En el marco de la celebración del Día Internacional del Libro, el Complejo Cultural Museo de Arte Valencia (MUVA) ha seguido enalteciendo las artes, dejando en sus espacios el calor y la pasión por celebrar a ese objeto fascinante: el libro. Allí se bailó, se jugó y se cantó en el “Ágora del Libro 2026: Tradición y Futuro Digital”, la palabra se elevó con la poesía y la narración. La magia se apoderó del lugar en una maravillosa fiesta a la cual todos fuimos invitados.
El sábado 25 de abril asistí al conversatorio “Escribir y corregir en tiempos de Inteligencia Artificial (IA)”, con el escritor Ramón Núñez miembro del equipo editorial de la página web del Diario Ciudad Valencia (ciudadvalencia.com.ve).
Para nadie es un secreto que la tecnología llegó para quedarse; por eso, nos toca montarnos sobre esa bestia y aprender a cabalgarla, con la esperanza de domarla a nuestro beneficio y con sentido positivo.
Allí se debatió sobre el abuso que ya se percibe en la escritura: se le indica un tema a la máquina y se le pide que desarrolle el texto. El moderador lanzó una pregunta al aire: «¿Es válido hacer esto?».
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De hecho, en algunos concursos literarios ya exigen que el material enviado esté libre de IA. Supongo que tendrán sus métodos para identificar lo que es una creación humana de aquello que viene «intervenido» por la IA.
Hablando de los estudiantes, no hace mucho tiempo —pero un tiempo que ya se nos hace lejano—, uno de los problemas que enfrentaban los profesores al asignar cualquier tarea era el tristemente célebre «copiar y pegar». Hoy eso pasó a la historia. Ahora se le pide a Chat GPT que haga el trabajo, que redacte a partir de los datos que se le dan; entonces ¿quién merece en verdad los 20 puntos en el salón?… y los educadores se llevan las manos a la cabeza y se preguntan: ¿Qué hacer?
Definitivamente, como nos decía el escritor Ramón Núñez, no podemos pelear contra la IA porque no ganaremos; así que habrá que aprender a utilizarla sin perder ese candor de quien escribe, manteniendo a sus musas, que son las que otorgan la sabiduría para la creación. De no ser así, desapareceremos como creadores de cuentos, historias y todo lo que la literatura nos permite ser.
Este conversatorio pica y se extiende. Espero que el MUVA continúe con estos encuentros educativos sobre la Inteligencia Artificial porque, hoy en día, debemos tener armas con qué enfrentar lo que se avecina.

Luego me fui a la sala María Luisa Escobar. Allí se le rindió homenaje a la trayectoria literaria de la escritora Laura Antillano. El acto estuvo muy concurrido por sus amigos, su hijo y por sus estudiantes, que lo somos todos. Los talleristas de quien llamo mi Cronopio Mayor, Ramón Núñez, nos acomodamos para disfrutar del momento. Entre ellos estaban Aminta Villaquirán, Ana Villaquirán, Rosa Sánchez y quien les relata, Carmen Pacheco.
El privilegio de actuar como moderador del evento lo tuvo el escritor Ramón Núñez, pupilo y amigo de nuestra Laura Antillano. Muchos tomaron la palabra para manifestarle su agradecimiento por tanta enseñanza; incluso alguno recordó cómo ella le dejaba la llave de su casa para que pudiera quedarse en aquellos días cuando se hacía tarde en el taller. Hubo hermosos relatos de su juventud junto a ella y de la fortuna de haberse cruzado en su camino.
Mientras tanto, el escritor Ramón Núñez compartió con los presentes un recuerdo que ya es parte de su historia personal con Laura Antillano: aquella ocasión en la que una taza japonesa se convirtió para él en «El objeto del deseo». Es una anécdota que el Cronopio Mayor relata con frecuencia al hablar de su gran amistad; ella, al escucharlo, siempre le regala una sonrisa.
Sentada en la primera fila junto a sus amigos de siempre, Laura se veía abrumada por tantos elogios y demostraciones de amor. Su hijo, Sergio Gómez Antillano, quien se encuentra realizando un documental sobre la vida de nuestra querida escritora, caminaba por toda la sala cámara en mano, sin perder detalle de lo que allí acaecía.
El encuentro dio para todo: se cantó, se recitó, se agradeció y, al final, llegó el momento de la foto con la homenajeada. Todos queríamos estar en ella.
— ¡Arrímense! —gritaron unos. — ¡Apretújense, que yo quiero salir! —pedían otros. — ¡No cabemos! ¡Los que puedan, arrodíllense! —gritó otro.
Y así, cada quien con la condición física que Dios le dio, hizo lo posible por entrar en el marco de ese maravilloso recuerdo: la foto con Laura Antillano.
Luego de ese hermoso momento, como siempre, las amigas nos refugiamos en la panadería de al lado. A falta de nuestra Amalhoa —que solía deleitarnos con su chocolate, bebidas y tortas dentro del MUVA—, terminamos allí para compartir las experiencias de esa mañana.
Éramos cuatro mujeres atendiendo el llamado de nuestra Casa Literaria. Fue como cuando el líder de la manada se sube a la piedra más alta y lanza un rugido al que no podíamos ser indiferentes; así de maravilloso fue acompañar a nuestros amigos en el rol que les tocó desempeñar.
Con ese sabor a letra húmeda, recién liberada, desando mis pasos satisfecha por el logro de, una vez más, llenar mi espíritu de cosas buenas, de alimento imperecedero.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia/RN













