierra que no solo se habita, se siente; es una localidad que respira a través de una historia fascinante, un relato que se desliza por el cauce de los siglos hasta anclarse con la fuerza del presente en el corazón de quienes la recorren. Caminar por sus calles es mucho más que un tránsito; es entablar un diálogo íntimo con nuestras raíces más profundas. En cada esquina de esta región pintoresca y  encantadora, las tradiciones han dejado de ser recuerdos estáticos para convertirse en fuerzas vibrantes que moldean, día tras día, el temple de su gente. Es el legado de los abuelos manifestándose en la cultura que nos define, otorgándonos ese sentido de pertenencia que solo florece cuando se camina sobre una tierra que tiene memoria y un pueblo que sabe honrarla.

La heredera del Lago, donde el tiempo se hizo nobleza, no es solo un punto en el mapa; es la Villa Procera y Levítica, es un rincón del Zulia donde el suelo parece guardar los ecos de siglos. Nacida bajo el nombre de Villa de Altagracia aquel 8 de septiembre de 1529, su origen quedó sellado por la mano de Ambrosio Alfinger, el adelantado de la casa Welser, en un acta que la Academia de la Historia resguarda como el bautismo de nuestra identidad. Desde entonces, Villa de Altagracia se erige sobre un pedestal de nobleza, contemplando con ojos de agua el eterno vaivén del Lago de Maracaibo. Su historia es la de un paisaje exuberante que, en el umbral del año 1600, decidió formalizar su destino al ser elevada a Villa. Fue allí donde el barro y la fe comenzaron a tomar forma: el trazo de sus primeras calles, el repique de sus iglesias, el murmullo de sus escuelas y el reposo de sus cementerios. Más que una fundación, fue el nacimiento de un hogar que ha visto pasar la vida, con sus luces y sombras, siempre firme a la orilla del Lago que le da sentido.

El Guardián del tiempo que se detuvo a observar, elevando la mirada hacia la torre norte de la Iglesia Nuestra Señora de Altagracia, nos encontramos con un centinela silencioso, su reloj, con más de un siglo a cuestas, se calculan ya 138 años de vigilia, este mecanismo es el pulso de la Villa. En su centro, como una herida de orgullo industrial, se lee el rastro de su origen: Seth Thomas Clock Co., nacido en las lejanas tierras de Connecticut un 20 de abril de 1887, para venir a marcar las horas de un trópico que nunca se detiene. Su esfera circular, de un blanco impoluto que desafía el salitre del Lago, exhibe con elegancia sus números romanos. Es más que un instrumento de precisión; es el testigo que, desde las alturas ha visto cambiar los rostros de quienes caminan la plaza marcando el ritmo de los bautizos, los adioses y las fiestas de un pueblo que, aunque mira al futuro, sigue guiándose por el tic-tac de su propia historia.

Madera y salitre, el sustento que flota; en el norte del municipio Miranda, la vida se escribe sobre el agua, la pesca no es solo un oficio, es el cordón umbilical que alimenta a nuestra gente, y sus naves son los pinceles que dibujan el horizonte. Desde el modesto cayuco, tallado en la noble madera de ceiba para deslizarse con el susurro de remos y velas, hasta la robusta chalana, que con mayor porte desafía las corrientes impulsada por el motor y la esperanza. Pero es el bongo el gigante de esta danza acuática; una estructura de hierro y voluntad movida a gasoil, capaz de cargar sobre sus hombros toneladas de plata escamosa y el sueño de familias enteras. Cayucos, canoas y bongos: tres escalas de una misma fe que, entre redes y chinchorros, convierten al Lago en el gran taller donde se forja el pan de cada día.

 

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En el extremo norte del municipio, donde la tierra se estira para tocar el horizonte, se halla Playa Punta Vigía. Su nombre no es azaroso; es el eco de un tiempo de pólvora y catalejos, cuando este rincón servía de atalaya contra el asedio de piratas y corsarios que buscaban profanar la calma del Lago y el Caribe. Es un lugar de dualidades: hacia el este, el agua se entrega en una caricia mansa; hacia el oeste, el canal de navegación despierta corrientes bravías que recuerdan el poder indomable del Coquivacoa. El paisaje está dominado por un soberbio promontorio de piedra de ojo y arcilla, un farallón que se alza como un monumento natural y que otorga al lugar su silueta inconfundible. Entre la belleza de la naturaleza salvaje, aún sobrevive un hito de 1959 testigo silencioso del extinto Ministerio de Obras Públicas, que marca las coordenadas de nuestra geografía. Hoy, lejos de las amenazas de antiguos bucaneros, Punta Vigía sigue siendo un refugio predilecto, un espacio donde la historia se encuentra con el murmullo de los temporadistas que buscan, en su orilla, la paz de los siglos.

Los Puertos de Altagracia

La ciénaga Los Olivitos es el santuario donde la vida ensaya su vuelo. Si el Zulia tuviera un corazón de agua y sombra, ese sería la Ciénaga Los Olivitos. Un reino de veintiséis mil hectáreas donde el manglar se vuelve poesía en cuatro tonos: el rojo, el negro, el blanco y el botoncillo, entrelazando sus raíces como dedos que sujetan la tierra para que no se la lleve el olvido. Este humedal no es solo un paisaje; es el reservorio de peces más grande de nuestro continente, un santuario que desde 1986 «bajo el amparo de la ley y el respeto de su gente» protege el milagro de la existencia. En este rincón del mundo, el tiempo se mide en el aleteo de los flamencos y el canto de la galandra, esa joya alada que solo reconoce al Zulia como su hogar. Aquí, el agua es una cuna donde crecen el róbalo, el mero y el manatí, preparándose para su gran viaje hacia el Golfo o las profundidades del Lago. Para el mirandino, la Ciénaga es madre y sustento. Es la proveedora generosa que no solo entrega el pan en forma de pesca, sino que incluso en el detalle más sutil nos regala descanso; en el humilde y romántico oficio de recoger plumas de garza para convertir el sueño en almohada. Los Olivitos es, en esencia, nuestro mayor acto de fe con la naturaleza, un recordatorio de que somos hijos de la sal, el fango y la libertad.

Los Puertos de Altagracia

El umbral de las aguas, más que un simple embarcadero, es el Puerto de Lanchas, el portal donde el alma de Altagracia se encuentra con la inmensidad del Lago. Es el sitio de los abrazos que se van y de las esperanzas que retornan desde Maracaibo sobre el lomo de las olas. En sus espacios, la espera no es tiempo perdido; es el murmullo del cafetín, el aroma del restaurante y el paseo pausado por su bulevar, donde la comunidad se entrega al esparcimiento bajo el sol de la tarde. El Puerto se prepara, para seguir siendo ese muelle de afectos donde cada boleto es, en realidad, un pasaje hacia la identidad de un pueblo que nunca le da la espalda a su Lago.

El suelo que habla y las voces que la tierra resguarda. Bajo la arena y el salitre del municipio Miranda, el pasado no está muerto; solo aguarda en silencio. Existen lugares donde la tierra parece abrirse para contarnos quiénes fuimos. En El Vomitón, a escasos metros donde el Lago besa la orilla en Punta de Piedras, el suelo nos devuelve fragmentos de una historia compartida; osamentas que alguna vez fueron hombres y mujeres de barro, además se localizaron restos de una ruina presumiblemente de una misión franciscana que data de la segunda mitad del siglo XV. Junto a las lajas de «piedra de ojo» aparentemente cortadas y colocadas por personas, se supone fue el piso de las ruinas de la misión. Es el abrazo definitivo entre lo prehispánico y lo colonial, un cementerio de sueños que desafía al olvido.

El viaje hacia nuestras raíces continúa en Quisiro, donde las urnas funerarias y las tinajas guardan el secreto de ritos ancestrales, y se extiende hasta la orilla de Playa El Mamón. Allí, entre caracoles y conchas marinas, el tiempo dejó olvidadas cerámicas y piedras talladas que hoy, bajo el cuidado del Museo del Hombre, nos susurran las costumbres de quienes vieron en el mar su gran despensa. Pero quizás es en La Cooperativa donde el pasado se vuelve más tierno y tangible. No solo se han encontrado restos de vida diaria, sino la delicadeza de sus artistas, figurillas que imitan la fauna local y cuentas de collares que alguna vez adornaron cuellos y esperanzas. Cada pieza rescatada de estos sitios arqueológicos no es solo un objeto de estudio; es una huella dactilar de nuestra identidad, un recordatorio de que somos los herederos de una civilización que, entre cerámicas y cantos de caracol, aprendió a amar esta tierra mucho antes de que nosotros la llamáramos nuestra.

El gigante de hierro, El Tablazo y el pulso del progreso, a solo unos pasos de la serenidad de Los Puertos, el horizonte se transforma en una sinfonía de acero y luces, desde que sus cimientos comenzaron a soñarse en 1968, este coloso de más de ochocientas hectáreas se convirtió en el motor moderno de nuestra tierra. Allí, donde el ingenio humano se funde con la riqueza del subsuelo, empresas como Pequiven y Plastilago tejen una red de progreso que viaja desde nuestras orillas hacia el mundo entero. Más que una cifra de producción o un conjunto de plantas, El Tablazo es el sustento directo de la familias mirandinas. Es la prueba de que el municipio Miranda no solo guarda tesoros bajo la arena de sus sitios arqueológicos, sino que también alza torres hacia el cielo, transformando la materia en bienestar y el esfuerzo colectivo en el pan de cada día.

El municipio Miranda, un banquete para el alma entre el mar y la memoria, cerrar los ojos es dejarse seducir por un festín de sentidos donde la naturaleza y el hombre han pactado una tregua de belleza. Aquí, los paisajes no se miran, se sienten; se respiran en el salitre que viaja desde sus playas, esos espejos de agua que son refugio de propios y puerto de sueños para el visitante. Son orillas que han visto pasar la historia, pero que hoy solo piden el descanso del cuerpo y el sosiego del espíritu. Pero el viaje no estaría completo sin el sabor de su tierra, esa gastronomía rica y generosa que es, en sí misma, un acto de amor. El paladar mirandino celebra la herencia del Lago en cada bocado, desde el aroma del pescado fresco frito a la orilla del oleaje, hasta los dulces que guardan el secreto de abuelas que cocinaron el tiempo a fuego lento. Es la sazón de un pueblo que mezcla lo ancestral con lo cotidiano, donde un plato de comida es un relato de identidad. Entre el susurro de los manglares y el bullicio alegre de su gente, Miranda se revela como un santuario donde lo antiguo y lo moderno conviven en un abrazo eterno. Es un rincón donde la vida sabe a coco, a sal y a esperanza, invitándonos a recordar que el verdadero patrimonio no está solo en los monumentos, sino en la alegría de compartir este suelo bendito. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

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Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.comEscritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

Ciudad Valencia/RM