El presente relato histórico constituye un capítulo especial dedicado a la memoria sagrada de nuestra región, enmarcado en las investigaciones sobre la Cruz del Morro de Cristo Rey, también conocida por sus habitantes como La Cruz del Morro de San Blas, ubicada en el sector La California de la parroquia San Blas, en el municipio Valencia.

La reconstrucción de este acontecimiento «el Viacrucis del Morro de San Blas», ha sido posible gracias a la valiosa tradición oral familiar recogida por Margarita Marrero, destacada Cronista Religiosa de la ciudad, quien preservó los testimonios directos de los protagonistas de aquella gesta de fe.

Esta crónica evoca el extraordinario viacrucis monumental realizado durante la Semana Santa del año 1933, donde es fundamental destacar que esta imponente manifestación pública de fe se llevó a cabo aproximadamente unos cinco o seis meses antes de que se instalara de forma permanente la emblemática Cruz del Morro de Cristo Rey por iniciativa de los padres pasionistas, convirtiéndose así en el glorioso preámbulo espiritual de dicho monumento litúrgico.

 

El significado histórico y su contexto religioso

EL VIACRUCIS DEL MORRO DE SAN BLAS ​En 1933 se cumplían exactamente 19 siglos (es decir, una décima nona centuria) desde la fecha tradicional de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, fijada por la tradición de la Iglesia en el año 33 d.C. ​Para la Iglesia, esta expresión significaba celebrar el XIX Centenario de la Redención. El Año Santo de la Redención de 1933, fue convocado por el Papa Pío XI el 24 de diciembre de 1932. Comenzó el Domingo de Pasión de 1933 con la apertura de la Puerta Santa y clausurado el Lunes de Pasión del siguiente año 1.934.

El mundo católico se estremecía de júbilo al conmemorar los 1.900 años desde que Jesucristo, con su vida, pasión, muerte y resurrección, redimió a la humanidad. En Valencia, Venezuela, este júbilo universal encontró eco en la ferviente iniciativa de los hermanos Marrero-Wadskier.

Aquella propuesta de realizar una conmemoración sin precedentes contó de inmediato con la aprobación y el respaldo entusiasta del entonces Obispo de Valencia, Monseñor Salvador Montes de Oca —hoy Siervo de Dios—, así como del Párroco de la Catedral, Monseñor Víctor Julio Arocha. A esta estructura eclesiástica se sumaron los padres pasionistas, cuya espiritualidad está centrada en la meditación y propagación del misterio de la Pasión del Señor.

 

​Una preparación minuciosa

​Lo que aconteció en aquella Semana Santa de abril de 1933 no fue un acto fortuito. El Viacrucis del Morro de San Blas y sus preparativos comenzaron desde finales de 1932, involucrando a la sociedad valenciana en múltiples comisiones organizativas. La meta era ambiciosa: escenificar los pasajes evangélicos con el mayor realismo y respeto posibles.

EL VIACRUCIS DEL MORRO DE SAN BLAS

Como paréntesis histórico, hay que recordar que ​para la difusión y el realce del año de la redención, los hermanos Marrero crearon, dirigieron y programaron un semanario impreso denominado Redención. Este semanario de corte religioso, que se mantuvo en circulación durante un año, contaba con el patrocinio de diversas casas comerciales de la localidad y era impreso en los talleres de Moisés Rivolta.

Un detalle entrañable de la época señala que el encargado de distribuir la publicación en las calles valencianas era el pequeño hijo del tipógrafo, José Rivolta Chávez, quien años más tarde se ordenaría como el recordado sacerdote salesiano, Padre Rivolta, pilar fundamental de Hogares Crea.

 

​El inicio del camino: de la Catedral de Valencia al Morro de San Blas

​Llegado el día señalado de 1933, la ciudad de Valencia se volcó por completo a las calles. El viacrucis partió desde la Catedral y enfiló su imponente recorrido a lo largo de toda la calle Colombia, teniendo como destino final la cumbre del cerro del morro. El trayecto estuvo marcado por una devoción sobrecogedora. El avance procesional era encabezado por dos de las joyas artísticas y devocionales más antiguas del patrimonio valenciano de la catedral: la imagen pedestre del Nazareno, considerado uno de los más antiguos de la época de la colonia, (actualmente no está en la Catedral de Valencia) revestida con ricos ropajes de tela y portando la cruz a cuestas, y la venerada imagen de Nuestra Señora de los Dolores, acompañada en el cortejo por un joven que personificaba a San Juan Evangelista. La procesión avanzaba solemnemente desgranando las estaciones del camino de la cruz. Como testimonio imperecedero de aquel día, el fotógrafo oficial del evento, Arturo Senior, capturó con su lente las imágenes que hoy sirven de sustento iconográfico a esta crónica.

 

​La escenificación de la pasión en la cumbre

​La procesión adquirió ribetes de drama sacro al incorporar personajes vivientes. Un nutrido grupo de jóvenes caballeros de la sociedad local marchaba ataviado con fidedignas armaduras de soldados romanos. Asimismo, un grupo de damas locales, dirigidas con esmero por Mery Figueroa —tía materna del posterior Monseñor Alfredo Rodríguez Figueroa—, personificaron con gran piedad a las hijas de Jerusalén.

EL VIACRUCIS DEL MORRO DE SAN BLAS

​Al llegar a la cima del morro, la imagen del Nazareno fue resguardada discretamente para dar paso a la crucifixión. Para este momento cumbre, los organizadores habían mandado a traer desde España una imponente imagen de Cristo de tamaño natural, cuyos brazos poseían articulaciones movibles destinadas a facilitar las maniobras del clavado y el posterior descendimiento. Flanqueando la cruz principal, se alzaron los dos ladrones, Dimas y Gestas, de fisonomía plana (eran unos dibujos) pero de ejecución pictórica perfecta que había sido encomendada a un artista local de apellido Hernández.

​La genialidad técnica de los hermanos Marrero, reconocidos por su dominio de la ingeniería eléctrica en la Valencia de principios del siglo XX, permitió recrear de manera artificial los rayos y truenos descritos en los evangelios, empleando para ello un sistema de cuchillas e instalaciones eléctricas en pleno cerro que conmovió profundamente a los feligreses presentes en la tarde valenciana.

 

​Pasajes de conmoción y milagros cotidianos

​Los testimonios familiares describen momentos de honda sensibilidad. Margarita Marrero narra que su padre Jesús Marrero, encarnó ese día el personaje del Centurión Romano Longinos. La tradición oral refiere que el actor diseñó una lanza especial provista de un mecanismo interno con dos compartimentos, uno con vino y otro con agua. Al simular la lanzada al costado del Cristo, el fluido corrió por la madera de forma tan realista que el propio intérprete, presa de la emoción y el impacto del realismo que contemplaba, tartamudeó visiblemente al pronunciar la célebre frase bíblica: «verdaderamente este era el hijo de Dios».

Tal fue el impacto de la jornada que otros soldados vivientes, como el señor Ramón Carta, manifestaron durante el resto de sus vidas el deseo de volver a vestir el uniforme romano si la representación se repetía.

​Mientras la cumbre del cerro vibraba con el sermón de las siete palabras dictado desde un púlpito provisional por el Padre Florentino García, director de los Pasionistas, la vida continuaba su curso milagroso al pie de la colina. Como anécdota, Margarita recuerda que su padre le dijo que en el preciso instante en que el Nazareno y la Dolorosa transitaba frente a la ventana de la residencia de la familia Vizcarrondo Márquez en la calle Colombia, se producía el nacimiento de uno de los hijos de la casa, el futuro ciudadano Víctor Julio Vizcarrondo Márquez.

 

MÁS DEL AUTOR: LA CRUZ DEL MORRO CRISTO REY EN SAN BLAS

 

​Tras la muerte en la cruz, el cuerpo articulado del Redentor fue desclavado con suma unción, perfumado por las jóvenes y trasladado en una sábana blanca por caballeros de la comunidad —entre ellos José María Marrero— hacia un sepulcro artificial preparado artísticamente en el lugar, concluyendo así un entierro solemnísimo que mereció las felicitaciones formales de la ciudadanía hacia el Obispo Montes de Oca.​

Padre Pasionista Florentino García.

​Aquella fastuosa manifestación de fe colectiva y arte sacro sobre el relieve valenciano se realizó por única y exclusiva vez en la historia de la ciudad, dejando una huella imborrable que jamás volvió a repetirse en los años subsiguientes.

Margarita Marrero finalmente confluye su relato reflexionando en este hecho: «este evento tiempo después, dejó un precedente en la Valencia de 1.933. De allí se desprende los comentarios posteriores cuando luego de haber colocado aquella Cruz en el Morro de San Blas, decían que esa era la Cruz de los Marrero, porque fueron los propulsores de aquel viacrucis realizado, sin embargo, la actual Cruz del Morro Cristo Rey, bautizado así por los Padres Pasionistas, fue erigida por la iniciativa de ellos, del Padre Florentino García y la Sociedad del Santo Cuerpo, cuya medalla de San Blas llevo en mi pecho para la bendición de mi garganta.»

​De cara al futuro, el horizonte cronológico nos sitúa ante una coincidencia histórica de profunda significación espiritual y civil: en el próximo año 2.033, se conmemorarán los 2.000 de la Redención del género humano y, de manera simultánea, se cumplirá exactamente un siglo de aquella irrepetible procesión organizada por los hermanos Marrero.

Este doble centenario se presenta como la ocasión idónea para evocar la memoria de los hombres y mujeres que transformaron el Morro de San Blas en un Calvario de fe, recordándonos que el patrimonio histórico de Valencia permanece vivo a través de la memoria de sus familias.

 

Agradecimiento especial: Fotos del archivo familiar de la señora Margarita Marrero El Viacrucis del Morro de San Blas

 

TE PUEDE INTERESAR:

Nuevo fósil vislumbra nuevas investigaciones en Táchira

 

Ciudad Valencia/Diego Trejo/ M.Ll 

Fotos: Archivo