De encapuchados, policías y muchachos scouts | Carmen Pacheco

scouts de Carabobo-Crónicas del peatón-Carmen Pacheco

Este fin de año de 2025, esperando el “Cañonazo”, como decimos los caraqueños, le pregunté a mi hijo Julio si recordaba alguna anécdota que hubiese vivido cuando pequeño. Y él , dejando el celular a un lado, comenzó a buscar en su memoria algo que contar.

Él sabía que su madre seguiría preguntando, así que se acomodó y empezó su anécdota entre el resplandor de las luces navideñas.

—Sí, hay algo que nunca te he comentado…

Para 1991 o 1992, mi hermano y yo estábamos en los Scouts, ¿recuerdas? Las actividades eran todos los sábados por la mañana. Un sábado, al finalizar, un compañero nos preguntó que por qué no hacíamos una excursión al Castaño, en Maracay: “Allí hay un lugar muy chévere para subir. Es una montaña con una gran cascada y al final tiene un pozo muy sabroso. A menudo subo y tengo experiencia en la zona», añadió.

 

DE LA MISMA AUTORA: NUESTRO ALMUERZO NAVIDEÑO

 

Su propuesta nos resultó muy estimulante y nos fuimos el grupo de amigos que solíamos andar juntos: Luis Leal, Alejandro Hernández, Jorge Luis Ruso, mi hermano José y dos muchachos más de los que no recuerdo sus nombres. Mientras buscábamos el equipo y llegábamos a Maracay, se nos hicieron las cinco o las seis de la tarde, y comenzamos a subir.

Nos agarró la noche mientras veíamos las casas, que eran muy hermosas, con piscinas y canchas de tenis. ¡Otro mundo! Debo destacar que había una maravillosa luna llena y toda la montaña estaba bien iluminada.

Subimos hasta llegar al lomo de la montaña y le preguntamos al guía qué camino debíamos seguir.  “Derecho por ahí”, y por ahí nos fuimos. A lo lejos, en un valle, vimos una fogata y oímos música de salsa. Continuamos caminando, cuando de repente se nos aparecen dos encapuchados con armas largas y, al voltear, había tres más rodeándonos.

Y comenzaron a preguntarnos: “¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí?”.

Nos identificamos como Scouts de Carabobo y les dijimos que estábamos de excursión.

 

Scouts de Carabobo-Crónicas del Peatón-Carmen Pacheco

 

“Ustedes no pueden pasar por aquí porque tenemos una actividad especial por toda el área. Les recomendamos quedarse con los guardaparques que hicieron un campamento más atrás. Entendimos que los guardaparques eran los que tenían la fogata y la música…

—¿Qué edad tenías para ese momento, Julio?

—Dieciocho años, ya estaba en la Universidad. Ahora que te lo cuento me río, pero pasamos un susto grande al encontrarnos a esos carajos armados hasta los dientes en medio de la nada. Para ese momento nadie sabía que nosotros estábamos por allá y tampoco había cómo comunicarnos, ni hablar de celulares, no existían.

Mientras caminábamos hacia los guardaparques, vimos a lo lejos algo que parecía una vaca merodeando el lugar; de repente corrió muy rápido hacia la cima de la montaña, lo que nos hizo dudar que fuera una vaca. Uno del grupo comentó: “¿No será un chivo?”, y seguimos nuestro camino entre comentarios y risas.

Al llegar al sitio resultó que no eran tales guardaparques. Nos preguntaron quiénes éramos y sacamos nuestras credenciales de scouts; nos dejaron pasar. Todos eran policías y parecía que celebraban algo porque tenían su fiesta armada con música y bebidas.

A uno de los compañeros se le antojó comerse una galleta y el envoltorio lo tiró al suelo. En eso se nos acercó uno que decía ser el jefe y nos dijo: “Ustedes no parecen scouts porque no cuidan el medio ambiente”, y por ahí siguió hablando. Nos dio la impresión de que estaba borracho.

Inmediatamente los otros se levantaron y nos apuntaron y lo único que me quedó fue regañar al compañero por no cuidar el “medio ambiente”. Les dije que él era nuevo, que estaba aprendiendo y al fin se tranquilizaron.

Nos preguntaron que cómo habíamos llegado hasta ahí, mientras nos invitaban a sentarnos.

—Íbamos por la loma del cerro y se nos aparecieron unos encapuchados.

—¿Cómo que encapuchados? —dijo el jefe.

—Y estaban armados como ustedes —le respondí.

—¿Y qué estaban haciendo ahí?

—Nos dijeron que estaban en unos ejercicios especiales.

—¿Y cuántos eran?

—A nosotros nos salieron cinco, pero según y que había otros más.

El jefe llamó a otros policías y se reunieron.

—Nos tenemos que ir —dijo el jefe—. Ahí les dejamos la fogata; manténganla encendida porque por aquí hay cunaguaros. También hay comida por allá.

Y arrancaron dejando toda aquella logística.

Bueno, después de tanto susto, gente armada, vacas locas, los encapuchados, pensamos que habían sido demasiadas emociones para un día y hasta para un año, y decidimos poner el campamento ahí para descansar.

—Epa, Luis, ¿le vas a poner más leña a la fogata? —pregunté.

—No, yo no voy a salir.

—¿Y tú, Miguel?

—Yo tampoco.

Y el otro tampoco, nadie quiso. Al final, yo tampoco quería salir de la carpa y pensé: “Bueno, espero que lo que esté allá afuera no se acerque”, e inmediatamente nos dormimos por el cansancio.

En medio de la noche se oyó un grito. No sonaba a tigre ni a ningún animal que yo conociera. Era el grito de una persona aterrada. En mi miedo imaginé que lo tenían agarrado por las piernas con la cabeza hacia abajo y lo abrían en dos. Definitivamente fue espantoso.

“¡¿Oíste, Luis?!”, le pregunté, pero no contestó.

Los gritos cesaron y se hizo un silencio espeluznante. Daba la impresión de que venía de la montaña, que estaba lejos; eso nos tranquilizaba… Al rato, el mismo grito se oyó, con una intensidad más fuerte, como a mitad de camino. Todos juntos en la carpa no hicimos ningún ruido. Luego volvió el silencio. En la tercera oportunidad, lo que venía gritando lo teníamos detrás de la carpa y lanzó otro grito; este fue más aterrador.

Quedamos en shock, no atinábamos a movernos. Lo único que pasó por mi mente era que abrirían la carpa y entonces nosotros quedaríamos ahí, irreconocibles.  Pero no pasó nada. El amanecer nos encontró a todos sentados uno junto al otro cuidándonos las espaldas.

Al salir de la carpa, solo balbuceamos algo y comenzamos a recoger todo. Por los alrededores y detrás de la carpa no se consiguieron señas de que algo hubiese estado allí.

—Allá vienen —dice el Ruso.

—¿Quiénes? —pregunté.

—¡Los de las capuchas!

—¡Vámonos de una vez! —les dije. Solo que al voltear, ya estaban entrando al lugar donde estábamos, entonces miro al Ruso y le digo:

—¡Qué vaina contigo! ¿Qué perspectiva tienes con eso de “allá vienen” cuando los tenemos encima?

—¡Hola, muchachos!, ¿cómo están, cómo pasaron la noche, consiguieron a los guardaparques?

No les comentamos sobre el susto de la noche anterior.

—No eran guardaparques —respondí.

—Eran personas armadas como ustedes y se fueron apenas nosotros llegamos —les dijo Miguel.

—¡No puede ser! ¿Cuántos eran, para dónde se fueron, qué llevaban?… (Acto seguido dieron la vuelta y arrancaron como a perseguirlos).

Con todo ya recogido, nosotros comenzamos a bajar y al fin encontramos un riachuelo donde nos dimos un baño rápido y seguimos camino. Definitivamente, esa experiencia jamás se me olvidará, sobre todo que al final nunca supimos qué eran en realidad aquellos dos bandos armados.

 

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Carmen Pacheco-columna Crónicas del peatón-portada

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia / RN