No hay nada más político que una mujer que se niega a callar sobre lo que la agota. 
Virginie Despentes

 

Aclaratoria: Cuidar a otros sin una red real y tangible también puede hundir.

Este texto no habla directamente de suicidio, pero sí lo roza con la franqueza de quien ha aguantado demasiado. Hoy, en el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, comparto estas líneas que no buscan consuelo ni redención, sino mostrar el agotamiento real, sin rodeos. El hartazgo sin explicaciones.

Es clave leer esto sin invalidar. La mujer que escribe no pide lástima. Escribe para quejarse, para denunciar, para seguir. Porque quien cuida también necesita ser cuidado. Y porque el silencio no puede ser un mandato.

 

Ella, una mujer, mientras cena, se parte un colmillo. No hay metáfora: hay fractura. No es un símbolo, es un síntoma. De la precariedad, del cansancio. El cuerpo demanda atención. Se desbarata el ritmo; la escritura no escapa del cuerpo, está hecha de él.

El cuerpo se parte: el sostenerse, ser mamá, cuidadora, productiva y, además, mantener su escritura. Piensa en que no tiene harina de maíz, mientras recuerda que debe escribir para la columna. El dinero no alcanza y tampoco hay algo que pueda ofrecer garantía en el futuro.

Hace muy poco, mientras sacaba efectivo, le preguntó al cajero del banco cómo hacía para solicitar una tarjeta de crédito. El cajero, extrañado, le dijo que debía esperar a que el banco se la asignara. Ella piensa: ¿quién reconoce a quien cuida?

La narradora siempre hace listas: de quehaceres diarios, de los pagos fijos del mes, de las vitaminas que debe tomar y no alcanza a completar, de lo que requiere cada uno de sus hijos.

Marhisela Ron León

Arranca el monte del patio de su casa. Usa guantes y botas de hule. Sentada en un banquito color naranja, encuentra algún morrocoy miniatura que se protege del sol debajo de una matica. Arranca el monte que puede. Cosecha plátanos y cambures. Tiene pendientes de plomería y albañilería; la casa exige. No hay tregua.

A veces es mamá por WhatsApp, con el celular conectado al cargador; otras, lee cuentos a sus hijos antes de dormir. También es la cuidadora de su hermana con retraso mental. Como advierte Uzuri Castelo Moñux, el mandato de cuidar se sostiene sobre cuerpos vulnerables domesticados por la abnegación.

Ella lo sabe: mientras escribe, contabiliza que, en una hora, su hermana le pide agua 167 veces, golpea la reja de su cuarto 61 veces y la llama 34. La cuidadora asiste y le lleva cinco veces un vaso con agua. Hay noches que no logra dormir porque su hermana la despierta una, dos, tres veces. No se queja. Registra.

Tiene una frase que la acompaña siempre; una especie de mantra del escritor venezolano Caupolicán Ovalles: “Soy capaz de ver cómo al hundirme no me abandonaré jamás». Sin romance: una conciencia feroz del hundimiento que no implica abandono. Esto no quiere decir que no ha tenido alguna de esas ideas o pensamientos: “A nadie le importa si sigo aquí”, “Si yo no estoy, todo mejorará”, “Ya no puedo más”, “Estoy muy cansada”.

Lleva varias noches con el sueño interrumpido. La hermana se ríe —una risa psicótica—, la llama y golpea la reja como si la fuera a tumbar. Le envía un audio al psiquiatra para ajustar la dosis de medicamentos.

No hay descanso.

Camina en las mañanas. Sabe que es una práctica que le hace bien al cuerpo, a la mente. Presta atención: escucha los loros, los pájaros, detalla los árboles, la terquedad —algunas mañanas— de la luna. Registra. Se levanta a desenchufar la nevera porque se fue la electricidad otra vez. Sale a caminar. La señora Ana le comparte un trozo de lechosa para merendar —una lechosa dulce—, le pregunta cuándo se volverá a casar, no responde, le regala unos limones criollos.

 

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Vuelve a su casa. Comienza a llover. Cuando regresa, llega la electricidad. Escucha a Willie Colón. Baila sola. No hay fiesta. Prepara la cena. Como señala EMAGIN Elkartea, el cuidado no puede seguir siendo una carga individual. Ella lo vive: consulta si tiene algún pago; aún no llega. Debe estirar la comida que tiene. No se siente bien, pero la única opción es seguir.

Está harta. No del cuerpo que cuida, sino del sistema que la deja sola. Del abandono institucional. No del cansancio, sino de que se espere que lo soporte en silencio. En la abnegación. Sangrar o morir si fuese necesario. ¿Quién decidió que ese agotamiento es virtud? ¿Quién se beneficia de ese desgaste?

Algunas veces, cuidar es una trampa. No porque no haya amor, sino porque no hay una red. La mujer que sostiene lo sabe. Lo escribe. Lo denuncia. Lo grita, sabe que el silencio no cura. Y aun así, cuida.

 

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Marhisela Ron León-columna-Ciudad Valencia

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada. Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).

 

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