Les traigo el relato de una mujer que encontró su manera de relajarse entre las bolas criollas. Ella es Adriana Moreno. Fue mi profesora de Turismo en la Misión Sucre y actualmente se encuentra laborando en el área administrativa corrigiendo proyectos.
En el tiempo que tengo conociéndola, jamás imaginé su inclinación por este deporte, hasta que un día me invitó a un torneo Máster en el Club SOA, en Guacara.
Sin duda tenía que ir, por lo que les pasé a las amigas la información para que me acompañaran y observáramos cómo Adriana se desenvolvía en ese juego. Fue el viernes 15 de mayo. Cuando llegué, me sorprendió que allí hubiese un club; estaba oculto detrás de unas construcciones nuevas, pero dejaron una suerte de pasadizo para acceder al sitio.
Era la habitual cancha de bolas de cualquier pueblo. Pero esta se encontraba oscura porque no había electricidad, lo que le daba un aire de misterio, como en aquellos tiempos en los que se iluminaba con velas.
Sin embargo, desde el solar llegaban voces. Allí había hombres y mujeres jugando, riendo y hablando con sus respectivas cervecitas en la mano y ese característico lenguaje técnico del deporte. Comencé a hablar con Adriana para que nos explicara qué es jugar bolas criollas y por qué ella, en ese momento, no podía entrar a la cancha:
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En las bolas criollas, como en todo deporte, también hay reglas, y esa por la que tú me preguntas es muy importante por dos cosas: primero, porque podrías llevarte un bolazo en cualquier parte del cuerpo; y segundo, porque yo no estoy en la lista de jugadoras para hoy.
Te comento que “La Federación Venezolana de Bolas Criollas” incluyó la categoría de adulto femenino aproximadamente en el año 1967. Desde ese momento el juego dejó de ser un bochinche, porque había leyes que se debían acatar; claro, esto si vas a competir en un torneo con todas las de la ley.
Me encanta el deporte. Cuando estaba en el liceo, jugaba voleibol; también jugué futbolito y hasta básquet. Cuando tenía dieciocho años, una amiga me invitó a su casa; no sé si fue casualidad, pero allí había una cancha de bolas, algo reducida y con irregularidades. En esos días supe que las bolas criollas eran un deporte. Entonces ella me dijo: “Vente, Adriana, vamos a jugar bolas”. “Pero es que yo nunca he jugado eso”, le contesté. “Ven para que aprendas”, insistió mi amiga.

Yo la veía bochar con mucha fuerza y me dije: “No creo que yo pueda hacer eso”. El primer intento fue un desastre. “Bueno, entonces arrima”, insistió. Hago mi primer arrime y quedo cerquita del mingo. “Definitivamente eres buena para arrimar”, comentó mi amiga.
Estuve yendo varias veces a su casa y lo que más practicaba era el arrime. Luego nos separamos, cada una en sus actividades, y no volví a jugar.
Creo que pasarían como unos veinte o veinticinco años sin pisar una cancha de bolas. Un día, regresando de mi trabajo, cansada, pasé por la placita del sector Negro Primero, donde vivo, y vi a un grupo de señoras que estaban jugando. Tenían un instructor, al que se le dice “capitán de equipo”. Los recuerdos de aquella época cuando jugaba regresaron a mi mente, pero seguí mi camino.
A la semana siguiente volví a cruzar por el lugar y me detuve. Por mi mente lo único que pasaba era: «Cómo me gustaría jugar igual que esas mujeres». Quedé fascinada mientras las veía, y recordé clarito lo que sentía cuando jugaba.
A la tercera semana me detuve a observar el juego y el capitán del equipo me preguntó: “Señorita, ¿a usted le gustaría jugar con nosotros?”. “Es que tengo muchos años sin jugar”, le dije.
El señor insistió, pero le murmuré que para otro día podría ser. Me dio miedo meterme en esa cancha sin haber practicado antes.
En la cuarta semana pasé decidida a comenzar a jugar. No me había dado cuenta de lo mucho que me gustaba estar en una cancha. Seguí al pie de la letra todo lo que el capitán me decía, pero lo más encantador fue cómo me recibió el grupo. El equipo estaba formado por personas mayores y otras más jóvenes que, sin conocerme, me aceptaron: “Epa, amiga, esto se juega así; puedes hacer esto o lo otro”.
Y ni te cuento la echadera de broma que hay en ese instante en que vas a lanzar: “¡Vamos, vamos, que tú puedes!, ¡A que no le pegas al mingo!, ¡Dale, que te voy a dar un boche clavao!”…, y ni hablar del sonido tan fuerte que producen con pitos, gritos y matracas; usan lo que consigan para desconcentrar al oponente.
Me decían «profe» porque supieron que daba clases, y así fui integrándome a este deporte, hasta que un día me hablaron de unos próximos juegos y me dieron la sorpresa de que había sido incluida en el equipo. Yo estaba vuelta una mata de nervios.
Para marzo de 2022 nos convocó un equipo llamado “Victoria de Guacara”; para esa fecha, el grupo estaba medio desintegrado. Recuerdo que yo iba como arrime, lo que siempre practiqué. Tenía una compañera que era muy buena y entre las dos existía una sana rivalidad, porque ella era la oficial primera. Siempre me decía en mi mente cuando estaba sobre el casquillo: «Si ella lo logra, ¿por qué tú no puedes? Tú tienes la capacidad de hacerlo». Y me exigía al máximo.
Había un arrime principal: ella es la que coloca la bola con delicadeza para que llegue lo más cerca posible del mingo. Yo era la segunda arrime. Cuando ella terminaba con sus dos lanzamientos, a mí me correspondía jugar los otros dos de acuerdo al turno.
Para que entiendas la jugada, el asunto es así: según el turno que toque, el equipo A hace el primer arrime, intentando quedar pegadito al mingo. Si el equipo A coloca la bola al lado, al equipo B le toca mandar a bochar para sacarla. Pero si la bola del primer arrime queda retirada, el equipo B está obligado a arrimar para meterse en juego. Si no lo logra, va perdiendo el turno y tiene que seguir lanzando hasta poder quitarle el punto al rival.
—Parece sencillo —me atrevo a comentarle.
Se voltea, sonríe y me dice: «¡Sí, Luis!».
En el juego hay un personaje al cual se le llama “cámara”. Es el que te incita a cambiar de estrategia, el que te dice: “Tienes que aprender a bochar”, o “Vamos a hacerlo de esta manera”; es a quien le gusta apostar a entregarlo todo en la cancha.
En todos los juegos hacemos un pote para que cada una de las jugadoras coloque, de manera equitativa, la cantidad de dinero con la que se le va a pagar al “chacero”. Este personaje se encarga de medir las bolas para determinar cuál está más cerca del mingo; además, imparte las instrucciones sobre cómo debe ser el comportamiento dentro de la cancha, recordando lo que se permite o no hacer mientras el partido está en desarrollo.
Ahora las bolas criollas se manejan de forma muy distinta a tiempos atrás. Debe prevalecer el espíritu deportivo. No se admiten improperios ni agresiones verbales hacia las compañeras; si esto ocurre, se sanciona sacando a la persona del recinto.
En una oportunidad, una de las jugadoras dijo: “Abierta como la yuca”. Resulta que cuando el mingo quedaba en cierta posición y la bola se abría demasiado, ella siempre exclamaba esa frase, así como otras ocurrencias que son normales mientras el juego está en su punto.

Aprovechando el momento, me atreví a preguntarle:
—En este asunto de las bolas criollas, ¿cómo las ven los hombres a ustedes en ese espacio que siempre se pensó era exclusivo para ellos? ¿Las agreden, las ignoran, las estimulan? ¿Cómo se comportan?
—¡Somos las princesas! —dice esbozando una sonrisa—. Los hombres se sienten orgullosos. Muchos de los que juegan desde hace tiempo, cuando saben que tenemos partido, van a vernos. De hecho, son más los hombres que asisten a nuestros juegos que a los de ellos mismos. Eso se nota clarito porque la cancha se divide en dos: por un lado juegan los caballeros y por el otro las mujeres, y la que más se llena es la de nosotras.
El hombre que es un entusiasta del juego de las mujeres siempre nos grita:
—¡Vamos, flaca, que tú puedes, dale a ese boche duro! ¡Mira, fulanita, ya tú sabes por dónde vas a arrimar!
A veces la guía se confunde entre el capitán y el espectador, que suele ser un jugador de bolas criollas al que le fascina ver a una mujer en la cancha. Ellos se sienten, digo yo, como exaltados, porque durante muchos años fueron los únicos que dominaban este deporte.
En verdad es un espectáculo hermosísimo; nosotras nos sentimos halagadas de que un hombre conocedor en toda la extensión de la materia te diga: “Lo estás haciendo bien”, que tras un buen boche te aplauda y luego te aconseje: “Un cuarto más adelante, dependiendo de dónde vaya a picar cerca del mingo para que la bola del contrario salga con contundencia”.
Para mí, jugar bolas criollas es una experiencia continua; cada día aprendo algo nuevo de mis compañeras. Es sentirme relajada y apasionada por lo que hago; es desprenderme de la cotidianidad cuando entro a la cancha. Es sentir que se puede estar cayendo el mundo y que pueden existir millones de problemas, pero yo sigo allí: en el aquí y en el ahora.
Este deporte me genera tranquilidad, concentración y, lo más importante, compañerismo; me ha enseñado a trabajar en equipo y a respetar los criterios de las demás. Si en algún momento recibo un llamado de atención por una mala jugada, me siento a reflexionar para entender qué no hice bien para no repetirlo en el siguiente encuentro.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia/RN/Fotos CP













