Marhisela, Sebastián, Frida 2

Tres horas esperando transporte un domingo bajo el sol de Patanemo. Conmigo, mis dos hijos: una niña de diez años que se aburre rápido, pero que leyó un cuento entero en el trayecto y dibujó en la espera, y un niño de siete, que es autista. Esperar ese tiempo con ellos fue un ejercicio de contención. Cuando por fin logramos subir a la camionetica, la humedad y el cansancio se nos habían pegado a la ropa. El chofer maniobraba el caos mientras los pasajeros íbamos apretujados. En la puerta, los ostreros ofrecían sus tobos de «arrechones» y «vuelve a la vida».

La vía se detuvo en seco. Tres horas parecieron insuficientes, pensé con sarcasmo. Un Focus blanco se había volcado después de la vuelta canela: los frenos no respondieron. El tráfico se paralizó y nos bajamos por el calor. Alrededor del carro apareció la corte de los “expertos”: motorizados y mirones, cerveza en mano, dictando sentencia. Casi todos hombres, lanzaban juicios sobre la mujer que manejaba: que si no supo qué hacer, que si a las mujeres les falta “sangre fría”. Escucharlos era ver a gente que presume saberlo todo sobre un volante, pero que es probable nunca ha sabido cómo sostener un afecto o criar a un hijo.

 

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Recordé entonces a un hombre que, días atrás, hablando de la película “Mátate, amor” (adaptación de la novela de Ariana Harwicz), dijo que el personaje interpretado por Jennifer Lawrence era una “loca”. La misma ligereza con la que, para elogiar a una mujer, asegura que “trabaja como un hombre”.

 

Sebastián-Marhisela 2

 

Esa frase me golpeó allí mismo, en medio del asfalto. ¿Qué significa trabajar como un hombre? Para él: el sudor bajo el sol, la fuerza bruta, es medible en lo que se ve. Lo que no cuenta es la maquinaria de trabajo de los cuidados, que se desdibuja en la ejecución día a día. No ve el desgaste de la madre primeriza, no ve la teta en una demanda infinita, el agotamiento de estar despierta a las tres de la mañana con los pezones agrietados, ni la arquitectura invisible de gestionar una casa entera mientras siente que su identidad se disuelve. Eso es trabajo también, el más invisible.

Dibujos Frida-Marhisela 2

Esa forma tan ligera es la misma que hace años vi en una pasantía que hice en un geriátrico. Había una anciana que traía el vacío, en su silla de ruedas, de una depresión postparto que quizás en su momento no quisieron entender. El diagnóstico de los «expertos», al igual que los motorizados, fue el mismo: “está loca”, y la dejaron volcarse al abismo.

Miré a Sebastián. En medio de los gritos y la tensión de la vía, saludó a uno de los hombres con un: «Hola, amigo», para volver a concentrarse en el libro que le insistí en llevar y que ahora no soltaba. Ese libro fue nuestro “vuelve a la vida” real, su herramienta para mantenerse regulado. Sincronizar su calma con el caos de la espera y el cierre de la vía, fue un trabajo de alta precisión. Uno que no requiere fuerza bruta ni tiene reconocimiento social, pero es el que sostiene su mundo.

La grúa levantó el carro y la fila volvió a moverse. El asfalto siguió caliente, los hombres siguieron opinando y Sebastián pasó la página de su libro como si nada; mi hija Frida había ocupado una hoja con dibujos. Dos gestos mínimos, distintos (no de metal ni de hidráulica, sino de papel y concentración), el verdadero mantenimiento preventivo contra el barranco.

 

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Marhisela Ron León

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.

Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).

 

Ciudad Valencia / RN / Fotografía de la autora Serge Páez