Esta semana que acaba de terminar estuvo llena de actividades culturales. Esto indica que la comida para el espíritu fue adecuada. Hoy quiero compartir con ustedes una breve reseña de mi experiencia en la «Terraza Cultural» del Viñedo, en Valencia, Carabobo, en la que el colectivo «Mujerero» nos brindó un espectáculo de dos funciones.
Días atrás, gracias a la gentil invitación de mi amiga Yadira Sánchez, tuve la oportunidad de disfrutar de dos piezas maravillosas. En la primera, la agrupación teatral Sociedad Urbana nos cautivó con El condecorado, una obra de Alberto Ravara cuya adaptación, dirección y fuerza protagónica recayeron en el talento de Enrique Reyes.
La apertura, a cargo del reconocido bailarín Leandro Martínez, con su coreografía “Camino a la molécula”, funcionó como el preámbulo perfecto para lo que nos tenían preparado. Fue el inicio de una velada donde la agrupación Iyaguere Teatro presentó “La Ecorrebeldía de la Diosa de Sorte”, una pieza escrita por Daniel Dimauro, dirigida por Richard Morales y magistralmente interpretada por la actriz Andreína Testa.

DE LA MISMA AUTORA: ¿USTED TIENE O NO TIENE PALABRA, MAMÁ?
Hacía mucho tiempo que mi vida nocturna se había desvanecido, y retomar estos senderos culturales me ha permitido, junto a mis amigas, recuperar esos momentos de cine, teatro y el placer de compartir un café bajo un samán iluminado desde la raíz hasta la copa.
La Terraza Cultural es un lugar sumamente ameno. Allí me encontré con Ángela, una mujer encantadora dedicada al arte de los nudos: el macramé. Aproveché el encuentro para consultarle cómo confeccionar una cortina para un pasadizo de mi casa, a lo que ella, con sinceridad artesana, me respondió:
—Lo primero es el hilo. Tendrás que buscarlos en Colombia, porque vas a necesitar mucho y allá son más económicos.
En su puesto exhibía atrapa-sueños, árboles de la vida, zarcillos y pulseras; cada pieza más hermosa que la anterior.
—Escoge lo que te guste, no son caros y tenemos pago móvil —me dijo ella, mientras yo observaba los distintos tipos de artesanía que se desplegaban en el lugar.
De pronto, una voz anunció el inicio de la función:
—Señores, ya vamos a empezar, así que apertréchense con jugos, cervezas y pasapalos para que no se pierdan nada de las obras que hoy les presentamos.
—¿Quieres una cervecita, Carmen? —me preguntó Yadira.
—Sí, amiga, aquí está haciendo mucho calor.
—¿Y tú? —le preguntó ella a su esposo.
—Bueno, si me tomo una cervecita retomo los antibióticos mañana —respondió él, y todos soltamos una carcajada.
Al sonar la campana que indicaba el inicio de la obra, todos en silencio nos preparamos para disfrutar el momento.

Sale a escena un hombre joven con una vestimenta de otros lugares y otras épocas. Al principio no entendía sus movimientos, pero lentamente fui reconociendo su mensaje. En cada giro y contorsión un suspiro de emoción abrazaba a los presentes. Los aplausos y una ovación de pie no se hicieron esperar. Su rostro complacido por ver que había gustado, no dejaba de sonreír.
La siguiente presentación no se hizo esperar: El condecorado. La majestuosidad de Enrique Reyes durante todo el acto estuvo cargada de una impresionante fuerza histriónica. Su verbo, claro y preciso, nos condujo a través de la vida del trabajador y sus carencias, logrando que el público se sintiera identificado con las vicisitudes del día a día.
Cerraron con la obra “La ecorrebeldía de la Diosa de Sorte”. Una joven y menuda mujer fue la encargada de representar, nada más y nada menos, que a la propia Diosa de Sorte. La energía que imprimió en cada escena lograba transmitir la presencia misma de María Lionza. Sorprendió su facilidad para interactuar con varios personajes simulados a través de títeres; su versatilidad en los cambios de voz y la animosidad con la que seguía el guion me hicieron comprender que estaba frente a una semilla que, tras ser sembrada, germinó con asombrosa rapidez. Hoy la vemos desdoblarse en múltiples personajes dentro de una misma obra. Es, sencillamente, para quitarse el sombrero.
Los responsables de la escenografía también deben recibir aplausos. Consiguieron simular un arroyo con telas de tal manera que, cuando ella le estaba hablando al río, parecía que el agua se desbordaba entre sus manos y en otra ocasión pude observarla sumergirse en él.

La atmósfera se tornó tan eléctrica que incluso la naturaleza quiso participar. Una joven entre el público sostenía la correa de su perro, quien, contagiado por la intensidad de la escena, respondía con ladridos amenazantes cada vez que los actores elevaban la voz. Era como si el animal, incapaz de distinguir la ficción de la realidad, intentara defender el espacio ante la fuerza arrolladora de los diálogos.
Por lo demás, la noche resultó plácida y revitalizante. Es por ello que hoy escribo estas líneas, con la ilusión de promover a nuestros actores y de alentar a los escritores que mantienen su pluma lista para crear nuevas piezas teatrales.
Mi agradecimiento especial al actor y promotor de este espacio en «La Terraza Cultural», Jairo Chafa (@jairo_chafa), por haberse comprometido con esta valiosa tarea. ¡Felicitaciones! Y, por supuesto, gracias a mis amigos por permitirme disfrutar, junto a ellos, de esta hermosa velada.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia/RN/Fotos CP













