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Edgar Castillo Salas: Mi vida en el arte | Mohamed Abí Hassan

…Finalmente, siempre escribimos para los amigos.
                                           Gabriel García Márquez

 

Celebramos la presencia en este espacio del artista Edgar Castillo Salas (Maracay, 1956), dibujante, pintor y escultor de dilatada trayectoria, heredero de toda una generación de paisajistas aragüeños que enriquecen la tradición.

Edgar Castillo Salas-pintor-escultor

A Salas lo conocimos en el ámbito artístico-literario de Maracay a comienzos del presente siglo. Recuerdo que en varias ocasiones coincidimos en los diferentes Salones entonces celebrados y en las páginas de la Revista Casa Grande, donde engalanó con su obra los poemas, cuentos, crónicas y ensayos de esta publicación.

Una cuestión importante que es necesario traer a colación es que el personaje que nos ocupa fue el autor de la escultura de 3.80 metros, erigida en honor al comandante Chávez, en 2015, para conmemorar dos años de su paso a la inmortalidad. La pieza estaba ubicada en el centro de  Mariara, en el espacio conocido como La Plaza de la Revolución.

 

DEL MISMO AUTOR: ARTE Y POLÍTICA: UNA INCÓMODA RELACIÓN (Y 3)

 

Edgar Castillo salas-estatua de Chávez

En 2017, esta obra fue derribada de su pedestal, arrastrada por las calles y destruida impunemente por la derecha fascista e iconoclasta apostada en el municipio. Luego, en julio de 2024, ya restaurada por nuestro artista, de nuevo es derribada por las hordas antichavistas, con desatada violencia, corriendo la misma suerte de otros íconos erigidos en honor a Chávez, en Falcón, La Guaira, Guárico y Aragua.

En su lugar, hace pocos días, fue inaugurada por la autoridad municipal una fuente donde estaba dicho monumento, quedando borrada la imagen de Chávez, bien patrimonial que forma parte del imaginario colectivo, ante la mirada de asombro del pueblo chavista que esperaba que allí se colocara otra escultura del comandante eterno, para de esta manera resarcir dignamente el daño causado a este ícono.

 

Edgar Salas en pos de las coloraturas lanceoladas

Continuando con la disertación sobre nuestro artista, citamos el siguiente texto, escrito por Wilfredo Carrizales (Cagua, 1951), reconocido escritor, traductor, editor y sinólogo venezolano. Fue Coordinador de Literatura de la Secretaría de Cultura del estado Aragua y agregado cultural de la embajada de Venezuela en China.

Recordamos que a mediados de la década de los noventa fue invitado por quien suscribe al Ateneo de Mariara a dictar una conferencia sobre el Tao Te King y el I Ching, en el espacio Vuelo a lo Invisible:

 

Una ráfaga de viento y las hojas impresas vuelan hasta posarse encima de las formas vegetales que alanceaban el espacio. De allí, el ojo de Edgar Salas se extiende y se inserta en las texturas y en los colores que vibran en su pecho.

El diálogo va más allá de lo subjetivo y alcanza las líneas que son las referencias mentales de una fuga en proceso de desaparición, pero que es un tránsito en la precisión continua de puntos y es el fuego púrpura y el verdor del trópico y el azul harto infinito. Incluso los elementos sustanciales de las rayas surgidos del pulso del artista no derrochan en su atrevimiento, sino que expresan las tensiones convincentes de los alargamientos y plegaduras de otras hojas en sus matices tonales y que, en ciertos momentos, perseveran en lo claroscuro.

La pupila se torna más y más sensible y se aboca a lo amorfo dentro de su capacidad imaginativa y hay un  desplazarse del tiempo como prioridad para el dominio de la apariencia en su plenitud. Los trazos generan las cualidades de lo minucioso en lo intrínseco de las coloraturas: las sentimos, las oímos y palpamos sus ritmos y sus íntimas comuniones.

Las puntas quieren destacar su desnudez y su energía las adscribe a una perspectiva que aguarda el paso de lo atrayente, de lo cautivante y así se exalta la tendencia hacia el misterio de las generatrices del espíritu. Nada culmina y los contrastes se patentizan para brindarnos lejanías que comienzan al pie del entorno.

Se observa la destreza de una realidad lumínica, reflejo de los movimientos sugeridos por la búsqueda de los días soleados en un valle de atribución. Y es captada la vida de las texturas en sus alientos seguidores de una práctica cultivada con esmero y sentimiento personal. Notoria es la voluntad del dibujante para constituirse en las venas que se arraigan y se desarraigan en la realidad externa e interna del papel que funge de repertorio de sintonías y alternancias.

Edgar Salas nos asocia con su llamado de las sinuosidades y los pliegues, donde los cromatismos se deslizan en tersos discernimientos de una materia que devino en prodigio de lanza. Y se van nuestras miradas tras las hileras que se retuercen brevemente y cumplimos en plantarnos con nuestra admiración y logramos alcanzar el silencio de incesantes pausas y ataduras que nos propone y manifiesta él desde su bosquecillo que no perturba ni tremola abruptamente”.

 

Edgar Castillo Salas: una vida dedicada al arte

El arte de este singular creador nos remite a una búsqueda cósmica y panteísta whitmaniana, cargada de imaginación, de exaltación de la naturaleza, donde nos topamos con una geografía y una botánica muy particular, en la que la mano del artista logra con destreza darle cierta dimensión poética a todo el paisaje plasmado sobre el lienzo.

Ahora, dejémonos llevar por la voz invisible de Castillo Salas, esa que nos invita a descubrir, poco a poco, gran parte del acontecer de su vida en el arte:

 

Mi vida consciente comienza muy temprano, vagamente llegan a mi memoria un negro techo de zinc con algunos orificios por donde se colaban luces que hacían ver líneas azules por el humo de la madera ardiendo del fogón y el resplandor del sol mañanero. Así fui creciendo. En una ocasión un avión dejó caer papeles de vivos colores (Tarjetas electorales), cómo olvidarlo…

El ambiente donde crecí fue mejorando cuando mamá comenzó a trabajar en “Eternit de Venezuela” (Fábrica de techos) de aquella humilde casa de la calle 11 en La Barraca, cerca de la línea del tren; nos mudamos a San Jacinto un pequeño caserío al final de la avenida Bolívar este, hasta allí llegaba Maracay por ese lado.

Éramos mamá, mi hermanito Raúl, la tía María que fue nuestra nodriza, nuestra madre en ausencia de Trina y mi persona. Al lado de nuestra casa había un taller de cerámica cuyo propietario era Corrado Bonacín, de origen italiano y un buen artista en pintura, dibujo, escultura, cerámica y quién sabe cuántas artes, todo un virtuoso en cada área. Estudió en su ciudad natal quién sabe dónde y cuándo; lo cierto es que ese taller olía a arte por todas partes.

Ese olor penetrante de la arcilla húmeda Invadía todo el lugar, el piso era de tierra roja por los desperdicios de arcilla cocida, los estantes llenos de piezas de barro torneadas desbordantes y en el fondo el viejo “Santa María” trabajando en el torno de pedal, con un cigarro de medio lado en la boca… era el complemento perfecto de aquel cuadro.

Recuerdo el depósito donde Corrado guardaba varios barriles de pintura de vivos colores y al abrir la puerta para sacar una porción de color, el olor penetrante y concentrado       era tan intenso que donde estuviera corría para ver aquellos azules, verdes, rojos, amarillos, cada uno puro… todavía perdura en mi mente aquello. Eso fue el primer contacto con el arte, una de las mejores experiencias, fue la chispa que encendió mi vida en este oficio…

Cómo olvidar aquellas vasijas, aquellas esculturas utilitarias que Corrado creaba; conocía tantas técnicas. El horno a leña al enfriar y abrir esparcía olores aun inolvidables, todo aquello parecía un cuento fantástico para aquel niño de cuatro años que yo era.

En una oportunidad hizo un busto de Fidel Castro en arcilla, quien era en aquella época el personaje mundial. Vino a Venezuela y causó mucho furor, por todas partes se escuchaba: ¡Fidel! ¡Fidel! (23 de enero de 1959).

Nos inscribieron en una escuela evangélica llamada “Moral y Luces”; con un pensamiento del Libertador en contraste con la ideología que allí se impartía. Había transporte escolar, desde las primeras clases comencé a dibujar, remarcaba la imagen de la carátula del cuaderno marca “Caribe” con un círculo azul en el lado superior Izquierdo, que mostraba el busto de un aborigen con una pluma en su cabeza que rompía la circunferencia, lo remarcaba varias veces con un lápiz, luego comencé a dibujarlo dentro del cuaderno…

En eso, la maestra observaba y viendo mi insistencia en aquello, le parecía que mi atención estaba centrada en esa labor. En varias oportunidades colocaba mi pupitre al lado de su escritorio, delante de mis compañeros de clase, yo continuaba dibujando. En una ocasión ordenó que me pusiera de pie y extendiera las manos, seguidamente con una regla de madera que tenía un filo de metal incrustado golpeó mis manos y gritando: “…debes atender a la maestra! ¡no debes dibujar!”.

Mis manos enrojecidas ardían, luego me senté y sin más agarraba mi lápiz y me ponía a dibujar de nuevo, en eso me sujetó por una oreja y me llevó a la dirección, contando mi atrevimiento a las directoras, unas señoras pieles rojas de ojos azules y unos lentes afilados a los lados. También me hacían mirar a la pared largo rato, diría una hora. Aturdido de todo aquello resistía esas torturas, pensaba que la escuela era así. Aquello me tenía aterrado con tan solo 5 años de edad. Mi aliciente era dibujar. Esa situación terminó 3 años después, pero aún conservo el trauma hacia los gringos.

Desde entonces dibujo, y así fui creciendo. A los 16 años me inscribí en los cursos libres nocturnos de la Escuela de Artes Plásticas “Rafael Monasterios”, en la avenida Las Delicias, siempre dibujando.

Mi primer profesor de la escuela de arte fue Roberto González, de Caracas, muy conocido en ese medio. Años más tarde me inscribí en los estudios de Arte Puro, diurno, recuerdo esa época en especial. Me otorgaron el primer lugar del Primer Concurso de Pintura Rápida al Aire Libre, organizado por el artista español, Jesús Luis Vega. Fue el primer concurso que gané pintando.

 ¡Primer premio! Fue el primer concurso de pintura de ese estilo en el país…

 

30 de octubre de 1950: la rebelión de Puerto Rico por su soberanía | José Ramón Rodríguez

 

A través de sus obras cargadas de follajes, ramas, hojas, todas de finísimas filigranas, con los colores vivos del paisaje aragüeño, este creador nos reconcilia de nuevo con el mundo hostil que nos tocó vivir como hombres de la modernidad. Esa falsa modernidad que le dio la espalda a la naturaleza, y a la que Salas, a través de la magia de sus pinceladas, nos invita a volver la mirada para reencontrarnos con nuestros orígenes más remotos, cuando aún éramos seres plenos en armonía con el universo…

(Continuará). ¡Salud, Poetas!

 

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Mohamed Abí Hassan-taller de cine-Edgar Narváez

Mohamed Abí Hassan (El Tigre, 1956). Poeta, artista visual y editor independiente. Licenciado en Educación, Mención Artes Plásticas (cum laude), por la Universidad de Carabobo (UC). Ha ejercido la docencia en la UC y en la Universidad Arturo Michelena. Ha sido colaborador en las revistas Poesía y La Tuna de Oro (UC). Primer Premio II Bienal de Literatura Gustavo Pereira, Mención Poesía 2013; Primer Premio IV Bienal de Literatura José Vicente Abreu, Mención Poesía 2016; Primer Premio Concurso Nacional del II Festival 3.0 de Historias Comunales Ramón Tovar (2022).

Formó parte de la Comisión Rectoral del Encuentro Internacional de Poesía de la UC. Coordinó el Taller de Formación de Cronistas Comunales en Mariara, estado Carabobo, auspiciado por el Minci, la Revista Nacional de Cultura y el Centro Nacional de Historia. Actualmente se desempeña como facilitador de talleres de iniciación en la creación literaria, así como talleres sobre patrimonio histórico.

 

Ciudad Valencia / RN