Hoy es sábado. Salgo a comprar víveres, también vitamina D, gatarina, afrecho y anís dulce. La lista la hice anoche, especificando cantidades y por secciones: charcutería, carnicería, cosméticos… así, como si escribir “harina de maíz” y debajo “detergente” fuese a alterar el producto escrito.
Me visto con un jeans holgado, una blusa con la frase clásica de un “Yo, un corazón y una taza de café”, que a mi hija le gusta, y el reloj de correa negra que me fascina. El cabello, semi recogido, alborotado. En el morral, las bolsas dobladas en triángulo, como aprendí en aquellas vacaciones en El Tigre. También llevo la novela que estoy leyendo. No quiero que se me vaya la vida en tareas (“sisifear”, le digo a eso) que no pagan cotizaciones. Leo también para no disolverme.
En el autobús leo. Las facturas sirven de marcalibros. En el reverso, anoto los nombres de los personajes. “Agustín Malapajita” me hace reír. No sé de dónde saca el autor esos nombres. Me gusta, me mantiene entretenida.

Hago las compras respectivas en el supermercado. Voy pesada. Logré comprar todo. Qué raro: esta vez no hubo producto que devolver. La precariedad y sus cruces pesan, cansan. Ordeno las bolsas por tipo de producto. Entro de nuevo: no vi huesitos ahumados, aún no los habían sacado. Los necesito para las caraotas negras. El menú depende de lo que se alcanza a pagar, no de lo que se desea.
Compro lo demás. Camino cargada. La bolsa plástica transparente se me resbala. Hago seis paradas antes de llegar a la panadería. Pido pan campesino, uno de guayaba, uno de coco. Pregunto si son de hoy. El pan de ayer cuesta igual, pero no sabe igual. Cómo si el tiempo se hubiera disuelto en la masa. Nada más divino que un pan suave, esponjoso.
LEE TAMBIÉN: “El placer como resistencia: el cuerpo que escribe no es un cuerpo disponible”
En el terminal, un chofer me ve pariendo con las bolsas y me ayuda. Me monto. El pan campesino está caliente. Lo coloco sobre mis piernas. Me como pedacitos del de guayaba. El autobús arranca. Estoy sudada, el sol me pega del lado donde estoy sentada.
Va una familia a la playa. Las niñas se marean. Le digo a su madre que las coloque junto a la ventana para que el aire les pegue en la cara. Les dan limón. Las miro: cabellos crespos, pálidas. Me pregunto si también aprenderán a doblar bolsas en triángulo, a leer para no disolverse, a resistir sin que se note.
***

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada. Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).
Ciudad Valencia












