Hay personas que amasan al arte con sus vidas, en muy pocas ocasiones se puede palpar el sentido contrario: amasar la vida con el arte. Pero si alguien quiere ver que esto último es posible, solo tiene que ver el trazo de amor al arte que Laura Antillano ha dejado sobre el suelo simbólico y geográfico del país. Ella es una artista en todos los posibles significados que se desplieguen de esta palabra; no solo en la escritura, también en el cine, el teatro…
Si alguien quisiera saber de qué manera una vida se aloja en la escritura, y ambas, vida y escritura, se dan formas, se determinan y se acercan cada vez más hasta constituir una sola manifestación de la realidad; solo tendría que dar una ojeada a la vida de Laura Antillano. Porque a través de esta entrega tan profunda y tan constante al universo literario, podemos darnos cuenta de que el cuerpo también escribe, siendo este el fin último de la literatura, es decir, lograr que el cuerpo escriba o se manifieste como texto, ya que él, el cuerpo, ha venido ampliando sus percepciones. Pienso, sin temor a equivocarme, que Laura Antillano tiene rato que subió a ese escalón, paradójicamente, el escalón más profundo.
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La autenticidad es un sentido de vida, un taller permanente que se repara a sí mismo con el fuego imaginario y la pesadilla de la realidad, una fusión que da como resultado la continuidad de la literatura; en el caso de Laura Antillano, la de una excelente literatura. Ella tiene el don de casarse con los géneros literarios y que estos se rinda a sus manos, se conviertan en caballos que se dirigen hacia lo inmortal fustigados por su capacidad de arrancarle verdades a las palabras, por su terca calidad literaria, y por esa manera tan especial de capturar la realidad social e histórica y transformarla en novelas, cuentos, guiones de películas para cine y televisión y artículos periodísticos.

Cómo olvidar, por ejemplo, el comienzo de Perfume de gardenia: “La abuela ha muerto y yo tengo ocho años. Es diciembre y en su cuarto sigue puesto en la pared el Corazón de Jesús y el cuadro largo de las ninfas en el agua”. Un comienzo directo, fuerte, un comienzo que plantea el núcleo de todo lo que viene después. ¿Quién puede dudar de que exista en su escritura un dominio de la técnica de narrar donde ella vacía su particular modo de vivir y entender el mundo? Por cierto, en casa teníamos una copia de ese cuadro de las ninfas, un cuadro que anduvo en casi todas nuestras mudanzas. Es una novela cercana desde el mismo inicio, porque ¿a quién no se le muere la abuela o el abuelo cuando aún goza de la infancia?
Alguna vez yo anduve en los vuelos de sus letras, allá, en su casa de Naguanagua, una casa llena de matas, cuadros y esculturas. Nos sentábamos en una mesa larga situada en el patio y se leía y discutía en torno al hecho de escribir cuentos y poemas. Era genial estar allí sentado ante una inmensa escritora; como siempre y, al igual que me pasó en muchas ocasiones con el maestro Pérez Só, yo callaba y aprendía, porque mi ignorancia me desbordaba. Sin embargo, en casa de Laura se respiraba un grato Perfume de gardenia, quizás, si hubiese puesto más atención al entorno que se escondía en lo aparente, hubiese visto a mi héroe preferido de la infancia: Santo el enmascarado de plata, a quien Laura le dedicó una novela infantil en la que muy bien yo hubiese podido ser Emilio, el niño que andaba buscando al superhéroe. No sé cuántas veces he escrito y dicho que Santo marcó mi infancia y que cuando usaba su máscara yo tenía realmente superpoderes.
Tiempo después, Laura asistió al bautizo de mi primer libro de cuentos titulado Chismarangá, en la Librería del sur, allá en Puerto Cabello, más o menos en el año 2006. No, no se me quitó el miedo, tenía mucho más. Temía que ella me dijera, está bien como ejercicios de escritura, pero no te acostumbres a escribir así; no obstante, obtuve un gran premio, una docena de líneas que ella le escribió a mi libro en donde resaltaba:
Arnaldo Jiménez, autor de anteriores publicaciones, se decide por el lenguaje de lo doméstico, el túnel del conflicto cotidiano, la dualidad del agua y el vinagre de las relaciones humanas. Incursionar en la fragilidad de ese bosque de hilos cruzados hasta donde pueda soportarse la “Chismarangá”, palabra que le da título a su libro, nacida justamente de la curiosidad por el habla coloquial y sus bifurcaciones. El habla de Puerto Cabello es la red conductora de estas historias que se entrelazan para darnos el mosaico de toda una comunidad, el acontecer de lo inmediato y lo pasado, la definición de personajes nace del descubrimiento que hace el escritor de esa dimensión metafórica de la lengua inscrita en las fórmulas más pedestres de la lengua en su caracterización dialectal. Jiménez hace sociología y literatura en estos textos que nos devuelven, tras pasar por el tamiz de la percepción del escritor, la riqueza circunstancial de un habla que encierra en su memoria ontológica los enigmas fundamentales de la vida del grupo.
Pido disculpas por aprovechar este espacio para mostrar ese tesoro que tengo guardado desde hace veinte años; pero, precisamente, esta cantidad de años lo que hace es subrayar mi admiración por ella. Yo salí de la librería saltando como cuando de niño me encontraba una cartera con dinero y salía corriendo a decirle a mi mamá. Laura, tus méritos literarios todos los conocemos; sabemos de tus incursiones en el cine, la radio, la televisión; sabemos de tus premios, que eres Premio Nacional de cultura mención Literatura; conocemos que en tu sangre hay células del gran Armas Alfonso; pero yo quiero decirte algo más del corazón, quiero mencionar tu desmesura de alma, la expansión de tus hermosas obsesiones en la sangre de otros, como yo, por ejemplo.
Mucho tiempo después volveríamos a encontrarnos en ese evento maravilloso que ella sostuvo por espacio de muchos años: Encuentro internacional con la literatura infantil y juvenil. Tuve el privilegio de participar en varias ocasiones, invitado por Laura. Una forma más que ella inventó para acercar a los niños y a los docentes a la literatura y, por tanto, a incentivar la lectura, ya que todos los escritores e ilustradores participantes, visitaban una escuela o un liceo y sostenían conversaciones con los estudiantes, maestros y profesores.
En Puerto Cabello ese encuentro con el audiovisual y la literatura infantil era toda una fiesta. Se convertía en un puente para que diferentes escuelas y, por supuesto, sus estudiantes y maestros, convocaran a la solidaridad, el trabajo en equipo y se motivara la pasión por la enseñanza y la literatura. Tantas estrategias se crearon, tanta convivencia; la visita de los escritores a las escuelas fue un punto fuerte a favor de esta fiesta. Recuerdo que en el colegio Luisa Cáceres de Arismendi, Fe y Alegría, recibí una de las más grandes regalos de mi vida como escritor.

Mi forma de impartir clases en la escuela básica tomó una ruta marcada por varios autores: Simón Rodríguez, Paulo Freire, Rafael Cadenas (En torno al lenguaje, 1984) Edgar Morin y Laura Antillano con: ¡Ay!, qué aburrido es leer (1991). En este último caso tenía la experiencia pedagógica directa desde escuelas rurales y urbanas en donde Laura dejaba claro la ausencia casi absoluta de la enseñanza de la lectura por placer como una forma de elevar la inteligencia emocional y creativa, tanto en estudiantes como en docentes. Por ello decidí apuntar a lo que más importa: la lectura y escritura como herramientas básicas para la sobrevivencia.
Sin duda, pese a que nuestra escritora ha incursionado en otros ámbitos del arte, como ya dije, es la escritura el escenario privilegiado donde ella ha extendido su sensibilidad ante el otro y ante sí misma, esto se puede palpar en toda su obra literaria, pero, en esta oportunidad, me gustaría resaltar su preocupación por generar hábitos lectores, la crítica a la escuela en tanto que ente que no propicia tal hábito, en obras ensayísticas como la que señalamos antes: ¡Ay!, Qué aburrido es leer. El hábito lector y el cuento de la infancia (1991), y Apuntes sobre la literatura para niños y jóvenes (1997); entre otros.
Sin embargo, Laura Antillano no se ha conformado con todo ello, si no que ha utilizado el artículo de prensa para enfocarse en diversos aspectos sociales que van desde la denuncia social, su posición ante la masacre al pueblo palestino y, por extensión, a la creciente indiferencia de los seres humanos, y de cómo en el sistema capitalista la vida es una mercancía más que se desecha. Me estoy refiriendo a una labor que ha sido constante en nuestra escritora en muchos periódicos y revistas del país, entre los cuales, recientemente, podemos contar al Diario Ciudad Valencia.
La Palmera Luminosa se ha convertido en una tribuna en la que podemos pasear por diversos temas presentados con frescura literaria y con certeza en los argumentos cuando ejerce la crítica social y política. En estos artículos se registra el hacer cultural de la ciudad, Laura celebra las diferentes manifestaciones del arte que, en definitiva, es el corazón que sostiene y reproduce los latidos de los seres humanos. Por tanto, los invito a este archivo citadino, donde nuestra autora ha escrito de otra manera nuestra historia como cuidad y como país. Allí, ustedes también subirán a ese profundo escalón en el que ella se encuentra.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021). (Tomado de eldienteroto.org)
Ciudad Valencia/RN










