Les voy a contar lo que me pasó cuando regresaba de hacer mi caminata diaria. Tenía mucha sed y por el camino estaba un lugar donde vendían coco frío, y se me antojó tomarme uno.
—Buenos días. ¿Tiene coco frío?
En el lugar estaban sentados dos hombres hablando; uno de ellos era el dueño del negocio. Al momento se levantó como picado de avispa y me dijo:
—Buenos días, mi señora. ¡Claro que hay coco frío, está casi hielo! ¡También tengo agua de coco, aceite de coco…, usted, solo pida!
DE LA MISMA AUTORA: LA NUEVA VIDA DE BROWNIE
—Maravilloso, entonces deme un coco —le contesté.
—¡Siéntese aquí que ya le traigo su coquito!

El otro hombre que se encontraba en la silla contigua no era empleado del lugar. El propietario, con el machete en la mano, le hizo cuatro cortes precisos al coco mientras ambos continuaban hablando.
En eso llegó una camioneta y de ella se bajó un señor preguntando por los cocos. Parecía un cliente asiduo, porque le abrieron el coco antes de darme el mío. Fue extraño ver que el hombre le colocaba un chorrito de limón a su coco.
Cuando me están dando el mío, le pregunto al dueño: «¿Por qué ese señor le coloca limón?». Y me contestó:
—Eso es algo que están haciendo algunas personas. Se lo copiaron de un TikTok y la gente empezó a tomar el coco con limón. Dicen que es medicinal. Yo no me sé todo el cuento, pero debe ser bueno porque las personas ya vienen con su limón y se lo echan.
El individuo de la camioneta escuchó lo que decíamos y comentó:
—Yo tenía “arenilla”, eso, piedras, y andaba con un dolor en las caderas que no podía ni agacharme; desde que empecé a ponerle limón, ya no me duele. No sé si será el limón o el coco, pero esa vaina me ha hecho bien.
Ya con mi coco, les pregunté si me podían tomar una foto y empezaron con un guabineo, que sí, que no me atrevo, que espere un momentico…; el “ayudante” del negocio dio un paso atrás y se volteó.
Entonces el dueño de los cocos llega y me dice:
—Deme acá que yo voy a ver cómo se la tomo; eso sí, póngala lista para tomarla. “¡Click!”… Listo, si quiere otra, dígame y yo le tomo la otra foto, usted me dice nada más.
—Gracias, con estas es suficiente. Quedaron muy bien, muy amable.
Y el que está sentado al lado dice:
—Yo tenía “un gallito”, pero ahora el jefe me compró este porque dice que no me conseguía en el trabajo. Aquí está; todavía no sé cómo manejarlo. Los sobrinos son los que me explican, pero yo no termino de entender.
Me dio risa su comentario y el hombre voltea y me dice:
—¿Cuántos años tiene usted, señora?
Me dieron ganas de decirle: “¡Esa vaina no le interesa a usted!” y otra cantidad de cosas que se le puede decir a un hombre que se atreve a preguntarle a una dama los años que tiene, pero preferí dejarlo por la paz… —¡Setenta y cuatro, señor!
Y a todo grito le dice al dueño:
—¡Mira, mira, tiene setenta y cuatro años!
—¡Coño, ahora es cuándo, señora! —dice sorprendido y piropero.
Mientras, me tomaba el agua de coco no pude evitar reírme de esos dos pendejos.
—¡Cónchale, señora, pero usted no parece que tuviera setenta y cuatro años!
—¡Muchas gracias, muchas gracias! —le digo y me sonrío.
—Debe ser la vida… —pero no supo terminar la frase.
—Sí, la vida hay que saber cómo llevarla —le comento y me despido a la carrera.
Caminando de regreso al apartamento me digo: “Tú sí eres pendeja. Tantos carajazos y tantos coñazos que recibiste. Tantas vainas por las que pasaste. Tantos aciertos y desaciertos. Tantas cosas vividas. La fuerza que te dieron cuando naciste de nalgas. Y tú vienes a decir: ‘La vida hay que saber cómo llevarla’… ¡No me jodas, Carmen!”.
Y así seguí parloteando conmigo misma en lo que quedaba de camino y mientras me reía de aquellos dos que tuvieron el atrevimiento de preguntarme la edad… y alegrarme la mañana.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia / RN













