En mis primeros siete años de existencia no tuve buena salud. Una semana sí y otra no, padecía yo de fiebres que, la mayoría de las veces, llegaban a 39,7 e incluso 40,2 grados.
Estas fiebres no eran manifestaciones virales, sino productos de la inflamación de mis amígdalas. Pese a ellas, yo trataba de hacer vida normal, pero tal cosa no era posible. Muchas veces, estaba jugando solo o con amigos y, repentinamente, empezaba a sentirme mal. Me tocaban la garganta y la descubrían muy caliente.
Como frecuentaba parques y campos de béisbol, mi madre y mi abuela lo atribuían al polvo y la tierra de esos sitios, pero a lo largo de una quincena en la que me prohibieron ir a esos lugares, igual me enfermé dos veces y quedó descartada la hipótesis.
DEL MISMO AUTOR: NUESTRO CUERPO NO ES SOLO NUESTRO
En vista de ello, a los casi seis años, mi madre me llevó a un médico distinto al de siempre, que descubrió mi trastorno amigdalar. Su solución consistiría en la extirpación de mis enemigas internas. Pero la operación costaba cinco mil bolívares, una cantidad de dinero imposible para quienes me criaron: mi madre y mi abuela.
Pasó casi año y medio después del diagnóstico y nada que aparecía la suma requerida para que yo obtuviese un estado saludable.
Un viernes en la noche –ya contaba siete años–, mi abuela le prometió al espíritu del doctor José Gregorio Hernández que ella y yo iríamos a su tumba, en el Cementerio General del Sur, a encenderle una vela y rezarle no recuerdo cuántos padrenuestros, si proporcionaba los medios para que yo recuperara mi salud.
Doy fe de que hubo una respuesta inmediata: a la mañana siguiente mi abuela dijo que José Gregorio se le había aparecido en un sueño y le había indicado que jugara un cuadro del 5 y 6.
Para participar en dicho juego, debían colocarse en una planilla tipo quiniela –llamada popularmente cuadro–, los nombres de aquellos caballos que uno consideraba podían ganar, en el caraqueño hipódromo La Rinconada, que entonces tenía apenas un año de inaugurado. La denominación del juego era y sigue siendo Cinco y Seis, dado que se debían y deben acertar los vencedores en seis o cinco competencias del programa hípico dominical.
Con seis aciertos se obtenía un premio mucho mayor que con cinco, dado que había menos ganadores que estos. Muchas personas ponían sus esperanzas en dichas apuestas para obtener aquello que requerían.
Mi abuela y mi madre se pusieron de acuerdo para que el sábado siguiente –día en que se realizaban las apuestas–, yo eligiera los probables triunfadores y luego pagaron el importe del cuadro: en ese caso, ocho bolívares, esto es, dos probables ganadores en tres de las carreras y solo uno en las otras tres. La cantidad a pagar se obtenía mediante la multiplicación del número de caballos elegidos.
El domingo escuchamos en la radio las seis competencias e, increíblemente, acertamos cinco ganadores.
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El lunes, mi madre solicitó a la clínica donde había acudido una actualización del presupuesto de mi operación y esta saldría en 5.145 bolívares. Sé que resulta inverosímil lo que voy a referir, pero el premio constó de 5.320 bolívares, que incluía exactamente el costo de la operación, más los traslados de ida y vuelta en taxi a la clínica y las medicinas post-operatorias.
Según escuché decir, no faltó ni sobró un bolívar del premio y este cubrió enteramente la intervención que me despojó para siempre de mis amígdalas.
Estas milagrosas cifras nunca las he olvidado –imposible hacerlo–, y por eso las indico con tanta precisión.
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Armando José Sequera es un escritor y periodista venezolano. Autor de 93 libros, todos publicados, gran parte de ellos para niños y jóvenes. Ha obtenido 23 premios literarios, ocho de ellos internacionales (entre otros, Premio Casa de las Américas, 1979; Diploma de Honor IBBY, 1995); Bienal Latinoamericana Canta Pirulero, 1996, y Premio Internacional de Microficción Narrativa “Garzón Céspedes”, 2012).
Es autor de las novelas La comedia urbana y Por culpa de la poesía. De los libros de cuentos Cuatro extremos de una soga, La vida al gratén y Acto de amor de cara al público. De los libros para niños Teresa, Mi mamá es más bonita que la tuya, Evitarle malos pasos a la gente y Pequeña sirenita nocturna.
«Carrusel de Curiosidades se propone estimular la capacidad de asombro de sus lectores».
Ciudad Valencia / RN / Foto del autor Gerardo Rosales











