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Paseando por Los Teques | Carmen Pacheco

El domingo 24 de mayo se corrió la media maratón en Valencia, auspiciada por el grupo Carabobo Runners Club. Los materiales para dicho evento se entregaron el sábado 23. Como mi hija Carmen Julia vive fuera del estado Carabobo, me pidió el favor de que se los retirara.

El sábado, todo Carabobo estuvo bajo los fuertes aguaceros de la vaguada que se había anunciado días atrás. Sin embargo, allí estuve retirando lo que a ella le correspondía; aproveché para tomarme fotos y mostrarle que el material estaba en mis manos. La mesa estaba servida: su participación era segura.

Al día siguiente, ella llegó por la tarde, ya lista para lo que le tocaba correr. Lamentablemente no pude asistir al evento para tomarle fotos y auparla, pero allí estaba su hermano Julio; como es fotógrafo, se lució con unas hermosas imágenes de la carrera y, por supuesto, de su hermana.

 

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Luego de la carrera, Carmen Julia me comentó que el ambiente estuvo sumamente pesado por el tremendo aguacero del día anterior. Con la salida del sol, el vapor que brotaba de la tierra creó un efecto de sauna que agotó a los corredores mucho más rápido de lo esperado. Lo valioso fue que ella completó su ruta y disfrutó al máximo la experiencia.

La idea era que, al terminar la carrera, me pasarían buscando para ir a pasar unos días a su casa de Los Teques. Para mí, siempre es estupendo visitarlos; siento que llego a un oasis donde el clima, las atenciones y la familia son lo más importante de mi estadía.

Siempre recordaré que hace tres años tuvieron que operarme y mis días de rehabilitación los pasé con ellos. Desde ese momento nombré a mi hija la chamán de la familia: su esmero y amor lograron que me restableciera más rápido de lo esperado, mientras que el cariño de mi nieto y de mi yerno fortalecieron esos cuidados. Junto a ellos, hay dos seres de cuatro patas que con su sola presencia tuvieron mucho que ver con mi mejoría; se llaman Koa y Kenay.

los teques-can-KOA

Koa es una perrita de color marrón claro, algo seria, pero le gusta jugar; Kenay es un perro color caramelo tostado, tan meloso como el tono de su pelo. Ambos influyeron mucho en mi mejoría. Siempre pasaban por el cuarto y, con un lengüetazo por donde me alcanzaran, era suficiente para sentirme mejor.

En el lugar se llega a oír, además del canto de los gallos, pajaritos y perros, la alegría y el folklorismo de un pueblo; también algunos aullidos de monos araguatos que provienen de las montañas. Por supuesto, esto se escucha en la noche, cuando todos duermen y reina el silencio.

Desde la ventana de la casa, si no está nublado, se observa el cerro El Ávila en todo su esplendor. Una vez publiqué una foto y, como siempre, hubo personas que se negaban a creer que hubiese sido tomada desde Los Teques.

Hasta que un hombre, de los que aman correr por el lugar, opinó que la imagen debió haber sido capturada desde la parte más alta, es decir, en La Lagunetica. Y si agudizas el lente de tu cámara, podrás observar el Humboldt en toda su majestuosidad. Esa fotografía la logré con una cámara Sony Full HD movie, de las viejitas…

Disfrutando del paisaje del lugar desde la parte alta de la casa, cualquiera podría decir que lo único que se ve son ranchos o casas sin frisar; es entonces cuando vuelven a aparecer las palabras de El Principito: «Lo esencial es invisible a los ojos; solo con el corazón se puede ver bien».

los teques-can-KENAY

Ellos viven en uno de los lugares más altos de Los Teques, en La Lagunetica. Tienen el privilegio de observar las nubes sobre los techos del caserío y sentir la neblina que enfría el rostro al momento de caer sobre la tierra.

En esos días de mi recuperación, le saqué una foto a un árbol que hay frente al patio y les puedo asegurar que el que estaba al lado era José Gregorio Hernández; hasta el sombrero se le veía. Hoy sigue estando ese misterio que, de lejos, parece alguien cobijado bajo la sombra del árbol.

Los días pasan lentos en casa de mi hija. El alboroto que hacen los perros cuando alguno de ellos llega le da vida al lugar; Koa y Kenay son una parte muy importante de la familia. Cuando regreso, luego de pasar meses sin ir, se desbordan de alegría y brincan sobre mí. Me siento parte de esa camada.

Durante mi estadía, unos amigos de la pareja llegaron a visitarlos y la conversación se tornó muy amena. Unas tazas de chocolate caliente reconfortaron el alma; la neblina había bajado y se apoderó de la casa, mientras los cuentos y mitos de la estación del Tren del Encanto comenzaron a fluir.

—Tengo entendido que por aquí cerca está la estación del Tren del Encanto —les comenté.

—Claro, los túneles que hicieron en las montañas colindan con La Lagunetica, aunque no se sabe con certeza si la vía iba hacia el pueblo o hacia la autopista” —comentó mi yerno.

—Cuéntenme lo que sepan de esa estación, por favor —les pedí.

Los Teques-La Lagunetica

El Tren del Encanto tiene historias de todo tipo. Fue inaugurado en 1894 y dejó de funcionar en 1966. Se construyó originalmente durante el gobierno de Antonio Guzmán Blanco como parte del Gran Ferrocarril de Venezuela, y aunque la intención inicial de otros proyectos de la época era unir distintas regiones, este tramo terminó convirtiéndose en un símbolo de la ruta hacia Los Teques”

—¿Se acuerdan del asalto al tren? —pregunté.

—Creo que fue en septiembre, en los años sesenta —comentaron algunos.

“Para comunicar a Los Teques con el resto de la ruta, los encargados tuvieron que perforar la roca de la montaña profunda, creando túneles impresionantes muy cerca de los límites de La Lagunetica”.

—Una vez produjeron, o intentaron hacerlo, una película donde el Tren del Encanto sería parte importante de la trama. Eso habrá que investigarlo porque no estoy seguro —dijo Omar mientras tomaba su chocolate—. Es un lugar que debe tener muchos cuentos. Los pueblos acostumbran a darle mayor relevancia a los sitios inventándoles leyendas de misterio. ¿Saben ustedes de alguno?

Los Teques-La Lagunetica-noche

—Lo que yo he oído de los más viejos del lugar es que hay una leyenda: algunos parceleros y vecinos de los sectores que colindan con los viejos rieles aseguran que, a la medianoche, se escucha a lo lejos el eco sordo del silbato de una locomotora a vapor y el traqueteo metálico de los vagones sobre las vías.

Se avecinaba un señor palo de agua y los amigos prefirieron marcharse antes de que llegara. Me quedé con la intriga sobre el tren y de seguro comenzaré a indagar sobre el tema. No todo debe ser terror en la historia del ferrocarril; por lo que se dice, quienes intentaron construirlo eran especialistas extranjeros con mucho conocimiento.

Muchos abuelos que llegaron a viajar en él, o que presenciaron sus últimos años de gloria, sienten una conexión espiritual con el tren. Por ahí conseguí el dato de que los mayores decían que el espíritu del progreso de Los Teques se había quedado dormido bajo la tierra de La Lagunetica y que, mientras la montaña conserve los viejos túneles y los pedazos de hierro, el alma del ferrocarril seguirá viva, cuidando a la ciudad desde las alturas.

 

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Carmen Pacheco-columna Crónicas del peatón-portada

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia/RN/Fotos CP