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Creemos, con absoluta firmeza, que las revoluciones anti-imperialistas, socialistas, liberadoras,  humanistas, soberanas, independentistas y profundamente democráticas, participativas y protagónicas, las hacen los pueblos, junto a sus mejores vanguardias políticas, militares y socioculturales, constituidas por los hombres y mujeres de compromiso y lealtad, con base en la firmeza profunda e irreductible de luchar hasta vencer.

Indudablemente, lo dicho en este primer párrafo se refiere a la caracterización y conceptualización de lo que llamamos el SUJETO HISTÓRICO del proceso transformador revolucionario de nuestra sociedad, constituido no por decreto elitesco y burocrático; sino por la historia misma de los acontecimientos revolucionarios o transformadores de nuestra sociedad.

Esa es nuestra mejor tradición histórica, desde hace más de quinientos años, a partir de la llegada de los invasores provenientes de la vieja Europa, perversidad y desgraciada por sus propias fuerzas del mal contra el bienestar de las demás naciones.

Hace más de doscientos años que, con la gesta independentista del pueblo venezolano y su máximo líder Simón Bolívar, Venezuela ha forjado su propia historia de ser un país  libre, independiente y soberano. Sin embargo, después de Simón Bolívar se impuso un largo período de traiciones, iniciado y encabezado por el General Páez. Frente a ese desvío de la historia, surgió el replique del liderazgo emancipador, encarnado por Ezequiel Zamora con sus fuerzas campesinas y su consigna central e imperecedera «Tierras y hombres libres».

Por su lado, y a partir de la crisis del imperio español, los Estados Unidos de Norteamérica iniciaron su plan hegemonista con el anuncio de la Doctrina Monroe el 2 de diciembre de 1823, sustentada en el famoso y nefasto lema de «América para los americanos». El presidente James Monroe les ordenó a las potencias europeas que se mantuvieran alejadas del Nuevo Mundo; porque en lo adelante ese sería su patio trasero, tal como en efecto, ha sido durante este recorrido de los 200 años.

Es pertinente decir que los gringos son descendientes de los piratas ingleses, que ejercían su hegemonía en las extensas aguas del Atlántico; razón por la cual se eligieron como los dueños o amos de este extenso mar y los territorios del llamado Nuevo Mundo indo-afro-americano. Por esa razón,  se les ocurrió celebrar con una gran fiesta en el Sur del continente (Chile y Argentina), los 300 años de la llegada de Cristóbal Colón; tiempo suficiente que les permitió convertirse en el nuevo imperio del Nuevo Mundo, razón por la cual se redacta y se instituye el nefasto documento conocido como la Doctrina Monroe, sustentada en la premisa imperial «América para los americanos».

Mientras los gringos del Norte andaban en esa jugada imperial, hegemonista; nuestro Padre Libertador  Simón Bolívar se ocupó en crear y poner en marcha el gran proyecto emancipador, integrador y unionista de LA GRAN COLOMBIA. Así nacieron los dos modelos sobre los cuales ha gravitado el destino y desarrollo de Nuestra América: Monroísmo Vs Bolivarianismo. El primero es opresor, esclavista, explotador, militarista, asesino y perverso. El segundo, simplemente, es emancipador, liberador, anti imperialista, justiciero y equitativo,  con una identidad moral, ética y estética muy propia y con profundo aliento indígena, africano, ibero americano.

La emancipación de nuestra América es un proyecto que se inició hace 200 años, sustentado en la Doctrina de la Emancipación, la libertad, la independencia y la soberanía.  Nuestro ingenioso padre Simón Bolívar ha tenido, tiene y seguirá teniendo, el papel protagónico para la contención y derrota del hegemonismo monroísta, guerrerista y criminal del imperio norteamericano, hoy en crisis de decadencia, frente a Rusia y China, las dos grandes murallas indestructibles de este nuevo tiempo histórico.

En América Latina, la Doctrina Bolivariana y la Doctrina Monroe constituyen los dos polos históricos, totalmente antagónicos, que han polarizado la esencia de las tensiones y confrontaciones de cada momento histórico. En tal sentido, ellas conforman el sustrato de los antagonismos de los últimos 200 años.

Ubicados en esa perspectiva, debemos decir que en la reciente reelección presidencial de nuestro gran constructor de victorias, Nicolas Maduro, se puso en evidencia la polarización  entre el monroísmo y el Bolivarianismo, como las dos grandes corrientes enfrentadas desde hace 200 años después de la desaparición del imperio español.

De manera que hoy podemos decir que la reelección presidencial de Nicolás trascendió los límites nacionales y se convirtió en la primera batalla continental, político-electoral, entre los liderazgos y gobiernos de ambos lados: Bolivarianismo y Monroísmo confrontados en la forja del destino definitivo de toda la América Latina y el Caribe.

El monroísmo debe quedar reducido al interior de Norteamérica y sus disputas con la vieja Europa. En cambio, el Bolivarianismo debe retomar sus propias fuerzas ancestrales para empinarse desde la mejor y original Doctrina política generada por Simón Rodríguez, Simón Bolívar y Ezequiel Zamora, tal como muy bien lo supo unir nuestro comandante eterno Hugo Chávez, en su LIBRO AZUL.

Debemos decir que en la reciente elección presidencial, el mundo entero pudo ver cómo, de un lado, los gobiernos independientes y soberanos que apoyaron y reconocieron la victoria electoral de nuestro presidente Nicolás Maduro, encarnan la tradición del modelo bolivariano. Del lado opuesto, el imperio monroísta  no reconoce esa reelección  y estimula los tambores de la guerra civil, con el propósito de destruir el destino liberador, soberano y socialista de nuestra Patria amada: Venezuela.

En ese contexto bipolar, quedó  evidenciada la vergonzosa conducta política de los gobernantes títeres del monroísmo. Desde Javier Milei, el más ridículo y tristemente asqueroso presidente de la sufrida Argentina; seguido por el exobrero Lula Da Silva, en su nueva fase de decadencia política como presidente por segunda vez de Brasil. Igualmente, los presidentes de Chile, Paraguay, Bolivia, El Salvador, entre otros subalternos y cachorros de la Casa Blanca norteamericana.

Frente a estos vergonzosos títeres del imperio, saludamos la hidalguía y dignidad  de las valientes y firmes presidentas Claudia Scheinbaum, de México, y Xiomara Castro, de Honduras, quienes dieron sus respectivas respuestas de indiscutible coraje y patriotismo anti imperialista, lo que las eleva como grandes lideresas de Nuestra América.

También vale decir que en estas dos grandes mujeres se siente viva la belleza física, espiritual, política, filosófica, moral, ética y estética de la mejor tradición femenina de Nuestra América, en la que sobresale la excelsa Manuelita Sáenz, libertadora del Libertador, además de la larga lista de heroínas de Venezuela y toda Nuestra América.

De manera que esta tercera y consecutiva reelección presidencial  de Nicolás Maduro, tiene una doble virtud. De un lado, reafirma la salvación y continuidad del proyecto iniciado por el comandante eterno; y por el otro, revela y fortalece la victoria continuada del Bolivarianismo contra el monroísmo.

Vale decir, entonces, que la derrota de María Corina Machado y su títere Edmundo González es también la derrota del monroísmo imperial norteamericano, que nos quería llevar a la guerra civil. Por eso, y sin duda alguna, fue una extraordinaria victoria iluminada por el Padre Supremo Simón Bolívar, el Comandante Eterno Hugo Chávez y protagonizada estelarmente por el pueblo bolivariano.

En tal sentido, queda reafirmada la doble derrota política, electoral, estratégica y definitiva de los enemigos de Nuestra Patria: la oposición apátrida, fragmentada y decadente, junto a su amo, el  imperio y sus nefastos propósitos de imponernos la guerra civil como instrumento estratégico para la destrucción total de nuestro país.

Es evidente que todas esas batallas que hemos ganado, convierten  nuestro presidente Nicolás Maduro, en el primer gran Líder chavista e indiscutible el Bolivarianismo venezolano, latinoamericano, caribeño y universal. Pero, como las revoluciones las hacen los pueblos y no las individualidades, es necesario y obligado reconocer, fortalecer y reafirmar la solidez del Sujeto Histórico de nuestro proceso revolucionario.

Los opositores más cerrados de mente y neófitos de la política no logran entender lo que está pasando en Venezuela y se tragan completico o por dosis el discurso engañoso y alienante del imperialismo y sus lacayos.

El común de los opositores se tragan completico el discurso venenoso del imperialismo; sin saber por qué y cómo no logran descifrar los códigos encubiertos en sus falsas campañas de democracia contra la supuesta y fantasmal dictadura chavista del supuestamente, gran corrupto, criminal, déspota y dictador Nicolás Maduro.

Igualmente, sectores de la intelectualidad, tanto de la derecha fascista como de la izquierda tradicional, dogmática o neoliberal, tampoco entienden o no les interesa entender, la dialéctica histórica social de este proceso revolucionario.

Lejos de tratar de entenderlo y apoyarlo, han preferido y siguen aferrados a los dogmas y límites del marxismo mecánicos, por un lado; y las teorías del positivismo, el funcionalismo, la ya agotada postmodernidad y la teoría del caos, entre las bromas y los desaciertos que han tenido y seguirán teniendo en medio de estos escenarios de confusiones, extravíos,  locuras y desaciertos, desmoralización y maldiciones, que invaden, llenan y saturan las redes sociales, para descalificar, minimizar o desconocer lo que realmente está sucediendo en nuestra amada patria Venezuela.

Me atrevo a decir que para el imperio norteamericano, la estrategia central es imponer el caos, para cotizar la vida de nuestra República y que todos mordamos el peine de la guerra civil, para autodestruirnos y así el imperio pueda justificar y legitimar su intervención militar en nuestro suelo patrio.

Debemos estar bien claros. Ese imperio en decadencia, necesita impedir y destruir la marcha acelerada en la reconstrucción de nuestra soberanía e independencia política, económica, científica, tecnológica, militar, social, cultural y religiosa, con base en lo que indica nuestra Carta Magna.

Ubicados en esa breve y precisa caracterización de nuestro actual contexto histórico, social -cultural,  es evidente que los elementos están a favor de nuestra Patria,    se ubican y están localizados en las manos y la conciencia; las acciones y las victorias del Sujeto Histórico del proceso revolucionario Bolivariano.

En Venezuela ya no existe un pueblo solo, desatendido y marginado; sin cédula de identidad; sufriendo el abandono y el desamparo entre las basuras, cartones y zinc, en los trágicamente y ya eliminados ranchos de cartón; a quienes Alí Primera les cantó para que se rebelaran y reclamaran sus derechos y la justicia necesaria, hasta que llegó el comandante Chávez  y mandó a parar.

 

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Hoy, todos los nacidos y por nacer en la República Bolivariana de Venezuela somos ciudadanos con cédula de identidad propia, en igualdad de derechos y deberes, constructores de la patria libre, independiente y soberana, para vivir en paz, en solidaridad, construyendo, creando y recreando nuestro propio sistema de BIENESTAR SOCIAL.

Por todo lo  expuesto y muchas otras razones, derechos y deberes, es importante precisar y asumir  nuestra condición histórica de ser el nuevo Sujeto  Histórico Social  de nuestro propio proceso revolucionario, liberador y socialista del siglo XXI.

Con lo dicho en estas pocas líneas, estratégicas y tácticas, ya ni puede haber ninguna duda. Estamos en un hermoso y trascendente proceso de revolución política, económica, social,  cultural, militar y religiosa como nunca antes había sucedido en Venezuela.

El pueblo consciente y aguerrido, ha asumido su protagonismo con valentía y dignidad, reafirmando así  su compromiso como Sujeto Histórico que define, con su sabiduría y junto a su líder Nicolás Maduro, el destino político nacional e internacional de la República Bolivariana de Venezuela.

 

Ciudad Valencia / Christian Farías