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“Carta a la nostalgia”… Muchas veces he querido escribirte para agradecerte y reclamarte algunas cosas que han venido sucediendo desde que te has unido al recuerdo, tanto de compañías vivas como de compañías muertas. Ese silencio que adoptas mirando las cicatrices de los humanos buscando acaso convertirte en niebla, en danza de nube, pero con un roce doloroso. ¿Por qué ese afán tuyo de andar a tiendas por fuera de los seres si todos sabemos que tu naturaleza es la de anclarte pesada en el fondo de nuestras médulas y allí despojarte de navajas, carente de rostro, de emociones, sin consideración por el cuerpo que te alberga y te protege?

A veces pienso que no me perteneces. ¿Qué extraño parto te trajo hacia mí?, ¿Desde qué mudez surges plena de sangre, ovillada en lamentos? ¿Eres un lago donde todos nos bautizamos de desasosiego?, ¿Acaso una libélula de invierno que asume la piel de los desvalidos seres que vamos acumulando tiempo hasta desvanecernos, personalizando tu calma, encarnando tu vuelo?

Así dichas las cosas, me parece mentir sobre tus costumbres. No las conozco todas, pero debido a la distancia que he querido colocar entre los dos, quizás he podido verte con más precisión en tus cotidianas apariciones. Sé, sin embargo, que jamás lograré apresarte, es como querer sostenerme sobre mí mismo y desconchar los rastros que han dejado las compañías. Los rastros, he allí la fascinación de tus eslabones, las pistas por la que deslizas la luz de tu alegría. En uno de los poemarios de Arnaldo Jiménez, quizás se sintetiza bien esa cualidad tuya de impregnar tristeza a quienes te aceptamos:

 

Porque llevamos un muestrario de tu tela ensangrentada

en el armario de nuestras edades

no nos menosprecies

 

descorremos la cortina de las pieles

y solo alcanzamos la calma de tus aproximaciones

 

acaso tampoco seremos dignos de tu silencio

en cuyas fisuras continúa consumándose el destino

 

en los charcos que deja la lluvia

una mujer se acerca y observa su espejismo

no la dejes caer en la confusión

 

en la cópula de las brasas con la intemperie

el humo de las carnes chamuscadas

pierde su color en las alturas

toma ese tributo y fragua las nubes

y añade tu paciencia sobre nuestra incredulidad

y una caricia sobre los restos

no nos menosprecies por esta apariencia de piedra

ni por las cenizas que portan en su fuego las palabras

 

ven a nosotros y conviértete en el fondo de los retratos

y ayúdanos a entender el misterio de los descensos.

 

Ese poema se titula: NIEBLA, pertenece al poemario Inventario para un nuevo altar (2021); pero, con el permiso del autor, esa niebla es un sinónimo casi perfecto de nostalgia, sobre todo en esos dos últimos versos, también cuando afirma que la niebla acaricia los restos, lo cual me permite retomar el tema de los rastros, que casi siempre son restos, y por supuesto el tono epistolar que abandoné para asumir el del ensayo o reseña, no sé bien. Veamos:

Sabes que los rastros nos edifican en la postura humana, cincelan otra forma, una que nadie ve, aunque se sienta, una que destruye toda elevación de la vanidad. Sobre el camino van las huellas, los pasos terminarán convirtiéndose en el único sendero, su relieve de polvo, su intermitencia, su desaparición. Es verdad que a nosotros nos duele el rastro caído, lo inevitable suele doler para dignificar la insignificancia. Porque de alguna manera te las arreglas para que esos rastros pervivan de un ser a otro ser. De nosotros dependería mantener la inmortalidad de los rasgos, de los trazos que dejamos antes de morir. Visto desde la posición de los dioses habría en esto una belleza incalculable; pero ya sabes que es tan solo una ilusión, en la inmortalidad no es necesaria tu existencia, porque tú mantienes vasos comunicantes con la muerte, es lo que te hace posible.

Nostalgia enredada en los retratos, tus hilos parten desde mis ojos y no me había dado cuenta. Yo que he maldecido los álbumes, que mantengo un duelo permanente contra el recuerdo tieso de las fotos, esa expectativa que late en ellas, esos caballitos de pesebres que se han arruinado y cabalgan duro hacia el olvido; yo, en fin, el que siente el dolor al ver sus caras anteriores, debo confesar que todo ha cambiado, ahora agradezco que ese humito tuyo se cuele en las sonrisas sujetas a los marcos y las haga seguir vivas de alguna manera, necesito de tu magia, de tu extraño consuelo. Nostalgia, musgo sin tiempo, alma de los mares.

En verdad, casi todos los inventos quieren detener tu flujo, el torrente de azulejo que dejas en el aire; pero solo consiguen maquillar tu profundidad, jaspear polvo de oro sobre tus figuras. Las películas son retratos en movimiento, un espejo que logra atraparnos y detenernos en un instante de nuestro paso, dulce presencia de lo ido. Quiero decirte, sin embargo, que he dejado de vincularte a lo fatal, te he liberado de mi imprecisión, y contigo, a todo mi pasado. Me alejo de la lucha que el mundo ciego y embebido en sus fascinaciones mantiene contra ti, árbol con raíces en los ojos. Porque la ausencia es terrible, porque al apagarse el cuerpo surge su recuerdo y al extinguirse este queda el remedo, el instante escrito, filmado, retratado, distraído en los artificios y ya no se es del todo sombra, lejanía, no se es del todo una ráfaga de lagartijo en las matas.

carta a la nostalgia

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carta a la nostalgia

Ahora comprendo tus otros sentidos, la visión está directamente relacionada con la comprensión, te veía incompleta porque no entendía tu mensaje. Eres tan necesaria como el agua, como la sombra, la fugacidad o el paso del deterioro. Me sujeto a ti en esta hora en la que me es vital presenciar el resto del pasado.

carta a la nostalgia

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

carta a la nostalgia

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