Escribo lo que no puedo decir en voz alta | Marhisela Ron León

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(Este texto es cuerpo escrito. No busca sanar ni explicar,                                                                                  sino inscribir el duelo sin mandato)

 

Escribir es no olvidar. Escribir es no dejar que el cuerpo se pierda.
Cristina Rivera Garza

 

La palabra libera. 
Lo que no se libera, se enquista. 
Lo que se enquista, nos enferma.

 

Jorge, hoy te escribo estas líneas como un ejercicio de desahogo, de liberación de esta asfixia que siento a solas, en mi casa. Como un intento de sostener el cuerpo con la escritura, sin redimir, sin explicar. Como quien se quita los zapatos después de días encerrada, no por alivio. Un caminar descalza por la orilla, no para sanar, sino para escribir este sofoco. Es abrir las puertas para que el aire entre.

Alguna vez leí que el miedo es una emoción necesaria; a veces es funcional y nos alerta. Es una emoción que no va a desaparecer. No lo corro, lo reconozco. Le ofrezco agua, pero no lo dejo que se suba a la cama.

El domingo 19 de octubre, a las cinco y diecinueve de la tarde, Yanhi escribió: “Marhi, Jorge acaba de partir a la casa del Padre”. Aunque estaba al tanto de lo que pasaba, no dejó de sorprenderme, de sentir ese dolor en el pecho que no es metáfora. Es una piedra caliente que no se deja mover. De sentir ese vacío en el estómago que no es de hambre precisamente, y que ya había experimentado. Porque la muerte no me ha sido ajena; con cada una, algo de mí ha muerto. Algo cambia para siempre.

 

DE LA MISMA AUTORA: EL CELO NO SE TRADUCE: REGISTROS MÍNIMOS

 

Estoy segura de que también se renace, y cuando ese ser que amamos se va, es cuando lo conocemos realmente. Como si su ausencia revelara el contorno. Me aferré a un abrazo de mi hija mientras lloraba, porque la muerte de un hermano no es lo mismo que la de un padre. ¡Coño!

Y aunque hay una diferencia generacional algo considerable, un hermano es UN IGUAL. Un hermano representa paridad. Su pérdida, natural o no, desestabiliza el eje horizontal de la vida. Y eso es un dolor arrecho. Como si el suelo se inclinara hacia un abismo.

Me acosté tarde, repitiendo la misma canción de Frank Quintero, “Canción para ti”, que acompañaba el ritmo de mi llanto. Esa canción siempre fuiste tú. Antes busqué algunas fotos y quise hacer un video con esa melodía de fondo. No dormí mucho. Tuve miedo de quedarme dormida; debía llevar a mis hijos a Valencia y regresar. Solo quería llegar rápido. No pude evitar llorar en el autobús cuando retornaba a Puerto Cabello.

Cuando lo hice, otra vez tuve miedo. Pasé dos o tres paradas. Caminé y llegué a una panadería con la excusa, a mí misma, de comer algo por la hora. La desazón ya estaba estacionada en el estrecho pasillo de la garganta. Pregunté si podía sentarme a comer un pan de guayaba que compré. Después salí y pasé de largo nuevamente.

Caminando, me metí en un supermercado a dar vueltas como un perro para echarse: el cuerpo buscaba un rincón donde no doliera tanto. Entrar al velatorio, ese lugar otra vez y remover esas sensaciones crudas.

Cuando llegué, aún no había llegado el ataúd donde tu cuerpo, ya sin vida, reposaba. Saludé con la sensación de no saber qué hacer. Finalmente llegó el carro y entramos tus familiares. Yanhi —o “Margaret Thatcher”, como tú la llamabas— llevaba la batuta.

 

 

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Jorge, Yanhi cuidaba de tu cuerpo en ese cajón donde nos tocará a todos también estar. Lo hizo como una leona, cuidando su manada. Thairí, con su nariz roja, la más llorona de todos, tú sabes, encendida como una brasa viva qué no consuela, solo arde en la punta del rostro, como si el llanto hubiera decidido dejar constancia allí, justo donde la respiración se encuentra con el mundo.

Mi papá cada cierto momento sacaba una foto tuya que tenía en el bolsillo de su camisa. Como si sacara una luciérnaga, contra el espesor del duelo, un mínimo gesto que sostiene el aire.

¿Sabes? Dalila y yo compartimos unos audios anoche, en medio de las lágrimas. Recordamos que tú siempre fuiste su parejo de baile. Dali, en medio de su llanto como una bailarina, marca pasos en el aire, sin testigos, sin espejos. Confesamos nuestra rabia, el dolor del alma, ese dolor que es necesario atravesar ante tu partida a ese otro plano, y que nos trae el llanto con cada recuerdo de lo vivido o de lo que quisimos vivir y no se pudo.

Elba, ayer con la voz aún quebrada, me preguntaba cómo amanecí. Todas cerca y en la distancia estamos afectadas por esto y a su vez nos reímos al recordar anécdotas tuyas, lo que solías decir. Tu forma de silbar, qué era diferente a la de nosotras. Alguna palabra, algún gesto.

Yanhiré, Thairí, Dalila, María José y yo coincidimos, elegimos arrojar luz para que tu alma encuentre la paz. De seguro también lo pensará Danilo. Las Ron tenemos una fuerza que nos ha hecho capaces de mantenernos de pie en las más duras circunstancias. Está incrustada en nuestro ser femenino. Tú siempre nos dijiste lo orgulloso que estabas de cada una de nosotras, con esas maneras tuyas tan particulares. No te quedaste sin decirlo.

 

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Este 4 de noviembre cumplirías 60 años, ¡Washington Kentucky! Te recordaremos con la efusividad que te caracterizó, buenmozo como siempre fuiste, sin pedir permiso. Hoy hice mi caminata respectiva de cinco kilómetros, esta vez escuchando a Guillermo Carrasco. Hace años compré un CD de él con Pedro Castillo, y uno de Frank Quintero. Esos gustos musicales son heredados de ti. Los hermanos y nuestros padres son parte de las influencias que forman el carácter.

Cada uno desde su metro cuadrado elevará una oración, una plegaria, desde lo que cree, desde su propia fe, yo lo hago con estas líneas que se quedan cortas. Esto que sentimos va más allá del vínculo, de la sangre o del apellido. De ese sentido del humor brutal, algunas veces negro y fino que no compartimos con nadie excepto nosotros como hermanos.

¡A ti, hermano, Jorge Carlos, gracias!

 

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Marhisela Ron León-columna-Ciudad Valencia

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada. Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).

 

Ciudad Valencia / RN