En esos años, la isla de Margarita estaba en la cúspide de la renovación de sus carreteras y del centro de Porlamar. Y mis días transcurrían allá dedicados a cuidar el vivero que habíamos establecido con plantas decorativas.
El entrenamiento de nuestros perros se llevaba a cabo todos los días. Ellos tenían que ser “alérgicos” a los humanos, veloces y cubrir un área de dos mil metros cuadrados, aunque no estoy diciendo «agresivos».
Por esos días también era necesario visitar a los clientes en tierra firme, durante la semana previa a los carnavales, para finalizar órdenes de compra y recoger algunos productos químicos que estaban en oferta.
Los perros me despertaron un amanecer, ladrando frente a la puerta de mi habitación, un día después de que mi esposo se fue a Caracas. Por supuesto que me asusté; solo estábamos ellos y yo, así que tuve que hacer «de tripas corazón» para mirar y descubrir qué estaba ocurriendo.
DE LA MISMA AUTORA: MI MAMÁ SEGUÍA EN SU CUARTO, EN SUS AROMAS
Cuál no sería mi sorpresa al ver a una gran serpiente en actitud de ataque, mientras los rottweilers la rodeaban. Hice lo que pude, salí y cogí un machete. En una de las veces que lanzó a morder a Sultán, aproveché y le corté la cabeza. Lancé el cuerpo ensangrentado al otro lado del muro y felicité a los chicos.
Después de una noche sin dormir, me llamaron desde Caracas una madrugada. Era necesario transportar el camión Dodge 750 para recoger la mercancía que se había adquirido y la pregunta de «las trescientos sesenta mil lochas» era: “¿quién llevaría el camión?”. No tardó en llegar la respuesta…
—¡Tú!
—¿Estás seguro de lo que dices? —le pregunté.
—¿Quién sino tú para traerlo? Ya lo has manejado dentro de la isla.
—Pero no es lo mismo.
—Busca al ayudante que ha trabajado con nosotros, Miguel, y salgan mañana bien temprano.
—Pero… La llamada se cayó.
Sentada frente al terreno, veía a los perros correr tras una lagartija y comencé a preguntarme: “¿Estaré capacitada, como él piensa, para conducir ese camión?”…
De pronto, una vocecita me dijo: «Sí puedes», así que empecé a preparar el viaje. Busqué al ayudante y le informé que tenía que quedarse esa noche en el terreno, ya que saldríamos temprano. Cuando se enteró de que yo iba a manejar, sus ojos casi se le salen.
—Tranquilo, Miguel, sé lo que hago (¡y yo temblando!).
Antes de salir, abastecimos el camión de gasoil, revisamos el aceite y controlamos la presión de los neumáticos, incluido el de repuesto. Dejé agua y comida para los perros en diferentes sitios protegidos de la lluvia. Nuestra ausencia no pasaría de tres días.
No lo niego, estaba temblando al imaginar que conduciría el camión hasta Caracas, pero llegó el momento. Nos fuimos al ferry después de desayunar temprano. Allí aguardamos nuestro turno para embarcar. Como yo fui de ayudante de camión en varias ocasiones, sabía lo que había que hacer en el puerto.
Los nervios me agarraron cuando hubo que subir el camión a la cubierta de vehículos. Uno de los hombres que indicaba dónde estacionar me vio y dijo:
—¡Vamos, mujer, no tengo todo el día! Bájese del camión para ponerlo en un lugar.
Cuando atracamos en Puerto La Cruz, los choferes descendieron para sacar sus vehículos; en ese instante me gradué de «camionera», lo saqué en retroceso, incluso me aplaudieron. A partir de ese momento conduje con mayor confianza.
Pasábamos por una alcabala; después me enteré de que era la «Alcabala de Clarines», pero yo iba tan distraída que no me di cuenta de que tenía que reducir la velocidad, momento en el cual el camión brincó tres veces. Un ruido estridente sonó de inmediato. Miré por el espejo retrovisor y vi a un guardia haciéndome más señas «que un perdido» para que me detuviera.
—¡Ay, señora Carmen, nos metimos en tremendo peo! —dijo Miguel.
—¿Por qué, Miguel? ¿Qué hice?
—Pasó la alcabala a mucha velocidad y lo que nos hizo saltar fueron “los policías acostaos”…
—¿Y por qué no me avisaste?
—Yo venía asustao. ¡Usted iba muy rápido!
Mientras, el guardia me hacía señas para que retrocediera. Al llegar, el hombre exclama:
—¡Ah carajo! ¿A quién tenemos aquí? Una mujer manejando camión. Es lo último que pensé que verían estos ojos.
—Señora, ¿usted no se dio cuenta de que estaba pasando una alcabala? ¿Para dónde va con tanta prisa?
—Voy para Caracas. Tengo que entregar el camión temprano.
—Deme la licencia y los papeles del camión.
Para ese entonces me gustaba inventar cuentos y le eché uno tan grande que me creyó y hasta lloró conmigo.
—Está bien, señora, la voy a dejar ir, pero en el futuro mantenga la mente sobre la carretera cuando maneje.
Más adelante nos paramos para comprar comida y luego seguimos con el viaje. Cuando debía parar en la carretera, los conductores de otros carros me miraban con sorpresa. Era raro ver a una mujer manejar un enorme camión por las autopistas en aquellos días.
Trabajadores de la compañía me esperaban a la entrada de Caracas para cambiar de vehículo. Debíamos subir hasta las Minas de Baruta y esa cuesta era muy difícil para una camionera novata como yo, ¡pero no importaba, yo había manejado un 750 desde Margarita hasta Caracas!
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia / Ilustración: Cesar M. Morales / RN













