En este nuevo capítulo de Vestigios del Pasado se rinde tributo a un patrimonio arquitectónico emblemático de la parroquia San José en el municipio Valencia, estado Carabobo, donde la devoción se entrelaza con la nostalgia: el Puente La Paz.
Este símbolo de la ciudad se ubica entre las calles Peñalver y Montilla, sobre la actual avenida Montes de Oca —antiguamente conocida como calle La Paz—, a escasos metros del templo de San José, epicentro espiritual y comunitario de los sanjosefinos.

La Inauguración del Puente La Paz
A pesar de que diversas plataformas digitales y generadores de contenido en redes sociales han difundido la versión de que el puente fue construido en 1918, investigaciones más rigurosas desmienten esta fecha.
Según el libro Imágenes de Valencia, del cronista Julio Centeno (hijo), la inauguración oficial del Puente La Paz tuvo lugar el 19 de diciembre de 1926, durante la administración del entonces presidente del estado Carabobo, Don Ramón Henrique Ramos Núñez.
Además de dicho presidente y del Secretario General de Gobierno, el acto contó con el Discurso de Orden del poeta modernista Salvador Carvallo Arvelo, quien más tarde asumiría la primera magistratura regional tras la muerte del General Gómez.

El puente fue concebido como un homenaje a la memoria de un mártir eclesiástico, el segundo Obispo de la Diócesis de Valencia, Monseñor Salvador Montes de Oca, quien enfrentó duras pruebas incluso por parte de quienes menos se esperaba.
Su nombre, “La Paz”, no solo evoca un ideal espiritual, sino que también simboliza el tránsito hacia el progreso. En palabras del orador de aquel día: “Monumento de piedra con simbólico nombre de mujer, este Puente de La Paz sentirá crujir sobre su dorso, canción de esperanza en escenario de granito…”.
Viejas anécdotas del Puente La Paz
Más allá de su valor histórico, el Puente La Paz ha sido escenario de vivencias íntimas y colectivas. El articulista Daniel Monsalve Mujica recuerda con afecto sus barandas pintadas en tonos alegres, sus columnas semidóricas coronadas por bombillas luminosas y un asfaltado que parecía recién estrenado.
En una de sus anécdotas más vívidas, relata cómo, en diciembre, a las 3:00 o 4:00 de la madrugada, salían de la iglesia San José con sus patines de cuatro ruedas rumbo a Naguanagua, cruzando el puente como quien atraviesa un umbral entre la infancia y la aventura.
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El puente cruza una quebrada que algunos llaman “del acuario”, aunque su nombre varía según la memoria popular.
Lo cierto es que este cuerpo de agua, discreto pero persistente, acompaña al puente como testigo silente de los reencuentros anuales que celebran los sanjosefinos, entre risas, música y evocaciones.
Hoy el Puente La Paz no solo conecta dos extremos de la ciudad. Une generaciones, relatos y afectos. Es un monumento que resiste el olvido, que desafía las versiones imprecisas y que, como todo símbolo patrimonial, exige ser contado con rigor, belleza y respeto por su historia.
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