Se cumplen 34 años de la rebelión militar del 4 de febrero, y como en anteriores análisis reivindicamos dicha efeméride desde nuestra conciencia revolucionaria y patriota.
Esta vez aun sumergidos en lo que parece ser un túnel de incertidumbre signado por los recientes sucesos del día 3 de enero del presente año 2026; dolidos por el zarpazo que arrebató la vida a más de cien coterráneos y ciudadanos de otras nacionalidades que ofrendaron su vida, aunado al secuestro del presidente Nicolás Maduro y su cónyuge, la diputada Cilia Flores.
En este sentido, sostenemos que el movimiento insurreccional liderado el 4 de febrero de 1992, por el entonces teniente coronel Hugo Chávez Frías, configuró la forja de donde saltaron las chispas iniciales de grandes incendios.
Ese día un lapidario y no ensayado: “Por Ahora”, surgió de lo profundo de su alma rebelde, porque para Chávez lo más urgente en ese instante era evitar a toda costa más derramamientos de sangre.
Permítasenos el inciso: Hoy son otros los que derraman sangre, obnubilados por el poder que les otorga su superioridad tecnológica y militar, acompañada del voraz apetito por saquear nuestros recursos energéticos.
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Valga decir que la flagrante violación de nuestra soberanía, mediante la entrada de fuerzas militares que bombardearon Caracas, constituye un hito sin paralelismo en al menos 100 años de historia patria.
Para entender la conexión entre estos dos eventos, es necesario analizar el concepto de soberanía nacional y cómo ha evolucionado en la narrativa política en Venezuela durante las últimas décadas.
Aunque los separa más de un cuarto de siglo, ambos hitos se presentan en el discurso como momentos de resistencia contra influencias externas, y no podía ser de otra manera.
Volviendo a Chávez, el 4 de febrero anunciaba, de forma simultánea, tanto la rendición y consiguiente derrota militar de la rebelión, como su triunfo político, marcando el inicio de insoslayables cambios radicales, transformaciones que daban concreción al proyecto político conocido hoy como Revolución Bolivariana.
Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la derrota táctica de Chávez se convirtió en una victoria estratégica.
El 4 de febrero de 1992, se convirtió en un referente histórico, así como ocurrirá con el 3 de enero de 2026. El primer evento señalado marca un hito en la historia contemporánea de Venezuela, una insurrección militar que abrió las puertas hacia la consolidación de un verdadero proyecto de país, soberano, equitativo, igualitario y profundamente democrático, cuyos mayores logros en el ámbito político, social, económico y cultural están aún por verse, pues todo el desarrollo hasta hoy alcanzado es solo la punta del iceberg de lo porvenir.
La era de transformaciones denominada Revolución Bolivariana es sin dudas un proyecto político humanista iniciado por Hugo Chávez y continuado por Nicolás Maduro. El 4 de febrero de 1992 conforma un fenómeno historiográfico, cuyas consecuencias no han sido suficientemente ponderadas ni estudiadas con la profundidad requerida en sus causas y consecuencias, antecedentes e implicaciones histórico geográficas.
En este sentido, el aporte civilizatorio de la revolución bolivariana a la humanidad resulta inconmensurable por su heróico ejemplo de gallardía y patriotismo, constituyendo un verdadero dolor de cabeza para las fuerzas imperialistas; por tanto, estamos lejos aún de conferirle al 4F su justa dimensión histórica.
Se trató de una ruptura epistemológica que acentuó nuestra soberanía y autodeterminación. Esa misma soberanía que pretende ahora mismo la bota norteña echarla por el caño, dando cumplimiento a la nefasta profecía del Libertador Simón Bolívar: “Los Estados Unidos de América parecen destinados por la Providencia para plagar de miseria la América en nombre de la libertad”.
Sirvan estas reflexiones para elevar la conciencia de nuestras nuevas generaciones de jóvenes que emergen con valentía en medio de múltiples dificultades, en una muestra de heroicidad y resiliencia. Aun aquellos que por diversas razones han buscado nuevos horizontes más allá de nuestras fronteras.
Recuerden que esta es una tierra bendita, que acoge en su seno a propios y extraños con el amor de una madre y guarda en sus entrañas los restos de sus antepasados.
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