Una tarde, el destino me puso a prueba: me obligó a esperar. El pan salado, al que siempre le arrancamos los «culitos», todavía estaba en el horno. Me quedé allí, de pie, rodeada por el aroma del azúcar quemada y el brillo obsceno de los barnices de almíbar. Veía el pan de guayaba. Fui fuerte. Vi desfilar las bandejas frente a mis ojos y no estiré la mano. Me quedó el estómago gruñendo como perro encadenado.
Esos quince minutos de espera, convertidos en treinta, me devolvieron el miedo de aquellos avisos: «Dos panes campesinos por persona», los vecinos convertidos en panaderos improvisados, con hornos prestados o artesanales, el olor a pan recorría las veredas, hacían colas interminables en las calles.
DE LA MISMA AUTORA: NO SOY INTELECTUAL, VENGO A ESCRIBIR DE AMOR (VIII)
Sabía que ese recato mío era apenas un cese al fuego. Porque me guardo para otro día, en una panadería que no menciono por pudor, tengo una alianza criminal. Allí venden el mejor pan de coco que ha tocado mi lengua, y las vendedoras lo saben. Hemos establecido una complicidad silenciosa, que ignora al resto de los clientes. Cuando me ven llegar, hay un intercambio de miradas que no necesita palabras. Ellas buscan en el fondo, para darme el pan que todavía conserva el alma del horno.
No me venden comida; me suministran el contrabando. Ellas me entregan el secreto de la frescura y yo les entrego mi tarjeta con las manos temblando y la saliva adelantada. Esa confabulación me condena y me libera al mismo tiempo. Es una tregua necesaria para que, cuando llegue el momento del pan de coco, el pecado sepa a «¡Esto me lo merezco, no joda!».

A los cuarenta y dos años, el pan dulce con café, más que un desayuno, es una ceremonia. No lo busco por hambre, es por refugio: el único lugar donde el ruido del mundo cayéndose a pedazos se apaga bajo el golpe de glucosa que me acelera el pulso.
Cada mañana vendo mis pulmones por el derecho a que el azúcar me arda en la lengua. La mujer que camina cree ser dueña de sus pies; la mujer que llega a la panadería le enreda el paso en la entrada y señala el pan más azucarado, el que todavía exhala el calor del horno, es la que manda.
Llego a la mesa como quien se acerca a un confesionario, pero no busco perdón: busco el exceso. El café levanta el vapor y me moja la cara. El pan piñita. Harina y azúcar que mis dedos empiezan a desmembrar. No hay elegancia; hay goce. Estoy segura de que a esto se refiere la oración: «No nos dejes caer en la tentación». Uno se desespera como el bebé buscando la teta.
Viene entonces el momento del bautismo. Sumerjo el trozo de pan en el charco negro. Lo sostengo los segundos exactos: ni tanto que se pudra en el fondo como un cadáver blando. Es una ingeniería de la paciencia. Cuando el pan emerge, preñado de café, el mundo exterior se borra. Al morderlo hay un golpe que me sacude la mandíbula. Es un beso con lengua.

A veces pienso que esta ceremonia empezó mucho antes. En tercer grado le pedí a mi mamá que me pusiera dos panes dulces con café con leche en la lonchera. Recuerdo estar sentada en el pupitre, abrir la lonchera y mojar el pan con calma en el café tibio. No era solo mi gesto: éramos una fila de niños, los que no llevaban, miraban con arrecherita de carajitos con sudor a recreo, mordíamos el pan con los dedos pegostosos, dejando curtidas las uñas.
El olor del anís se mezclaba con el polvo de las tizas, como si la escuela entera compartiera un mismo rito de azúcar y leche. Ese pan no era mío: era de todos, era la infancia entera amaestrada por el azúcar. Era el pan dulce compartido en familia alrededor de la mesa con una taza de café mientras echábamos cuentos.
Hay días de abstinencia, como quien vigila una frontera en guerra. Hay días donde la mujer que camina acelera el paso al cruzar frente a las vitrinas para que el olor no la reconozca. Pasa de largo apretando el culo y los dientes, como quien huye del olor que se mete en la ropa. Es una victoria seca, sin aplausos, que solo sirve para alimentar el mito de su propia fuerza. Sin embargo, el hambre se acumula para el próximo bautizo del mundo en el café.
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Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.
Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).
Ciudad Valencia / RN / Fotografía de la autora Serge Páez













