Para ir a Valencia dispongo de varias opciones; la más frecuente es el autobús. Es por eso que, un día antes, voy preparándome mentalmente porque la experiencia siempre es similar: los apretujones o el repentino asomo de «la mano que mece la cuna», ante la cual hay que saber cómo reaccionar.
Como siempre, el autobús estaba «hasta los teque-teques», pero pude subir. Me escurrí por las rendijas que dejaban aquellos cuerpos apiñados. Cual guabina, me deslicé entre caderas, espaldas y sonrisas que viajaban hacia Valencia.
—¡Señores, muévanse hacia atrás! —gritaba el colector mientras se abría paso entre la gente.
Una chica que estaba cerca de mí tenía un morral grande. Por la manera en que lo llevaba, parecía que contenía cosas muy importantes, aunque me oprimía las costillas.
—¡Buenos días! ¿Por qué no colocas tu morral aquí? —le decía mientras le indicaba dónde estaba el mío—. Así podrás descansar.
—¡Hola! No, gracias. Imposible dejarlo ahí porque seguro se me olvida y debo entregar estos «nutrientes» sin falta hoy.
—No creo que se te vaya a quedar —comentó entre risas.
—Ya me sucedió una vez y para recuperar el bolso hubo que correr. No, mejor lo llevo aquí —respondió ella mientras se lo terciaba hacia el otro lado al ver que me incomodaba.
—Este sitio es el adecuado para poner lo que nos estorba, como este hombre que se me está pegando… ¡Dan ganas de envolverlo en celofán con los pies pegados a la cara!
Ambas soltamos la carcajada, mientras yo le daba un codazo al susodicho para que dejara la vaina.
Al llegar a la parada de Metrópolis logramos sentarnos juntas.
DE LA MISMA AUTORA: ¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL A LA IA?
—Yo trabajo con los Derechos Humanos en Tinaquillo —me comentó—. Además soy peluquera, vendo nutrientes y tengo tres hijos: dos niñas, de nueve y quince años, y el varón, que es el mayor, de dieciséis. Es por eso que debo tener varias ocupaciones que me permitan mantenerlos.
Desde que el varón tenía meses de nacido, su papá quería quitármelo; yo me había separado de él estando embarazada. Aquello fue una lucha. Gracias a mi labor en la oficina de Derechos Humanos en Tinaquillo, recibí asesoría y me explicaron mis facultades como madre recién parida.
Cuando el niño iba para los tres años, la presión era tanta que, en un momento de angustia, le dije al padre que se lo entregaría cuando cumpliera los trece. A mí me parecía que para esa edad faltaba una eternidad, así que seguí con mi vida de trabajo y crianza.
El papá de Jefferson no es el mismo de las niñas. Era tal la obsesión por su varón que lo llevaba a todas partes, siempre regresándolo en el horario establecido.
Flores ejerce la mecánica y, por qué no decirlo, es un buen profesional y buen padre. Por las mañanas buscaba a Jefferson para llevarlo con él. Allí, entre mangueras, grasa, bujías, motores y diversos repuestos, supongo que el niño le tomó gusto a reparar motos y uno que otro automóvil. Llegó un momento en que los clientes pedían que fuera el joven quien revisara su vehículo; para ese entonces, apenas tenía doce años.
Hasta que un día, mientras tomábamos café por la mañana, el muchacho se me acercó y me dijo que quería hablar conmigo.
—Mamá, usted siempre me ha dicho que cuando cumpla los trece años podré ir con mi papá, y que cuando uno empeña la palabra debe sostenerla.
—Claro, hijo, así es como debe ser.
—Bueno, mamá, hoy cumplo trece años y me quiero ir con mi papá.
Para ese momento, su padre se había mudado a Perú. No había caído en la cuenta de que mi niño, aunque apenas comenzaba la adolescencia, ya era un hombrecito hecho y derecho. Aquella angustia de cuando tenía tres años regresó a mi corazón.
—¿Usted tiene o no tiene palabra, mamá?
El mundo se me vino encima, pero debía sostener lo prometido, con todo el dolor de mi alma. Ese muchacho nunca olvidó mi compromiso y hoy me lo cobraba. Allí comenzaron las carreras para tramitar sus documentos.
Un día, muy cerca de su viaje, andábamos en el autobús con un morral parecido a este, con todos sus documentos ya sellados adentro. Como siempre, la unidad iba repleta y, para viajar más desahogada, puse el bolso en ese espacio que usted me indica. En nuestro afán por llegar al destino nos bajamos, y el autobús arrancó. Me quedé mirando al hijo a la vez que observaba mis manos vacías, ¡Jefferson, el morral!
Salí corriendo para intentar alcanzar el autobús, pero fue imposible. Busqué el número del terminal de esa línea y les expliqué lo sucedido. Al voltear, mi hijo ya no estaba; supuse que se había subido a la unidad que venía atrás.
Cuando volví a verlo, ya eran las dos de la tarde.
—¡Muchacho! ¿Dónde te metiste? —le pregunté.
—Me regresé a la casa, agarré la bicicleta y me fui hasta la sede de la línea. Al llegar, ya me estaban esperando porque tú habías llamado —reía mientras me mostraba el bolso con todos los documentos intactos.
—No te preocupes, mamá —me decía, sentándose muy cerca de mí—. Me irá estupendamente. Me criaste con buenos principios y te voy a ayudar en cuanto comience a trabajar; no te voy a dejar sola. Es demasiado lo que haces por nosotros tres y muchas veces te olvidas de ti misma.
Lo abracé y nos pusimos a llorar; de aquello hacen ya dos años. Hoy trabaja en el taller de su papá y estudia mecánica. No me agrada que me envíe dinero porque sé que él lo necesita, pero resulta imposible negarme y cada mes recibo ese aporte que me ayuda a seguir adelante.
Allá, Flores y sus parientes —porque él es peruano, olvidé mencionarlo— están muy pendientes de Jefferson. No le falta nada y, por lo que ambos me cuentan, se encuentra a gusto con su oficio y con todo lo que está viviendo. Eso me brinda serenidad, aunque lo extrañe muchísimo.
Así concluyó el relato de ese hijo al que tanto añora.
Le comenté que escribiría sobre ella y su hijo, y le agradó la idea. Llegó a su parada y nos abrazamos en medio del estrépito:
—¡Cuidado, señoras! ¡Muévanse, no se atraviesen!
Casi me saca de la unidad la marea de gente que quería bajar. Cada viaje es una historia; cada autobús, una crónica digna de ser contada.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia/RN













