Tenía nueve años cuando acompañé a mi mamá a renovar su cédula. Madrugamos. Llegamos a la oficina de Identificación, en la zona histórica, cuando aún estaba oscuro. Hicimos la cola entre un gentío; detrás de nosotras esperaban dos jóvenes —creo que hijos de peruanos— que iban a renovar su pasaporte.
Yo llevaba una braga de jean tipo overol y mi inseparable brillo Topsy. Tenía el cabello corto, un remedio drástico porque me habían caído «cochochos».
Cuando abrieron las puertas y le tocó el turno a mi mamá, me quedé fascinada viendo a la señora que te «empatucaba» los dedos con tinta para estampar las huellas. Era Marlene, una amiga de mi mamá: tez blanca, caderas anchas, piernas gruesas y unos lentes culo de botella que no me permitían verle bien los ojos. Marlene tomaba las huellas y también la foto.
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Mi mamá, siempre prevenida, le preguntó si había posibilidad de sacarme la cédula a mí también. Le dijo que tenía todos mis papeles a la mano, porque ella era así: siempre salía con una carpeta de «por si acaso». Copias, partidas de nacimiento —de aquellas en «papel sellado»—, el cartón de vacunas de mi hermana y mil documentos más. En fin, tenía todo en regla.
Marlene verificó los papeles, habló con el Director y le dio luz verde. Mi mamá estaba feliz. Mientras esperábamos, me explicó una y otra vez lo de la firma: que el espacio era muy reducido, que no me saliera del recuadro. Y yo, ante cada instrucción, me repasaba los labios con aquel brillo Topsy con olor a fresa, de esos que vendía la señora Toñita por catálogo.
Llegó mi turno. Le entregué mi carterita a mi mamá y Marlene tomó mis manos. Con la destreza que solo dan los años de oficio, en un dos por tres ya estaban las huellas de mis diez dedos en el papel. Me tomó la foto y estampé, nerviosa, mi nombre y apellido.

En esa primera cédula no incluí la H de mi nombre, aunque la transcripción que hicieron los funcionarios sí estaba correcta. Mi mamá siempre me reclamaba ese detalle: «Tu nombre lleva H, esa H es la de tu padre. Debes tener más cuidado para la próxima»…
Tres años después, al renovar el documento, me esforcé por escribir bien mi firma. La ironía fue que, esta vez, fueron ellos quienes cometieron el error y omitieron la letra H. Fue peor, porque para algunos trámites legales esa cédula no era válida. Tuve que usar la vieja, la vencida, hasta que pude resolver.
Aquella H muda fue el inicio de una larga batalla por mi identidad. Luego vendría la adolescencia y la inevitable comedia de mis apellidos: Ron León. Desde la secundaria aprendí a sonreír con resignación ante la creatividad ajena: “Marisela Caña Clara, Marisela Whisky, Maricela Room, Marisela Romer”… o la eterna pregunta: «¿Marisela con H?». Parecía que mi nombre estaba destinado a ser un chiste público o un error administrativo.

La lucha contra el registro civil, iniciada a los nueve años, me persigue hasta hoy. He devuelto cheques que no pude cobrar y he recibido diplomas con el nombre mutilado. Tengo amigos que, a todo gañote, me llaman “¡Marichela!”, moviendo la H a sus anchas por el resto de mi nombre —una costumbre que también tiene el editor de esta columna—. Yo los dejo. Solo sonrío.
Al principio me molestaba, pero ya no. Lo juro. Ya estoy curada. Ahora entiendo que es una marca de fábrica: mi papá se aseguró de que mis hermanas —Yanhiré, Thairí y Marhianella— también llevaran esa H intercalada como un sello de origen.
Sin embargo, el sistema conspira en diferentes lugares. Cuando llegué a la caja en un supermercado que frecuento, con mi compra de víveres semanal, la cajera —una chica que parecía haber renunciado a sus sueños hacía tres horas— me pidió la cédula. Respondí con un «Buenos días» que ella ignoró, y le dicté los números.
Al mirar la pantalla, noté el error.
—Es Marhisela Ron —le dije, poniendo mi mejor tono de azafata.
—¿Marisela con S o con C? —me interrumpió, tecleando a la velocidad del rayo con unas uñas acrílicas perfectamente esculpidas. Noté que le faltaba la del dedo meñique de la mano derecha.
—Sí, con S. Pero, chica, el nombre es Mar-hi-se-la. Con una H intercalada entre la R y la I. Es muda, tú sabes, existe. —Hice una pausa y pensé: es mentira, ella no sabe.
—Ajá. ¿Y el apellido?
—Ron.
—¿R-O-N… Ron? —me miró por primera vez, alzando una ceja delineada con microblading.
—Correcto. Ron. Como el alcohol etílico. ERRE, O, ENE. Ron —le sonreí, esperando un mínimo de complicidad.
Ella volvió a teclear, pero esta vez a los coñazos, como si castigara al teclado. Podía sentir la impaciencia en la fila detrás de mí; el señor del carrito vecino prácticamente me respiraba en la nuca. Entendí que aquel no era el momento para una clase magistral de ortografía.
Cuando la impresora escupió la factura, la leí y solté una carcajada. El sistema había decidido que la solución más rápida al problema «Marhisela» era la eliminación total de mi identidad.
Nombre en la factura: “Marisa Rojas”… ¡Mucho gusto!
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Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.
Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).
Ciudad Valencia / RN / Fotografía de la autora Serge Páez













