“Dices que el joyero joyó el excusado,
y el perezoso muerto preguntó
si el cambur está pelado.
¡Por Venus, Amanaú! En tu pueblo
se entierra al vivo con lógica de muerto
y al joyero lo linchan… por el verbo incorrecto.”
DS
Comentario a la manera de Catulo en recuerdo a José Carlos de Nóbrega
Ah, querido Angulo, permíteme que me ajuste la toga y afile el estilete, que aquí hay tela para bordar una risa amarga.
He aquí que me presentas un tríptico delicioso, un menú de la flojera divina, el hambre castiza y la joyería escatológica, y esperas que, cual Catulo en sus peores (es decir, mejores) días, le arranque una sonrisa a la mueca de la muerte y un epigrama al ojo del culo.
Empecemos por el prócer de la modorra, ese Lázaro que no quiere levantaros del camastro ni aunque le ofrezcáis el paraíso en un cambur. ¡Por todos los dioses perezosos del Olimpo! El hombre, con el hambre silbándole ya en los huesos como un viento de páramo, aún tiene el cuajo de preguntar por el servicio de peeling incluido. No es un muerto de hambre, es un sibarita del ayuno, un gourmet de la nada. “¿Están pelados?”.
Es la pregunta más exquisita y demoledora que he oído jamás. Que siga el entierro, sí, y que nos entierren a todos con él, que este mundo es una fatiga constante de pelar frutas y despertarse temprano. ¡Bravo por el difunto, que se llevó su coherencia a la tumba sin mancharse los dedos!
Luego, el poeta toma la palabra, y su declaración de amor a la Vagancia es mi nuevo Carmen y mi nueva Biblia. ¡Cómo gozo verte, oh Poeta, “tortuga de Aquiles llegando de primero”! ¡Toma esa, Zenón, y tú, capitalismo salvaje! Pasar el caramelo entre pieza y pieza del dominó es la única respuesta digna a la “energía” de los burros, a la avaricia de los usureros y a la libido de los tonsurados.
Tu diosa Pereza tiene más altares en mi alma que todos los santos del santoral. Y esa coda final, digna de un oráculo: “si la consigo amarrada, mejor”. Es la guinda de la indolencia, la sabiduría suprema del que sabe que la verdadera cacería es el botín que ya descansa en el morral. Amén.
Y ahora, la guinda del pastel, ¡la “Joyería”! ¡Por las bragas de Lesbia, que esto es una filigrana! Un cuento cruel y humorista, como bien reza el anuncio, que nos arrastra del equívoco más brillante al origen más puerco. El joyero no trabaja el oro, no; trabaja la arcilla primordial, la que luego fecundamos con nuestras miserias. Me desternillo de risa, una risa tan negra como la boca del excusado, con el testimonio del pollito: “ese no fue, fue el que joyó el escusao”. ¡La pureza de la prueba, la inocencia que surge del malentendido etimológico! No hubo hurto de gallina, hubo un artista del hoyo, un orfebre de la letrina, confundido en la homonimia miserable de este idioma que nos traiciona.
Y luego, para coronar, tu nota al pie, mi docto amigo, donde rescatas la “j” aspirada de las fauces latinas. Ahí, en ese soplo que viene de fovea, en ese aliento de tierra removida y mierda ancestral, es donde la verdadera joya brilla. El verdadero tesoro es que nuestra fina joyería, la del Anillo y el Collar, comparte cuna sonora con el agujero donde van a parar joyas de otra alcurnia. Es un hallazgo digno de la filología más soez y sublime, una que haría a Catulo mesarse sus rizos y aplaudir con las sandalias.
Así que, brindo por ti, Luis Alberto, y por tu tropa: por el Perezoso Inmarcesible, por la Vagancia Divinizada y por el Joyero Excusado. Habéis convertido la mierda en filología, la flojera en teología y un cambur sin pelar en el más contundente argumento para darse por vencido. ¡Ole por vosotros y por el pueblo de Amanaú, donde los entierros son tertulias sobre la presentación de la fruta!
DEL MISMO AUTOR: POETAS EN VALENCIA: LAURA ANTILLANO

El perezoso
Contaban en mi pueblo
que hubo un hombre tan flojo
que se estaba muriendo de hambre
porque ya nadie quería darle nada.
Los vecinos decidieron enterrarlo vivo
y cerca del cementerio
un curioso preguntó
sobre lo que acontecía. Conmovido por la historia
ofreció darle un racimo de cambures
y el perezoso preguntó: ¿están pelados?
Al saber que no el individuo exclamó:
¡que siga el entierro!
Poema del perezoso
Yo que nunca trabajé
y fui abochornado
por los burros de la energía
por farsantes y burócratas profesionales,
por políticos desalmados
y sacerdotes libidinosos
y usureros; yo que degluto un caramelo entre pieza
y pieza del dominó
sobre la mesa
que he sido la tortuga
de Aquiles llegando de primero;
declaro a la vagancia como don
divino y a la pereza
la diosa de mi cielo.
Coda:
A quienes criticaron
por velar la presa
respondió “si la consigo amarrada mejor”
Joyeros
El cuento de la letrina
humorista pero cruel,
en Calderas de Barinas
lo contó Neco Rangel.
Fue declarado inocente
un joyero en Barinitas,
acusado injustamente
de comerse una pollita.
En este cuento veguero,
en Calderas de Barinas,
pusieron preso al joyero
por robarse una gallina.
Le dieron una paliza
sin lograr que confesara
el delito que con prisa
la pollita lo acusara.
Confrontando a la testigo
con el único indiciado:
“ese no fue”, ella les dijo,
“fue el que joyó el escusao”.
Hoyaban en el solar
la letrina o el excusado,
un hueco para expulsar
más excretas que ganado.
A quien hoyaba la tierra
también llamaban “joyero”,
en la mudez que se pega
a la jota del recuerdo.
Nota de pie de página:
El término «joyero», tal como se emplea en esta crónica, designa al oficio de cavar hoyos. Su escritura con «j» rescata la antigua aspiración de la f inicial latina (fovea > hoyo), un sonido que la evolución del castellano convirtió en la actual h muda, pero que persiste vivo en el habla rural y veguera.
(Fuente: Basado en la fonética histórica documentada por la Real Academia Española).
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Luis Alberto Angulo (Barinitas, 1950). Poeta, coautor de Viento barinés (UC, 1977), y autor de las compilaciones: Antología de la casa sola (Fundarte, 1982), Fusión poética (UC, 2000), La sombra de una mano (2005), Antología del decir (2013), y Coplas de la edad ligera (2023) en Monte Ávila Editores. También de LAAR’S POÉTICA (Ciudad Valencia, 2026).
Ciudad Valencia/RN












