Mohamed Abí Hassan-taller de cine-Edgar Narváez

Continuando nuestra travesía cinéfila en torno a la irrupción del cine en el barrio, con su gente, sus calles y su día a día, cabe traer a colación la actividad realizada el pasado domingo en la Base de Misiones “Los Guamachos”, enmarcada en  la celebración de los 128 años del cine venezolano.

Allí tuvimos oportunidad de compartir con la comunidad de Guamacho, para lo cual contamos con la colaboración de Ronny González, director de Imcudi; Eileen Medina, moderadora del evento; José Gutiérrez, por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura (MPPPC), representante de la Base de Misiones, entre otros.

Abrimos este compartir con la proyección de los documentales Hombre X” y “Guamacho en la memoria de Pablo Arana…”, ambos seleccionados para participar en la muestra realizada recientemente por el Museo Cinematográfico de Venezuela (Mérida).

 

cine comunitario-Mohammen

 

Luego de pasar los cortometrajes, se realizó un cine-foro con los vecinos de esta populosa barriada, donde el discurso narrativo se centró en la importancia del Cine Latinoamericano o Nuestro-Americano, frente al Cine Norteamericano representado por la industria cinematográfica hollywoodense.

Es decir, nuestro Cine de Resistencia, catalogado de insurgente”, “subversivo” o “ñángara”, versus los grandes estudios cinematográficos de Hollywood, destinados a divulgar e imponer un cine de dominación, encubierto con la fachada de industria de entretenimiento y forma de arte, consolidado mundialmente como uno de los más poderosos  artefactos culturales, alienante y neocolonialista  del mundo.

 

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Apuntamos que nuestro discurso motivó la intervención de los vecinos presentes respecto al hecho cinematográfico y su papel en la guerra cognitiva, como medio de propagar e imponer ideas, actitudes y comportamientos a través de la representación de imágenes en la gran pantalla, hasta formar una visión estereotipada que refleja los valores del sistema de vida estadounidense por medio de la caracterización física y social de escenarios y personajes, imponiendo de esta manera su cosmovisión eurocéntrica, racista y clasista.

Otra cuestión en la que se hizo énfasis respecto a la realización de los documentales, fue la de no haber necesitado efectos especiales, ni actores o actrices, guapos o guapas, sino que fue la gente del barrio, esa que sufre, que vive y que elocuentemente se expresa con sus gestos, con sus ojos, con su mirada, acerca de la problemática de su entorno social, la que finalmente se vio retratada en la gran pantalla, pero esta vez haciendo las veces  de protagonistas, de héroes, es decir, de “los muchachos de la película”.

 

 

En comparación, lo contrario de las confortables condiciones  construidas desde los grandes estudios  de filmación de Hollywood, tan lejos de los acontecimientos que representan, personificados por actores profesionales que gozan de lujosos vestuarios y artificioso decorado y escenografía, aunado a un abundante presupuesto para lograr el producto fílmico final “Made in Norteamérica”, que nos han acostumbrado a consumir como atractiva y placentera mercancía acondicionadora de la psiquis colectiva, suerte de antesala ante futuras invasiones y exterminio de países contrarios a su alienante ideología, propagadora  del capitalismo salvaje.

Al respecto apuntamos a modo de reflexión crítica:

 …Desde su surgimiento, los medios de comunicación han tenido como una de sus funciones principales divulgar una determinada visión del mundo entre la audiencia. En algunos casos, el impacto social que han tenido ha sido tal que se han llegado a generar reacciones colectivas. Quizá el caso más sonado y que aún se recuerda se dio en Estados Unidos en 1938, cuando Orson Wells logró evocar, de una forma casi magistral un sentimiento de pavor e histeria colectiva al transmitir en la víspera de Hallowen, por CBS Radio, una adaptación de la novela de H. G . Wells, La guerra de los mundos.

 

Orson Wells

 

Esto reveló el poder de persuasión e influencia que tenían los medios de comunicación, e inició una eficaz forma de sembrar el temor ante el otro.

Unos años después, la industria cinematográfica de Hollywood empezó la labor de difundir el pánico con tintes sociopolíticos. Películas como War of the Worlds (Haskin, 1953) e Invasion of the Body Snatchers (Siegel, 1956)-filmes de ciencia ficción sobre seres extraterrestres-propagaron entre la sociedad estadounidense un recelo e incluso una paranoia ante lo ajeno, ante el de afuera, que servían de analogía y avivaban las pasiones anticomunistas de la época.

Hollywood ha sido la industria cinematográfica que por más de un siglo ha conseguido con mayor éxito distribuir sus contenidos-ya no solo películas, sino incontables productos mediáticos-. Esta hegemonía ha sido continuamente criticada tanto en la academia como en la política por considerarla un imperialismo cultural por medio del cual las ideologías e instituciones político-sociales, conceptos morales, ideales sociales y de belleza, así como productos producidos por industrias norteamericanas, son normalizados y puestos como objeto de deseo e imitación para el resto del mundo…

 

 

El imperialismo cultural de Hollywood ha hecho que las películas y otros productos mediáticos producidos fuera o por personas no surgidas profesionalmente ahí, estén reflejando el estilo de producción, los argumentos y los discursos hollywoodenses”, según lo reseñado en “La ficción  de la inclusión cultural en el cine Hollywoodense: Babel y la reproducción de estereotipos culturales”.

 

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Otra cuestión que compartimos con la variada audiencia conformada por obreros, amas de casa, jóvenes estudiantes, adultos mayores y cultores, tuvo que ver con la historia del Séptimo Arte, remarcando el hecho insólito de que, apenas un año después de la aparición del mágico invento, el 28  de diciembre de 1895, con la función de los hermanos Lumiere, en un café de París, Francia, de las películas Salida de trabajadores de una fábrica y La estación de tren, el cine llega a Venezuela el 11 de julio de 1896 a través del empresario, Luis Manuel Méndez, quien importa de Nueva York un vitascopio o cinematógrafo, y el 28 de enero de 1897 se proyectan en el Teatro Baralt de Maracaibo las dos primeras películas venezolanas, Célebre especialista sacando muelas en el Gran Hotel Europa y Muchachas bañándose en el Lago de Maracaibo, cuyo rodaje estuvo a cargo de Manuel Trujillo Durán, no obstante la discrepancia de algunos investigadores respecto a la fecha y sus protagonistas.

 Igualmente, resultó oportuno destacar ante la populosa audiencia presente en la actividad que en Nuestra América los cortometrajes de los hermanos Lumiere fueron presentados por Gabriel Veyre, cineasta y fotógrafo francés quien trabajó para estos como operador del cinematógrafo en un extenso recorrido que abarcó diversos países como México, Cuba, Panamá, Colombia y Venezuela.

“A Gabriel Veyre se deben las primeras imágenes en movimiento de la memoria latinoamericana, realizadas entre julio de 1896 y octubre de 1897. De inmediato el apasionante invento del que ni sus propios inventores pudieron sospechar su trascendencia, despertó curiosidades y no pocas vocaciones locales que se tradujeron en intentos felices a veces o malogrados otras, según el talento y condiciones de cada cual, de cada circunstancia. La curiosidad, el interés y las vocaciones fueron alimentándose progresivamente en los años sucesivos con los nuevos y más elaborados materiales fílmicos que llegarían de Francia, Italia, Dinamarca, Suecia, Estados Unidos, Alemania…

No pocos  entusiastas comprarían cámaras tomavistas de fabricación francesa o norteamericana, a la vez que fueron improvisados elementales foros de filmación y los primeros laboratorios de revelado. Así fueron captadas innumerables escenas de la vida cotidiana  de los pueblos latinoamericanos y se elaboraron guiones basados en hechos reales o ficticios.

A la par que se fomentaba el reconocimiento del cine como una nueva manifestación del arte, aparecieron cronistas y publicaciones cinematográficas locales, mientras se incrementaba, a un ritmo insospechado, el establecimiento de agencias distribuidoras de películas y salas de exhibición. No era necesario ya persuadir a nadie que el cine había llegado para quedarse.

 Se cuentan por miles  los filmes de corto, mediano y largometraje realizados en América Latina en las tres (primeras) décadas del siglo XX; el período llamado “del cine mudo”, el menos documentado de la región”, remata el texto que citamos del libro CINE LATINOAMERICANO (1896-1930),  publicado en 2014. Investigación y estudio realizado por la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y las cinematecas de América Latina y el Caribe.

En esta ronda cinéfila relacionada con el barrio y su gente como protagonista, encontramos también en los años ‘60 documentales que dejaron su impronta en la historia de la filmografía nacional, como el filme La ciudad que nos ve (1965), de  Jesús Enrique Guédez (Puerto de Nutrias, estado Barinas, 1930-Caracas, 2007), poeta, pionero del cine documental y primer presidente de la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos (ANAC).

En La ciudad que nos ve nuestro cineasta aborda las condiciones de vida en los barrios caraqueños durante los gobiernos de la cuarta República, donde sus habitantes sufrían los males representados por el desempleo, el analfabetismo, la marginalidad y la extrema pobreza, todo ello sin esperanzas de cambiar su deplorable situación. A través de las imágenes, Guédez logra magistralmente transmitir toda la violencia que engendra la injusticia reinante en los cerros de “mi pobre gente pobre”, parafraseando la canción.

Así, sucesivamente le siguen los filmes Los niños callan (1970) y Pueblo de lata (1973), que completan la trilogía que consolida a Jesús Enrique Guédez como uno de los grandes realizadores del cine de denuncia en Venezuela.

Recuerdo que Pueblo de lata la proyectamos a finales de la década de los ‘70 en varios sindicatos de San Joaquín y Guacara, siendo sorprendidos en pleno cine foro por la Disip adeco-copeyana, que nos amenazaba con decomisar el proyector de 16 mm y los rollos de celuloide, abuso de autoridad que no lograron materializar por la oportuna mediación de los obreros.

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Finalmente celebramos en esta gran fiesta del cine nacional que nuestro documental Hombre X” haya cumplido 14 años dando lata, tanto en Facebook como en diversos escenarios, gracias a la receptividad que ha tenido este poema llevado al celuloide por un grupo de cinéfilos conformado por Domingo Tovar, Pablo Arana, Jhonny Hernández, Key Pinto, John Koko, Javier Rodríguez y quien suscribe, quienes un día nos embarcamos en esta quijotada y hasta apostamos a repetir la hazaña produciendo también, casi de la nada, por pura magia, el cortometraje “Guamacho en la memoria…”, con el osado fin de llevar la historia del barrio a la gran pantalla para que su gente se viera retratada en ella, gracias a la magia de esta fábrica de sueños.

Avizoramos que donde quiera que los pueblos se encuentren dispuestos a identificarse con este arte de soñar con los ojos bien abiertos, ¡el cine habrá llegado para quedarse!

(Continuará). ¡Salud, Poetas!

 

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Mohamed Abí Hassan (El Tigre, 1956). Poeta, artista visual y editor independiente. Licenciado en Educación, Mención Artes Plásticas (cum laude), por la Universidad de Carabobo (UC). Ha ejercido la docencia en la UC y en la Universidad Arturo Michelena. Ha sido colaborador en las revistas Poesía y La Tuna de Oro (UC). Primer Premio II Bienal de Literatura Gustavo Pereira, Mención Poesía 2013; Primer Premio IV Bienal de Literatura José Vicente Abreu, Mención Poesía 2016; Primer Premio Concurso Nacional del II Festival 3.0 de Historias Comunales Ramón Tovar (2022).

Formó parte de la Comisión Rectoral del Encuentro Internacional de Poesía de la UC. Coordinó el Taller de Formación de Cronistas Comunales en Mariara, estado Carabobo, auspiciado por el Minci, la Revista Nacional de Cultura y el Centro Nacional de Historia. Actualmente se desempeña como facilitador de talleres de iniciación en la creación literaria, así como talleres sobre patrimonio histórico.

 

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