Me propongo dar respuesta a la pregunta titular. La política es, en esencia, el arte del verbo que conlleva a la acción. Y la acción, como decía Marx, es el origen de todas las cosas.
Al ser simiente de la vida, aquella mantiene una relación originaria con el ser humano. Este es, por naturaleza, un animal político, un ente que habita un grupo social organizado. Es la actividad mediante la que son administradas las causas públicas. No se sabe de alguien perennemente aislado de dicha dinámica. Todos nacen, crecen y mueren en un entorno político.
Debemos dividir el arte político en dos niveles de comportamiento: uno teórico (ideología) y otro práctico (praxis). En sus orígenes materiales, la política surge de las primeras medidas históricas de regulación comunal, en tiempos muy antiguos, justo cuando empezamos a definirnos concretamente como especie.
Esta actitud propia del instinto y la racionalidad se expresaría luego en el formato de las primeras medidas de gerencia escritas en arcilla y después en papel. A medida que algunos pueblos dividían el trabajo por grupos, fueron emergiendo las clases sociales y, con ellas, las diferencias de poder efectivo de unos sobre otros, en el marco de una acumulación constante de capital. Las civilizaciones mejor armadas y más complejas sometían y aún hoy someten a las «inferiores».
Las flamantes sociedades avanzadas parieron a sus filósofos, y estos a la politología como rama del saber. En la Grecia del siglo V antes de Cristo, tomaron protagonismo los llamados «sofistas», que educaron a los activistas de su época. Ellos enseñaron que las costumbres y reglas eran todas relativas, pues dependían del período histórico y las perspectivas individuales. Para ellos, la retórica o el arte de persuadir al receptor era el núcleo de la praxis.
Más adelante, Platón, discípulo de Sócrates, planificó sobre el pergamino una república ideal y perfecta. En ella la justicia era el valor fundamental y el Estado un reflejo del alma. Así, cada clase social cumplía su correcta función y los procesos comunales eran siempre funcionales. Los gobernantes eran los filósofos, que dominaban los conceptos del bien y la verdad. Los guerreros defendían el país y los artesanos se encargaban de las actividades económicas.
Aristóteles, aprendiz de Platón, señaló que los objetivos de la política debían ser el bienestar y la felicidad particulares y colectivos, y para alcanzarlos propuso modelos más pragmáticos, arraigados en el quehacer. Para él, los sistemas más efectivos eran la monarquía, la aristocracia y la democracia. Las versiones corruptas de cada uno eran, respectivamente, la tiranía, la oligarquía y la demagogia.
En los albores de la Modernidad, Maquiavelo desprendió la politología de las garras de la religión cristiana imperante. Siendo un realista, remarcó los roles neurálgicos de la praxis y los antecedentes históricos, desvinculándolos de cualquier moralidad. El «príncipe» debía sostenerse de la astucia, la mentira, el engaño, la fuerza bruta y la adaptación a las circunstancias, con tal de asegurar la supervivencia y el éxito del Estado y la paz del pueblo.
Hobbes y Locke hablaron, más tarde, de un presunto «contrato social» a priori, o un estado de naturaleza aún no civilizado. Para Hobbes, este representaba el caos sanguinario del todos contra todos. El «leviatán» o estadista se ocupaba de concederle un orden, aprovechando el monopolio de la violencia. Mientras que, para Locke, esta naturaleza primordial se asentaba en valores trascendentales, que el mandatario debía defender mediante métodos más democráticos.
El gran Marx, en el siglo XIX, fue el primer filósofo en colocar al trabajador o proletario en el corazón de la acción política. Las ideologías no son neutrales, ya que inciden directamente en la infraestructura económica. Por tanto, la praxis y el pensamiento burgueses se definen en la explotación del proletariado en las industrias. Hacer política es intervenir en la lucha dialéctica de clases, y pelear por la instauración de una sociedad igualitaria, sin diferencias sociales.
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Como se ha podido observar, el quehacer político siempre va ligado a modelos acerca del mismo. Como decía Kant, las acciones sin un componente racional son ciegas. La política, sin embargo, es necesariamente praxis. Así podemos hablar de la «realpolitik», que es el pragmatismo llevado a sus últimas consecuencias y ha sido el elemento clave desde siempre.
La realpolitik requiere de una toma de conciencia de la cruda materialidad del mundo y sus escenarios, de entender que más allá de la ideología lo que prima es la ganancia de influencia, las guerras imperiales por territorios y recursos, el asesinato, las intrigas y la traición. Esto también es parte del arte político, desprendido de sus elementos morales. Y es, además, el fenómeno al que nos enfrentamos cuando las pasiones están desatadas y los partidos entablan combates a muerte por el poder.
La participación en política es un deber de todos porque ella nos incluye a todos. Por tanto, su comprensión intelectual es fundamental. Enfrentar el pragmatismo y la corrupción son ideales muy respetables. Sin embargo, la política está llena de matices, luces y oscuridades que, antes de actuar, debemos procesar y comprender.
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Jorge Álamo Homsy (Valencia, Venezuela, 1993) es psicólogo egresado de la Universidad Arturo Michelena (UAM), autor además de relatos de ficción e intérprete del bajo eléctrico. Entre 2021 y 2023 se dedicó a escribir textos narrativos de los cuales surgió el libro de cuentos «La canción del trueno», presentado en la Filven Carabobo 2025.
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